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Ideologías y fanatismos ¿Huevo o gallina?

Teología

Ideologías y fanatismos ¿Huevo o gallina?

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El dilema es falso. Hablamos de pensamientos circulares y autorreferentes. La línea de todo círculo es infinita, ni comienza ni termina por definición. El fanatismo es la expresión emocional de la ideología y la ideología es la expresión racional del fanatismo. Al ser puramente acción sin reflexión, el fanatismo es generador y reforzador de la ideología, porque la confirma con la práctica.  Al ser pensamiento práctico o propuesta de acción, la ideología le da sustento moral al fanatismo. Libra al fanático de dudas y cuestionamientos para lanzarlo a la acción, sea cual sea, sin remordimiento alguno. Un fanático jamás pide perdón porque la ideología lo redime. Un ideólogo tampoco, porque la acción fanática es la confirmación de su teoría.
Esto, que ha ocurrido varias veces en la Iglesia, no es patrimonio del cristianismo, gracias a Dios y sin ser consuelo de tontos. En realidad es su bimilenaria negación, su némesis, su opuesto envidioso, su imitación torcida y perversa, su simio. La ideología imita y traiciona a la fe; el fanatismo, a la piedad.
Este círculo hermético lo vemos tanto en las derechas como en las izquierdas. Se replica solo y ad nauseam en manadas liberales, en catervas de acumuladores compulsivos de capitales, brillando con la misma intensidad en las narices operadas y las caras estiradas de las esposas de los millonarios, como en el puño levantado y la bohemia de los que se autoproclaman redentores y sanadores de las injusticias sociales.
Está tanto en el fondo de los fríos cálculos de costo-beneficio, como en la confusión de enfoques, teorías e ideologías que lo único que tienen en común es la deconstrucción: disfraz semántico de la simple y envidiosa destrucción. Se le reconoce fácilmente en los diversos sistemas ideológicos de todos los colores y, cómo no, en la ideología única que pretende incluir todos los colores.
El círculo en sí no tiene inicio pero sí que tiene algo parecido a un origen. Y digo parecido porque todo origen tiene una finalidad. Este no lo tiene. Es como una creación de la nada que se mantiene en la nada. Como un virus que en sí mismo no tiene vida pero que destruye la vida usando las fuerzas de la vida misma.
Se llama soberbia y sólo tiene descripción, no explicación. Se me ocurre que el dolor, el peor dolor, el dolor malo, ese que no tiene sanación porque no es parte de la vida sino su negación, es justamente la soberbia. Es el dolor estéril, el desperdicio del dolor, su inversión en una causa perfectamente estúpida: el ego, la manía de someter a los demás a la propia manera de ver las cosas.
Es, parafraseando a Vallejo, como un huevo neutro que algunas raras aves ponen del viento, sin pecho para amanecer ni espalda para anochecer, ni padre ni hijo, tal vez porque la soberbia se sale de la naturaleza y asesina al hijo predilecto de ésta: el sentido común, y a su hermano pequeño, el sentido del humor. Pura decadencia con solemnidad de baratija que diría el buen Chesterton.
La soberbia es la raíz mala de todo este babel. Si no se la reconoce como tal, las ideologías y los fanatismos son incurables porque sin identificar la enfermedad no se entiende cuál es el remedio.
Se dice fácil que el remedio para la soberbia es la humildad, beberlo no lo es. La humildad es una hierba rara que se encuentra en todas partes, sobre todo en los rincones más insignificantes. Está en la mirada del recién nacido, la sonrisa del niño, la emoción contenida de la madre que le regala su propia vida, gota a gota, en la hondura del corazón de un hombre enamorado, en esa elevación callada de la esposa en ese pequeño altar del alma construido por el mismo Dios para que los seres humanos nos amemos y formemos familias. Está en la cara del mendigo, el caminar preocupado de un perro callejero, el abrazo del amigo, la casa del pobre y en el negocio honrado, sin importar de qué tamaño sea.
La humildad no se implementa con planes, no se mide ni se la gestiona. Sólo se puede pedir y esperar. La humildad es la raíz de la vida misma y de todas las buenas obras que brotan de ella. Es el Amor mismo de Dios.
José Manuel Rodríguez Canales
José Manuel Rodríguez Canales

Casado, padre de dos niños y dos niñas. Magister en Teología y doctor en Ciencias Sociales. Profesor principal de la Universidad Católica San Pablo. Blogger autor del blog “Roncuaz” y “Teología en dos minutos”.

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