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Realismo ingenuo

Filosofía

Realismo ingenuo

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El presente artículo es una reflexión crítica a partir de las clases que el doctor Pablo Quintanilla dictó en el Doctorado de Ciencias Sociales hace algunos años. Lo propongo porque creo que la problemática que aborda no ha perdido actualidad.  El sistema de pensamiento con el que pretendo discutir está enmarcado en lo que se conoce como “filosofía de la mente”, una escuela anglosajona de análisis de los procesos del conocimiento. La noción básica con la que esta escuela se mueve es la del sistema de creencias, que se define como una orden de conocimientos asumidos como ciertos y jerarquizados internamente según su nivel de importancia para la vida y modo de ver el mundo por parte del sujeto situado histórica y culturalmente.

Entre sus elementos fundamentales -significados, creencias, deseos y propósitos- existe una coherencia interna marcada por la racionalidad. La discusión filosófica propuesta por el doctor Quintanilla se sitúa básicamente en la manera de hacer que los sistemas de creencias interactúen superando la inconmensurabilidad kuhniana mediante la aplicación del principio de caridad, es decir, la capacidad de admitir por principio la buena intención y la racionalidad del sistema de creencias del otro y adquirir así nuevos conocimientos que a su vez modifican el propio sistema de creencias[1]. Esto se lograría mediante la creación de teorías al paso cuya confirmación o negación, a partir de la experiencia, sostendrían o modificarían las teorías previas que conforman el sistema de creencias.

El punto de partida del argumento es que toda definición, descripción, explicación, interpretación, y en fin, cualquier otro proceso referido a la obtención y expresión del conocimiento de la realidad, es la proyección del propio sistema de creencias a la realidad de tal manera que cualquier pregunta o cuestión viene ya determinada por la experiencia subjetiva. La realidad queda así desconocida si no es por el filtro subjetivo.

Este punto de partida, propio de Kuhn, es a su vez un argumento de discusión con el neopositivismo que ve las ciencias duras como el paradigma de ciencia y conocimiento que determina la madurez de las otras ciencias llamadas blandas. Así, la física sería uno de los modelos de aproximación al conocimiento cierto. Sólo lo experimentable y cuantificable según medidas y dimensiones materiales es objeto de ciencia. El otro modelo de ciencia son las matemáticas. Por esta razón no es raro escuchar entre los defensores de esta escuela que una ciencia sólo madura cuando se matematiza[2].

Creo que el planteamiento kuhniano es como el otro extremo de un movimiento pendular. Y como tal, tarde o temprano se volverá a una postura neopositivista moderada. Mientras el neopositivismo dice que no hay más ciencias que las positivas, es decir, aquellas que tienen su objeto en el positum de la realidad material o fenoménica, Kuhn llega a afirmar que las mismas ciencias naturales son ciencias interpretativas totalmente influenciadas por las características culturales. Con esta afirmación tenemos una reducción del conocimiento a la interpretación histórica. Quintanilla matiza esta afirmación diciendo que ambas actividades [las ciencias naturales y las interpretativas] están involucradas por igual en la historicidad de su comprensión y, en consecuencia, son tipos de discurso en la pluralidad de discursos que conforman la tradición[3].

La discusión tiene una larga historia. Como explica Quintanilla[4], tal vez sea Dilthey el más claro antepasado de Kuhn[5]. Para Dilthey la historia es la que determina la ciencia y el conocimiento. En esa época, la discusión se planteaba como un intento de salvar las ciencias humanas de la asfixia de las ciencias naturales. Se distingue entonces entre ciencias naturales basadas en eventos físicos y objetos interculturales, y ciencias humanas basadas en el estudio de sujetos intencionales y objetos culturales. Kuhn va más allá y al borrar las fronteras termina reduciendo las ciencias naturales a interpretativas, en el fondo, ciencias humanas.

