S.E. Cardenal Carlo Caffarra
Arzobispo Emérito de Bolonia

Quisiera iniciar diciendo simplemente: ¿Cuál es el núcleo esencial del Evangelio de la Vida? Me sirvo de un texto de Juan Pablo II: «¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha “merecido tener tan grande Redentor”, si “¡Dios ha dado a su Hijo”, a fin de que él, el hombre, “no muera, sino que tenga la vida eterna”! En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo»[1]. El Evangelio de la Vida es la hermosa noticia de que Dios se preocupa por cada hombre. Y esta es la «dimensión objetiva», su contenido expresado, incluso desde las primeras profesiones de fe en la fórmula: «por nosotros» (pro nobis). Acogida por el hombre, creída mediante la fe como absolutamente verdadera, esta bella noticia produce en la conciencia del hombre no solo alabanzas a Dios llenas de gratitud, sino también un «profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre». Esta es la «dimensión subjetiva» del Evangelio de la Vida, su contenido propiamente antropológico. El asombro es el principal —Aristóteles creía que era el único— impulso del conocimiento. El asombro que el hombre vive en sí mismo cada vez que recibe la buena noticia, lo lleva a cuestionarse respecto de sí mismo, a preguntarse: «¿Pero, al fin y al cabo, ¿qué es el hombre para que Dios se preocupe de él hasta tal punto?». La pregunta sobre el hombre se encuentra, pues, siempre al centro de la reflexión cristiana, de la fides quaerens intellectum, ya que es intrínseca a la reflexión cristiana sobre el misterio de Dios y el misterio de la Encarnación.

Desde el inicio de Confesiones, Agustín expresa esta tensión bipolar. Por una parte se observa a sí mismo y piensa al hombre como aliqua portio creaturae tuae (una partecita, un fragmento del universo: la misma experiencia expresada admirablemente por G. Leopardi en su Canto nocturno de un pastor errante del Asia); pero, de otra parte, percibe en sí mismo y en cada hombre el deseo de alabar a Dios: et tamen laudare te vult homo, aliqua portio creaturae tuae (Y con todo, alabarte quiere el ser humano[2]). No quisiera entrar ahora, ni siquiera brevemente, en el camino de descubrimiento que el hombre fue recorriendo por sí mismo para responder la pregunta: «¿Pero, al fin y al cabo, ¿quién soy para que Dios se preocupe de mí hasta tal punto?». La respuesta es fundamentalmente la siguiente: Dios se preocupa especialmente de esta «portio aliqua creaturae suae» porque ha querido al hombre para Sí; lo ha destinado y orientado a vivir eternamente con Él. Las demás realidades creadas, tomadas singularmente o en sí mismas, no existen para este fin. Y, por lo tanto, Dios no se preocupa por ellas con la misma intensidad que se preocupa por el hombre. Él «atribuye una importancia completa- mente distinta (…) a mi pequeño yo como a cada otro yo, por pequeño que sea, porque quiere hacerlo eternamente feliz si el individuo es dócil para entrar en el cristianismo»[3]. En el texto citado líneas arriba, Agustín escribe: «Tú le incitas a que le deleite alabarte, porque nos has hecho para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti». Presten atención. No interpreten este texto, muy famoso, con aquellos prejuicios interpretativos derivados de nuestra conciencia enferma de psicologismo. La afirmación del cor inquietum no tiene principalmente un significado psicológico, sino ontológico. Indica quién es el hombre; denota la subjetividad metafísica del hombre: un ser hecho por otro, que solo puede realizarse plenamente en Dios. Tomás dirá: «capax Summi Boni» (capaz de poseer el Sumo Bien)[4]. También en Confesiones, Agustín expresará el mismo pensamiento de modo aún más sugestivo: «(Tú) nos muestras cuán grande hiciste a la criatura racional, para cuyo descanso feliz nada es bastante que sea menos que tú, por lo cual ni aun ella misma se basta» muestras suficientemente qué grande has hecho la creación racional a la que, para lograr un reposo dichoso, en modo alguno basta cualquier cosa que sea inferior a ti ni, por este procedimiento, tampoco se basta a sí misma»[5]. Dios se preocupa del hombre porque lo llama, lo quiere como su compañero, un amigo con quien compartir su eterna bienaventuranza y su vida divina.

