Editorial

Volviendo al trabajo en tiempos de crisis

 

  1. E. Mons. Giampaolo Crepaldi

Presidente del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân

 

 

El presente número del Boletín, sin lugar a dudas, sale a la luz en un contexto de suma importancia para la historia económica y social, caracterizado por la presencia de una crisis económica internacional grave y continua.

No obstante, es necesario aclarar que dicha crisis no puede ser concebida globalmente sin tomar, en consideración, las profundas diferencias con que se manifiesta en distintos puntos del planeta: mientras que los países emergentes afrontan interrogantes relacionados al sostenimiento de un crecimiento económico fuerte, en Europa los gobiernos se enfrentan a una recesión que parece no tener solución.

A pesar de estas diferencias, podemos identificar una característica común en relación a la problemática del empleo: si bien en los países occidentales los asuntos más urgentes parecen ser la inestabilidad laboral, la desocupación juvenil y la ausencia, cada vez más notoria, de puestos de trabajo, que antes podían ser considerados “seguros”; en otros países aún prevalecen las condiciones de trabajo inhumanas que ponen en riesgo la integridad física, intelectual y moral de los trabajadores.

A primera vista, podría parecer que se trata de problemas de diversa índole, ya que los contextos en que estos nacen son profundamente distintos; sin embargo, puede reconocerse en ellos una doble razón que los une: la primera se funda en los estrechos vínculos que entrelazan por completo a la economía globalizada, de tal forma que resultaría una ingenuidad abordar problemas individuales, sin considerar su inserción en un sistema amplio de causas y efectos múltiples. Para ejemplificar esto, basta con mencionar el fenómeno de deslocalización productiva que va “transfiriendo” la problemática laboral de un extremo del planeta a otro.

Sin embargo, el presente número del Boletín pretende centrar su atención en un segundo tipo de condiciones que parecen ubicarse en la raíz misma del problema, más no tanto en su aparición fenomenológica. Por lo tanto, se ha tomado la decisión de no hacer un enfoque específico en problemas particulares que conciernen al mundo del trabajo, aunque sean importantes; sino más bien se busca trazar un itinerario de “búsqueda de sentido” que pueda iluminar el razonamiento económico y político sobre este tema.

En efecto, resulta imposible aproximarse al tema del trabajo como si fuese un problema meramente técnico, ausente de graves implicaciones éticas: justamente el haber olvidado los fundamentos humanistas del trabajo, parece ser uno de los motivos de la crisis actual, y, por lo tanto, amerita una profunda reflexión por parte nuestra.

Siendo así, la dimensión económica de esta crisis es, sin duda alguna, la más evidente: la constante pérdida de puestos de trabajo, por ejemplo, es la consecuencia natural del estancamiento de los mercados y de la desconfianza que los invade. Aun así, el problema no es únicamente económico, sino más bien consecuencia de problemáticas mucho más profundas.

Por ejemplo, se puede notar una dimensión social que se refleja en el equilibrio de los distintos contextos sociales, y sobre el fundamento de la sociedad, que es la familia. Esta problemática posee, además, una dimensión política; ya que la sostenibilidad de las medidas de amortización social y el apoyo que se brinda en la creación de puestos de trabajo; son temas imprescindibles para cualquier fuerza política que tenga como propósito gobernar un país.

Este asunto posee, incluso, una dimensión jurídica, dada la incuestionable insuficiencia de las instituciones vigentes para la legislación laboral. Esto último se comprueba con especial virulencia en Italia —donde la legislación laboral continúa estando anclada a modelos de mercado irrealistas— así como en distintos países donde las leyes de protección laboral son del todo insuficientes.

Finalmente, existe una dimensión aún más honda, vinculada a la tan común y difundida pérdida del significado profundo de la noción de trabajo, ahí donde yace su “esencia ética”, para usar la feliz expresión de San Juan Pablo II, quien, poniendo a colación la raíz bíblica de la reflexión cristiana sobre el trabajo, nos recordaba que el trabajador «es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de sí y que tiende a realizarse a sí mismo» (Carta enc. Laborem exercens, 6).

Por todo lo dicho, en medio de todas las problemáticas evidenciadas —para las cuales se necesita tomar decisiones que sean simultáneamente creativas, sólidas e intrépidas— en este Boletín se quiere hacer mención de cuánto el pensamiento económico y político necesitan de una “purificación” que se lleve a cabo a través de un trasplante de sus raíces en el humus de un cuadro ético de referencia fundamental. Los riesgos de una economía y política guiadas por la estela del desarrollo científico y desenraizadas de su sustento (ético) que las ponga al servicio de la persona humana, son gravísimas, sobre todo en lo que concierne a su “realización” espiritual, moral y material.

Señalaba Benedicto XVI en la Spe Salvi: «La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Pero también puede destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma» (n. 25). Por lo tanto, no es posible abandonar al hombre-trabajador a merced de un pensamiento débil que genera tecnicismos refinados, pero vacíos de significado: ello no solo sería inhumano, sino también poco provisorio y, por ende, iría en contra de la bonanza de la economía misma.

El aporte de la Doctrina Social de la Iglesia al respecto se hace imprescindible, ya que en su diálogo continuo con el mundo —y con el mundo del trabajo especialmente— nos permite poner en evidencia algunos elementos fundamentales del razonamiento que se debe seguir.

Se puede tomar en cuenta, por ejemplo, la solidaridad internacional e intergeneracional que genera una responsabilidad recíproca entre países y sistemas económicos, y que, por lo tanto, impide que se “transfieran” las problemáticas laborales de un lado del planeta a otro sin preocuparse por las consecuencias de tales acciones, dictadas quizá bajo consideraciones que absolutizan la eficiencia. Aquí entran a colación los debates —lamentablemente actuales— sobre las decisiones estratégicas que se toman en algunas multinacionales para elegir los países en que habrán de cerrar sus filiales de producción. En tales contextos de miopes posiciones sindicales, nada sería más destructivo que ver en dicha estrategia la solución más eficaz para proteger los puestos de trabajo de sus propios colaboradores. Aún peor es pensar en la turbia complicidad que se lleva a cabo en algunos estados que —a costa del sustento y del bienestar de los trabajadores— reducen el acceso a sistemas de seguridad social como estrategia para retener o atraer inversiones del extranjero: estos riesgos los puso en evidencia Benedicto XVI en su Encíclica Caritas in veritate.

En este sentido, la Doctrina Social de la Iglesia señala constantemente la necesidad de que la dinámica del crecimiento económico se oriente al desarrollo integral, lo cual necesariamente implica evitar que la noción de desarrollo sufra simplificaciones extremas, como sucede, por ejemplo, cuando se intercambia indistintamente los términos de desarrollo y crecimiento de los ritmos productivos o de su decrecimiento. Las decisiones que han de tomarse en tal dirección no pueden sino estar orientadas al bien integral, el cual no se reduce nunca a una sola dimensión de la vida humana y social, sino que implica adoptar una actitud inclusiva.

Ha de tomarse en cuenta, además, la defensa de la dignidad de todo trabajo, ya sea en su dimensión técnica —porque ello colabora con la realización general del desarrollo humano— como también en su dimensión subjetiva, ya que todo trabajo es ejercido por personas humanas. En este sentido, queda mucho por hacer para recuperar la dignidad y la centralidad de los ámbitos de servicio al ser humano, en toda función laboral.

También ha de considerarse la exhortación permanente a poner al trabajo como medio para alcanzar una igualdad social duradera y estable, condición indispensable para conseguir un desarrollo económico y sostenible. En tal sentido, indica Benedicto XVI: «La dignidad de la persona y las exigencias de la justicia requieren, sobre todo hoy, que las opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente inaceptable las desigualdades y que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan» (Carta enc. Caritas in veritate, 32).

No obstante, por encima de todo están los esfuerzos por recuperar metodológicamente la dimensión subjetiva del trabajo: esto hace referencia al espacio de humanismo que subsiste en él, ya que es ello lo que hace posible el pleno desarrollo de la persona humana. Existe, en este sentido, una dimensión espiritual en el trabajo, la cual se manifiesta como el espacio en el que el hombre se hace colaborador del acto creador: por medio de este espacio el hombre se encuentra con el Creador y cumple así su rol de ayudante en la labor continua de creación.

Así, si bien la problemática laboral ha de ser considerada como un aspecto fundamental para el desarrollo de la humanidad, no puede quedar reducida jamás a problemas particulares: el objetivo de este número del Boletín, por lo tanto, es ofrecer una respuesta a la urgencia de humanizar el discurso económico y a la necesidad de abordar los diversos problemas técnicos existentes; en vista a brindar un servicio a la persona humana.