Por: Padre Gianfranco Castellanos Melzi
Capellán de la Universidad Católica San Pablo

Escuchaba hace poco a un importante empresario peruano que estaba empe-ñado en la mejora de la contratación de personal de su empresa. Es este un proceso que cada día cobra mayor relevancia en el quehacer empresarial, el cual se trata de encontrar al “colaborador ideal para el puesto”. Para esto algunos buscan habilidades, otros, experiencia, creatividad, capacidad de respuesta ante situaciones nuevas, capacidad de trabajar en equipo, etc.

Se me ocurrió pensar en que nuestra sociedad también es como una gran empresa de la que todos formamos parte, como si fuésemos colaboradores, pero al mismo tiempo, también los accionistas que nos beneficiamos de sus ganancias: todos ganamos o perdemos dependiendo de lo bien o mal que trabajemos en ella. La finalidad de nuestro trabajo debe ser el bien común, es decir, poner nuestro bien personal en relación al bien de los demás.

Si esto es así, me preguntaba, ¿qué tipo de empleados necesita la sociedad? ¿qué características deberíamos tener? ¿qué importa más, las habilidades adquiridas o la experiencia en una sociedad? ¿dónde se forman estos colaboradores? Siguiendo el razonamiento llegué a la conclusión de que todos los empleados de esta gran empresa -la sociedad- tienen como base formativa la familia. El respeto, la ayuda mutua, el saber dónde empiezan y dónde terminan mis derechos, y, sobre todo, que tengo que cumplir mis deberes antes de reclamar mis derechos; todo eso lo aprendemos en la familia.

En la familia se aprende que más valioso es dar que recibir, que hay más alegría en compartir lo poco que se tiene en lugar de guardarse egoístamente las cosas para sí; se aprende que hay alguien en quien se puede confiar porque tiene más experiencia, que los extremos de la vida no son descartables, que al mayor se le quiere y respeta, así como al recién llegado, que todos tienen un puesto y un lugar y nadie sobra, aunque por enfermedad o por edad, ya no sean tan productivos como antes; es más, ellos son los que reciben más cuidados. Se aprende también que el bien común prima sobre el bien particular. Todo esto es la base de una buena sociedad.

Todos estos valores aprendidos en la familia son el punto de partida de nuestro trabajo formativo en la Universidad; los profundizamos y revaloramos a través del arte, la filosofía, el teatro, la música, el servicio solidario, el voluntariado, el deporte y la vida comunitaria, junto con una formación intelectual y profesional de alto nivel, en la que se alienta además la investigación.

El Papa Francisco ha hecho un llamado, en su Encíclica ´Laudato Si´, a tomar conciencia de la importancia del cuidado “por la casa común”. Este cuidado ha de ser la razón y el centro de nuestra misión como educadores. Como universidad católica estamos comprometidos con lo que sabemos que es nuestro principal deber, esforzarnos por buscar la verdad sobre el hombre mismo y promover los valores fundamentales que contribuirán a su mayor realización. Nos comprometemos, pues, a “lanzar al mercado laboral” a las mejores personas, que hayan hecho suyos todos los valores adecuados para contribuir con esta misión y que siguen el modelo de la Verdad con mayúscula, Aquél que se manifestó como Camino, Verdad y Vida; a quién nuestro patrono San Pablo nos indica como Aquél con quien debemos encontrarnos para ser felices.

Creo que a lo largo de estos 20 años hemos venido avanzando por buen camino al apostar por estos valores humanos y cristianos, que son permanentes porque el ser humano no cambia. Esto nos llena de satisfacción y de compromiso. Estoy convencido de que los profesionales egresados de la UCSP son los que nuestro país y el mundo entero necesitan para poder contribuir, desde su formación integral, al mantenimiento y cuidado de nuestra casa común.