El descubrimiento del sentido, del propósito de ser humano implica el descubrimiento de las «condiciones estructurales» del hombre. Si el hombre debe alcanzar ese fin, tiene que hacerlo de un determinado modo, que sea adecuado y proporcionado a su finalidad. ¿Qué significa todo esto? Significa «ser persona»: solo la persona puede estar orientada a tal fin. Ella es, precisamente, sujeto capaz de conocer y de amar, incorruptible y eterno, es decir, espiritual.

Tomás, por tanto, concluirá: «persona significa lo que en toda la naturaleza es perfectísimo, es decir, lo que subsiste en la naturaleza racional» [1, q. 29, a. 3]. Es decir: no puede haber nada mayor que una persona. El gran doctor de la Iglesia escribe que «si Dios se hizo hombre fue para instruirnos sobre la dignidad de la naturaleza humana» [3, q. 1, a. 2].

En esta percepción de la incomparable perfección de la naturaleza se observan dos verdades involucradas.

La primera: la igualdad «en cuanto al ser» entre las personas humanas. No se puede ser más persona que otra. La dignidad ontológica de cada persona humana es idéntica.

La segunda: Siendo lo más perfecto que existe, ninguna persona humana está ordenada a un bien creado, como un medio hacia un fin o como una parte respecto al todo. Toda persona humana trasciende el entero universo creado, sea en su aspecto material o en su organización social.

En la historia de Occidente ocurrió un acontecimiento espiritual sobre el que nunca se reflexionará lo suficiente. Empiezo describiéndolo con un ejemplo. Imaginemos una zarza ardiente, de ella salen muchas chispas que se desprenden de las ramas, sin que logren apagarla a largo plazo.

Del Evangelio de la Vida, verdadera zarza ardiente encendida en la conciencia de Occidente, han emanado algunas chispas que, aunque teniendo su origen en ella, han cobrado vida propia.
La primera y más importante de las chispas fue el descubrimiento del hombre como persona, como sujeto de incomparable dignidad. El descubrimiento de la persona, surgido del Evangelio de la Vida, generó después una cultura política en la cual se reconocen también aquellos que, aunque no recibieron la fe en el Evangelio de la Vida, son guiados por el recto uso de la razón. En palabras más sencillas: el Evangelio de la Vida ha generado la democracia occidental. Entiendo la democracia no en un sentido meramente procedimental, sino sustancial: la democracia es el reconocimiento de la precedencia y superioridad de la persona sobre el Estado, de la afirmación política, de la dignidad de toda persona y de la consiguiente igualdad de cada una y su no-ordenabilidad a un todo considerado como superior. No es posible seguir todo el recorrido de este proceso cultural. Me limito a señalar solamente un aspecto particular de primera importancia.

Uno de los aspectos más problemáticos de este proceso es la ardua determinación del «criterio discriminante» entre ser persona y no ser persona.

Poco a poco fueron superados varios criterios: la pertenencia a una clase social (pensemos en la distinción esclavo-libre); la pertenencia a una raza, la «funcionalidad social» (reflejada en la actitud hacia los enfermos) y muchos otros. Este problema no ha terminado todavía. Pero una posición más personalista llega a la siguiente conclusión: «ser persona coincide con ser un individuo perteneciente a la especie humana». No se requiere nada más ni nada menos. Esta es ahora la verdadera batalla por la afirmación de la persona: existe un solo criterio para distinguir quién es persona y quién no es persona: la pertenencia biológica al género humano. Existen muchos argumentos que demuestran esta afirmación. Me limito, por brevedad, a uno solo.