Ciertamente los que estudiamos el doctorado hemos tenido en clase una clara muestra de ambas posturas. De un lado el doctor Edgar Guzmán y de otro el doctor Quintanilla. De la postura del segundo trata el presente ensayo. El primero nos ha presentado a Mario Bunge y su dogmatismo neopositivista a ultranza. Hizo algunas críticas sobre todo fundadas en que él viene de la escuela lógico-matemática mientras que Bunge viene de la física. Pero no alcanza ya que la reducción de todo lo humano a lo medible queda intacta y en el fondo, recordando el propósito de Dilthey, asfixiante. Tuve la impresión en varios momentos de la discusión con el doctor Guzmán de haber vuelto a finales del siglo XIX y estar conversando con Comte o a inicios del XX con el círculo de Viena. Una experiencia realmente interesante pero, repito, asfixiante.

En la propuesta de Quintanilla, el conocimiento, sea de ciencias naturales, sea de ciencias humanas, no puede ser considerado algo químicamente puro y desligado del contexto cultural e histórico de quien lo adquiere. Sin embargo, no queda lo suficientemente clara su defensa contra el relativismo. Se afirma la existencia de una realidad objetiva distinta de los sujetos cognoscentes e independiente de ellos pero a la vez, se sostiene que sólo se la conoce desde la propia situación subjetiva. La defensa parece sostenerse en dos puntos: la coherencia interna y la intersubjetividad.

El punto de partida contiene una afirmación cierta: el que conoce es un sujeto y por lo tanto su conocimiento tendrá las características de su ser situado. Sin embargo, esto no se puede absolutizar hasta el punto de negar la posibilidad de conocimiento de la realidad en sí, de lo contrario se cae efectivamente en el relativismo cuando no en el escepticismo radical.

Lo que Quintanilla sostiene como defensa contra el relativismo tiene solidez formal pero parece no pasar del mero plano mental ya que la filosofía no plantearía una descripción fundamental de tipo metafísico u ontológico sino que sería simplemente un discurso con pretensiones comprehensivas; un discurso que no solo versa acerca del sentido del mundo y nuestros conceptos, sino también acerca de los diversos discursos que constituimos para entender el mundo y para entendernos mejor a nosotros dentro de él[6]. La filosofía es sólo discurso entre discursos.

La intersubjetividad no basta para fundar una objetividad que nos defienda del relativismo porque, en cierto sentido, haría depender la verdad de las ideas más populares y esta popularidad puede a su vez depender de la publicidad que se les haga. La intersubjetividad no “crea” la verdad. Sin un referente fundamental la misma intersubjetividad termina en el relativismo.

De otro lado, tampoco la coherencia alcanza ya que un sistema perverso de pensamiento puede ser perfectamente coherente[7]. Hay que decir que el doctor Quintanilla sostiene que efectivamente la coherencia absoluta no existe y que lo más sano es admitir la posibilidad de incoherencia interna que es lo que hace justamente que nos abramos a la posibilidad de escuchar al otro y aprender[8]. Pero, una vez más, la ausencia de la posibilidad de acceder a la realidad en sí aunque sea de manera parcial, impide salir del relativismo. Todo el planteamiento suena a una versión anglosajona del pensiero debole  de Vattimo al estilo de Nozik y todo lo que se vincula al “politycall correctness” norteamericano. En efecto, creo que sería interesante escuchar al doctor Quintanilla diferenciar su postura de la de Vattimo o la de Nozik.

Plantearé ahora mi postura, en primer lugar partiendo del punto de vista subjetivo que se nos ha propuesto en clase. La afirmación de Quintanilla de que el conocimiento está siempre filtrado por la experiencia subjetiva parece ser, en principio, una verdad indudable. Pero no es toda la verdad sobre el conocimiento. Se trata de una verdad fundamental pero no de toda.

Ahora bien, todo sujeto percibe por los sentidos la realidad, confía naturalmente en esta objetividad y comparte con los demás sujetos que lo rodean, quienes a su vez perciben por los sentidos esta misma realidad y confían en este conocimiento[9]. Es la realidad objetiva, independiente del sujeto y sus creencias o contexto cultural y que se percibe como un sustrato previo al conocimiento.

El conocimiento sería un proceso existencial y por lo tanto históricamente situado en el que se distingue lo que la cosa es de lo que se conoce, sin una duda o inseguridad absoluta sobre el propio conocimiento pero con la apertura sensata a la posibilidad de error o subjetivismo que no sólo admite sino que requiere de la conversación con otros sujetos sobre la realidad objetiva que conocemos juntos. A esto le llamaría parcialidad del conocimiento que admite una totalidad que le es imposible pero que no niega la certeza del conocimiento parcial e, incluso admitiendo la posibilidad de error, asume naturalmente la posibilidad del acceso de la razón a los fundamentos de la realidad.

Creo que el problema es el punto de partida subjetivo y racionalista. Si se empieza por allí, difícilmente se puede decir que no se está sosteniendo un relativismo, sea historicista o culturalista. Por decirlo con una impresión general, en el doctor Quintanilla me parece tan clara la propuesta de la subjetividad del conocimiento y tan oscura la defensa contra el relativismo que me queda la sensación de que nada tan complicado parece ser verdadero.

Hagamos lo contrario (e históricamente previo): partamos de la posibilidad efectiva del conocimiento de la realidad objetiva como el sentido común y cotidiano nos plantea. Así estamos de lleno en la postura realista. Parece que por las probables exageraciones aristotélicas de esta postura[10] ha sido llamada realismo ingenuo. En todo caso nos estamos refiriendo al mero sentido común[11]. Yo lo llamaría realismo simple porque la ingenuidad es un vicio del entendimiento que no se admitiría en una aproximación a la realidad que usamos todos los días desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Y es una idea simple: no dudamos de que el piso es el piso y que podemos caminar sobre él[12]. Y no es una ingenuidad creerlo. Para explicar en algo la postura que creo correcta recurro sencillamente a un texto de Verneaux en su Epistemología general o crítica del conocimiento[13]:

Por oposición al escepticismo, el realismo sostiene que podemos alcanzar la verdad. Concede un lugar a la duda en la vida intelectual, pero considera la duda universal como la muerte de la inteligencia. No niega la posibilidad del error, ni la frecuencia de los errores, pero considera el error como un accidente o una anomalía. En resumen admite que tenemos certezas legítimas. Es pues una posición dogmática. Por otra parte el realismo se opone al empirismo y al racionalismo simultáneamente ¿Por qué medio conocemos la verdad? ¿Sólo la experiencia? No ¿Por la razón solamente? Tampoco, sino por la experiencia y la razón conjuntamente.

Para expresar esta idea se dice a veces que el realismo sintetiza el empirismo y el racionalismo. La fórmula es mala. Primero, porque, históricamente, en la filosofía moderna, son la descomposición del realismo que es anterior a ellas. Después y sobre todo, porque, lógicamente, cada una de estas dos doctrinas es exclusiva de la otra, de modo que es imposible una síntesis. Más vale decir que el realismo se sitúa fuera o por encima del debate. Por último, en cuanto al valor del conocimiento, el realismo se opone al idealismo, sostiene que el espíritu humano puede conocer el ser ‘en sí’, y que la verdad consiste precisamente en la conformidad del juicio con la realidad. 

Tal es en una primera aproximación la posición realista. Con ello puede observarse enseguida que las demás teorías, comprendido incluso el empirismo, contrarían el buen sentido y es difícil que triunfen en su tribunal. Por el contrario son fáciles en el plano filosófico, fáciles de definir y de sostener, porque son simples, absolutas y unilaterales. Para el realismo la situación es inversa. Es fácil en el plano del sentido común, pues todo hombre que no está sofisticado por una reflexión filosófica mal llevada, se cree espontáneamente capaz de la verdad, se fía instintivamente de sus sentidos y de su inteligencia para conocer la realidad. Por el contrario, el realismo es difícil en el plano filosófico porque es complejo, matizado, y por ello mismo está siempre en peligro de caer, por un lado u otro en el error. No obstante, además de su valor propiamente filosófico, es un punto de apoyo sólido para la vida, y dada su vinculación con el dogma católico puede presentarse como una parte integrante de la mentalidad cristiana, como una especie de preámbulo lejano de la fe.

