CARGANDO

Escribe la palabra a buscar

Navidad y el arjé de las cosas

Teología

Navidad y el arjé de las cosas

Tomás Salazar Steiger
Compartir

Cuando Tales de Mileto, Anaximandro, Heráclito y otros presocráticos encaminaron la fuerza de su inteligencia hacia la búsqueda del arjé de las cosas, el principio primero, estaban animados por la intuición de que había una unidad subyacente a todo lo que existe: la causa de todo tiene que ser única. La búsqueda del principio primero es una empresa extraordinaria para la mente humana. Brota de lo más íntimo de la razón que intuye que su propia unidad corresponde a la unidad de lo real. No se trata de un principio meramente formal, como la idea de Dios kantiana, sino de un principio real: el principio unitario de todo lo que existe.

Aparecieron las primeras respuestas. Tales pensó en el agua: fluye y todo nace y muere por ella; Heráclito, en el fuego, más acorde con su visión dramática de la existencia; Anaxímenes postula el aire; Anaximandro, el apeiron, lo indeterminado, primer principio metafísico potencial, especie de masa amorfa a partir de lo cual todo se determina; Anaxágoras propuso el nous: la inteligencia como principio para el orden de lo existente, pero, según Platón, cuando Sócrates cuestionó a Anaxágoras sobre el nous, éste no pudo responder satisfactoriamente; Platón postuló la Idea de Bien, la Belleza primera, fundamento de toda inteligibilidad y de toda realidad; Aristóteles expresó este primer principio como Motor inmóvil, pensamiento que se piensa eternamente a sí mismo. Más tarde, los estoicos postularon que el logos es el principio generativo racional del universo.

Estas ideas impregnan la búsqueda filosófica del alma helénica y se difunden. A la investigación de estos primeros filósofos se añade el ímpetu conquistador de Alejandro Magno, cuyo maestro fue Aristóteles. Los macedonios dominan Israel y la helenización llega a los judíos, quienes aprenden griego y se impregnan de la cultura helénica. Los judíos contrastan su tradición religiosa con esta nueva fuente de sabiduría. Y es así que los últimos libros del Antiguo Testamento se escriben en griego y aparece la célebre traducción de los Setenta, la biblia completa escrita en griego.

«En el arjé era el Logos», es la primera frase del Evangelio de Juan. Es una frase que introduce un texto escrito para presentar la vida y obra de Jesús de Nazaret. El Nuevo Testamento se escribió íntegramente en griego, que era ya la lengua franca de entonces. Por eso, cuando Juan escribe el primer versículo de su Evangelio, no puede haber desconocido la fuerte carga de significado que dicha afirmación tenía y el hecho de que estaba también dialogando con la sabiduría griega y respondiendo a su búsqueda, usando dos términos característicos de su filosofía: Arjé y Logos.

Ya vimos el sentido de arjé: un principio no solo cronológico, sino principalmente ontológico que explica todo lo que existe. Por otro lado, Logos, otro término griego de honda tradición filosófica, no tiene una buena traducción al castellano. Antes que los estoicos, la había usado Heráclito como principio de orden y conocimiento y Aristóteles como discurso racional. En su núcleo está la idea de orden, razón, racionalidad, armonía, pero también concepto, palabra. Por eso la traducción habitual al castellano es: «En el principio existía el Verbo» o la «Palabra». Pero ambas opciones sacrifican elementos semánticos fundamentales.

«En el arjé era el Logos» simultáneamente expresa el núcleo del origen divino y trinitario de Jesús de Nazareth y es una toma de postura filosófica. Es una frase que quiere presentar tanto una respuesta definitiva a la religión judía, como a la filosofía griega. Se presenta en continuidad con ellas, pretende iluminarlas y revelar su sentido pleno.

La radicalidad de esa frase y su influjo extraordinario en Occidente la podemos verificar, por ejemplo, dieciocho siglos después, cuando Goethe escribe su Fausto, representando al incansable buscador de sabiduría -que llega a vender su alma en su intento de alcanzarla- y quiere presentar la esencia de su búsqueda. Reflexionando sobre esta primera frase del Evangelio según San Juan y considerando que la sabiduría última consiste en conocer lo que mantiene unido al universo en lo más íntimo, Fausto ensaya traducciones de esta frase, del griego al alemán.  Prueba «Am Anfang war das Wort» («En el principio era la palabra»). Insatisfecho, prueba «der Sinn» («el sentido»), «die Kraft» («la fuerza»), y termina optando por «die Tat» («el hecho», o, «la acción»). Dieciocho siglos después de redactado el pasaje de Juan, la búsqueda del primer principio y la interpretación de Logos sigue identificándose con la búsqueda de la sabiduría.

Pero la interpretación de Goethe olvida que el prólogo del Evangelio de Juan no termina en esa primera frase. El evangelista comienza a describir este Logos: «el Logos estaba con Dios y era Dios… todas las cosas fueron hechas por él… en él había vida… y era luz». Pero en el versículo 14, este pasaje da un vuelco sorprendente. El Evangelista dice: «Y el Logos se hizo carne». El principio racional de todo lo que existe, la sabiduría divina misma, se hizo hombre, y nació. Es Jesús de Nazaret. El sentido pleno de este Logos, además, se desplegará en la vida y obra de este Logos encarnado, que culmina con su pasión, muerte y resurrección, expresándose así en acciones, el mandamiento del amor, la esencia de su predicación: «ámense unos a otros como yo los he amado». Así descubrimos la interpretación cristiana de lo que significa Logos: es un Logos que, siendo un ser personal, revela el amor. Es así que el amor es la estructura racional que está en el origen del universo y le da el sentido a todo: es el auténtico arjé de las cosas. Este es el núcleo de la predicación cristiana.

Cuando el cristiano celebra la Navidad, celebra también esta realidad. Celebra que el origen de todo es el Logos. Celebra que la racionalidad del amor está en la base de la estructura íntima del universo. Celebra que ese principio primero, además, no es ajeno a su creación, sino que está comprometido radicalmente con ella: es una persona que conoce y ama. Celebra, sobre todo, que ese Logos se hizo Niño, nació y reveló el amor. En este pasaje, quizás uno de los más atrevidos que se hayan escrito en toda la historia de la humanidad, está la raíz de la alegría en la celebración de la Navidad.

Tags:
Tomás Salazar Steiger
Tomás Salazar Steiger

Magister en Teología y Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Profesor a tiempo completo de la UCSP. Compositor del musical «El hogar del hijo». Doctorando en filosofía para estudiar la belleza en el pensamiento de Tomás de Aquino.

  • 1

Deje un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *