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Para los católicos, el Sacramento del Matrimonio (rato y consumado) es para toda la vida. Recordemos pues que cuando los fariseos le preguntan a Jesucristo sobre la licitud del divorcio, Él responde:

¿No han leído que en el principio el Creador “los hizo hombre y mujer”, “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo”?  Así que ya no son dos, sino uno solo. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. (Mt 19, 4-6)

Basado en este y otros pasajes de la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica señala que entre los bienes y exigencias del matrimonio se encuentra la indisolubilidad.

Hoy muchos jóvenes van al altar con un pensamiento opuesto a esta norma divina, afirmando, explícitamente o no, que el matrimonio durará mientras funcione. Y por este funcionamiento se entiende la ausencia de complicaciones, la estabilidad emocional, la comodidad de ambos cónyuges o algún otro factor coyuntural. Da la impresión de que la indisolubilidad fuera una excepción a la que solo unos cuantos están llamados. Sin embargo, el Catecismo nos dice que si bien puede parecer una exigencia irrealizable, el Señor no impone a los esposos una carga imposible de llevar o demasiado pesada porque Él mismo se compromete con ellos por la gracia del Sacramento. Además, cuando hay una buena preparación para el matrimonio, el noviazgo se ha tomado en serio como una etapa responsable de conocimiento y comunicación con la pareja, y hay una voluntad firme y consciente de cumplir el compromiso del altar, todo debería ir sobre ruedas.

Como es evidente también, hay casos en los que será inevitable la separación. La Iglesia está consciente de ello y recomienda esta solución en última instancia. Las condiciones para esta recomendación son complejas y muy delicadas pero no son la norma sino una excepción que debería asumirse cuando en conciencia se han agotado los medios para mantenerse en la vida común del matrimonio.

La perplejidad, a veces indignada, y el rechazo frontal del anuncio de la indisolubilidad que resguarda la unidad en el matrimonio, no siempre fue la constante, ni se consideró en nuestro país la indisolubilidad de por vida como un planteamiento exagerado. El Código Civil Peruano de 1852 en su primera regla general del matrimonio decía textualmente:

Por el matrimonio se unen perpetuamente el hombre y la mujer en una sociedad legítima, para hacer vida en común, concurriendo a la conservación de la especie.

Este código conservaba la propuesta del Concilio de Trento sobre la indisolubilidad del sacramento y lo hacía suyo.

Teniendo como argumentos una vida en común insostenible, los abusos que se pueden cometer dentro del matrimonio, el sentimiento del amor conyugal desaparecido, la incompatibilidad sexual o psicológica, o el simple deseo de rehacer la vida, una suerte de gran ola pro-divorcio se difundió por los países de la región en los primeros decenios del siglo XX. Con este fenómeno, la salvaguarda del matrimonio fue desapareciendo poco a poco del pensamiento de los legisladores hasta que en el Código Civil de 1936 ya se incluye el divorcio que tiene como efecto la disolución del vínculo.

Es una verdad cristiana que quien ama no necesita la ley, pero es indudable que incluso la ley civil tiene un gran peso en la mentalidad de la sociedad. En este caso me parece que la aprobación del divorcio termina por favorecer una mentalidad proclive al mismo. El problema es que si nosotros vamos al altar con un pensamiento divorcista, que convierte el compromiso en algo circunstancial o condicionado a situaciones sentimentales o coyunturales, es claro que vamos a sucumbir ante los desafíos del matrimonio, pero si tenemos claros los bienes y exigencias que con él recibimos, entre ellos el de la indisolubilidad, nuestra opción va a ser defender esa gran promesa nacida de la libertad y de la voluntad.

Cuando a principios del siglo XX, en el Perú se discutía el tema del divorcio por mutuo disenso, el pensador Víctor Andrés Belaunde, decía lo siguiente:

Cuando el matrimonio tiene un carácter sagrado e incontestable como la muerte, se crea en los cónyuges la psicología de la adaptación; la efectiva convivencia, cuyos sacrificios cotidianos tienen un premio de mayor valor que la pasión inicial: la amistad profunda, la unión irrompible ante la sociedad y ante Dios, y la mutua conciencia de altos destinos cumplidos y por cumplir. Todos estos valores éticos, estéticos, culturales, desaparecen con la introducción del divorcio.

Una institución tan importante para la sociedad como es el matrimonio que da origen a la familia y se constituye en escuela de personas no puede estar sometida a elementos inferiores a la libertad y responsabilidad. Por ello es que gracias a Dios la Iglesia conserva el depósito de la fe y las uniones maritales entre católicos tienen la garantía de que el matrimonio es para todos los días de la vida y el vínculo legal que genera sólo se rompe con la muerte de uno de los cónyuges.

Juan Ignacio Angulo Cuba
Juan Ignacio Angulo Cuba

Abogado por la Universidad Católica de Santa María. Candidato a maestro por la Universidad Católica de Santa María. Estudios culminados en segunda Especialidad en Docencia Universitaria Católica por la Universidad católica San Pablo. Conciliador Extrajudicial por el Ministerio de Justicia, Ex-Miembro del Tribunal Arbitral de la Cámara de Comercio de Arequipa. Profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica San Pablo.

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