Creo que habría que completar la aproximación de Verneaux. Tal vez mi punto de partida coincide con el del doctor Quintanilla en la aproximación existencial y en la necesidad de tener en cuenta la historicidad del conocimiento pero discrepo con él (si es que lo he entendido bien) en la imposibilidad de plantear un punto de vista privilegiado que permita juzgar como mejores o peores los diversos discursos, sean intencionales o físicos, sean filosóficos o teológicos, sean históricos o culturales, sean lingüísticos o artísticos. Este punto de vista es la aproximación a la verdad total propia de la filosofía desde sus inicios. Digo también que tendemos naturalmente a ella y que nadie es su dueño sino su servidor. La verdad es ardua pero posible en la vida del filósofo, del científico, del lingüista, del artista, y -en fin- del hombre común y corriente.

 

[1] Quintanilla, Pablo, Racionalidad, inconmensurabilidad y esquemas conceptuales, separata del curso.

[2] Esta idea de las matemáticas como el conocimiento más cierto y modélico para la filosofía es básicamente de Descartes. Una buena síntesis y crítica del pensamiento cartesiano se puede leer en: Maritain, Jacques, “Tres reformadores”, Club de lectores, Buenos Aires, 1986, pp. 65-103.

[3] Quintanilla, Pablo, “Teoría y observación, la cuestión del método en las ciencias naturales y en las ciencias humanas”, separata del curso, p 1. Cabría preguntarse entonces si la filosofía no termina siendo un mero análisis de discursos o de historia. Todo se reduciría en última instancia a interpretación. Concuerdo si se admitiera que existe una jerarquía o valoración de las interpretaciones teniendo como referente la realidad objetiva que empieza con la verdad sobre la persona.

[4] Ibid, p. 2.

[5] “Dilthey” en Martínez Echeverry, Leonor y Hugo, Diccionario de filosofía, Editorial Panamericana, Santa fe de Bogotá, 1996, pp. 139.

[6] Quintanilla, Pablo, “La doctrina de los dos puntos de vista”, separata del curso. Concuerdo plenamente con las objeciones -tanto la metafísica como con la epistemológica- a las teorías de Strawson, Nagel y Dennet. No concuerdo con las propuesta ya que en ella se renuncia a que la filosofía diga efectivamente algo propio. Da la impresión de aparecer como un árbitro entre lo intencional y lo físico cuya única función es tratar de armonizarlos.

[7] En su peculiar libro “ortodoxia” el periodista inglés GK Chesterton dice que para volverse loco hay que ser absolutamente lógico y pone el ejemplo del que siente que hay una conjura contra su persona. Si nosotros nos acercáramos al sujeto en cuestión y, en un intento de ayudarlo, le dijéramos que no hay ninguna conjura en su contra, él pensaría -con total coherencia- que nosotros somos parte de la conjura ya que precisamente para que exista una conjura esta debe mantenerse oculta y los conjurados hacerle creer que no lo están. Algo así opera el pensamiento si nos aferramos a la coherencia y la exclusivizamos como forma de acercarnos a la realidad.

[8] Coincido con este punto de tal manera que precisamente por eso discrepo con él del cual he aprendido mucho.

[9] La viejas fórmulas de Aristóteles sobre la verdad como adecuación de la mente a la realidad y la de que nada hay en la mente que no haya pasado por los sentidos están detrás de estas afirmaciones pero matizadas por la realidad de la existencia. Por lo menos la segunda es discutible aunque no del todo descartable.

[10] Propias (concuerdo con el doctor Quintanilla) de su entorno cultural y su capacidad de comprensión. Es clarísimo e indudable, por ejemplo, que la física aristotélica ha sido superada ampliamente y que en muchos casos eran una prolongación de sus posturas filosóficas pero eso no niega que la metafísica aristotélica resulta aún hoy una aproximación con muchos elementos de verdad.

[11] Justamente el punto de partida negado por la tradición racionalista.

[12] Como sí parece verse en la larga y complicada descripción de la luz roja en “la esfera y la tortuga…”. Si dudáramos de que el semáforo está en rojo ¡Ay de nosotros!

[13] Verneaux, Roger, Epistemología general o crítica del conocimiento, Herder, 1981, pp. 85- 97.

José Manuel Rodríguez Canales
José Manuel Rodríguez Canales

Casado, padre de dos niños y dos niñas. Magister en Teología y doctor en Ciencias Sociales. Profesor principal de la Universidad Católica San Pablo. Blogger autor del blog “Roncuaz” y “Teología en dos minutos”.

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