Si además del hecho biológico, el reconocimiento de la especie humana exigiría una cualidad ulterior, también los derechos consecuentes del estatuto de ser persona dependerían de dicha cualidad, estarían condicionados por ella. Ahora, ¿Quién decide cuál debe ser esta cualidad? Obviamente, con un procedimiento u otro, sería la comunidad humana ya constituida. De eso se derivaría que los derechos humanos fundamentales estarían condicionados por la generosa concesión de otros. Pero los derechos humanos no son conferidos o concedidos, sino reivindicados por todos con igual fuerza vinculante.

«Los derechos de las personas son por lo general derechos incondicionales solo cuando no dependen del cumplimiento de alguna condición cualitativa, cuya existencia es decidida por los miembros de la comunidad jurídica[6]».

Antes de proceder, quiero hacer una consideración en la que no me detendré mucho. El descarte del concepto de generación y, por tanto, de genealogía, presente donde se reconoce el carácter conyugal de la convivencia homosexual, puede, a la larga, terminar siendo devastador para la identificación de la persona mediante el criterio de la pertenencia biológica al genus humanum. Y, por ende, sobre el fundamento de los derechos incondicionales de cada persona.

Hemos realizado hasta ahora, sustancialmente, tres afirmaciones: El Evangelio ha generado en el hombre la conciencia de ser «alguien», y no simplemente «algo», de incomparable dignidad; este hecho espiritual ha producido la categoría metafísica, ética y jurídica de persona, base de nuestras democracias occidentales; y, esta categoría, verdadero primum metaphysicum- primum ethicum – primum juridicum, aunque surgida del Evangelio, se ha mostrado asumible por la recta razón.

Pero, ¿Qué ha ocurrido en Occidente? El siguiente evento cultural: ya que la categoría de persona es pensable sin la Revelación Divina, es decir, sin la fe; porque es opus rationis et non fidei, es posible construir un humanum, una sociedad humana fundada sobre la primacía de la persona, incluso prescindiendo o negando a Dios. Con el fin de custodiar la primacía de la persona es de todo irrelevante la existencia de Dios y la relación de la persona con Dios mismo.

Un designio tal está destinado al fracaso, por dos razones fundamentales, que son, además, los dos caminos que este fracaso ha recorrido y está recorriendo.

La primera: La persona está enraizada en la naturaleza. Es más, hemos dicho que el criterio de pertenencia a la comunidad de personas es un hecho biológico.

Sin embargo, si desaparece de la persona humana la idea de creación, la persona solo podrá reducirse a ser el resultado fortuito, casual, de fuerzas impersonales. No solo eso, sino, sobre todo, no podrá gozar de ninguna elevación o trascendencia respecto de la naturaleza, como ahora la investigación neurológica pretende demostrar. La segunda: La persona toma conciencia de su dignidad en razón del referente con el que se relaciona. Si un vaquero pasase todo su tiempo con las vacas, se «sentiría persona» en relación a ellas. Es una medida bastante limitada. Si una persona tiene que ver con personas socialmente importantes (que la llaman a menudo, le piden consejo, etc…), se «sentiría persona» en una medida bastante superior. De ahí que podamos decir: la medida de la conciencia de ser persona está dada por sus referentes. Si el referente es infinito, es decir, Dios, la dignidad tiene algo de infinita; si el referente es siempre y exclusivamente limitado, la persona no tendrá nunca conciencia de su verdad íntegra. Y, por tanto, estará expuesta siempre al juego de fuerzas impersonales y del poder. Confirmación: el siglo más irreligioso, el siglo XX, conoció las dos dictaduras más terribles, la nacional-socialista y la comunista.

La cultura occidental en la que vivimos se encuentra, pues, en esta condición: vive sobre afirmaciones de las que niega sus presupuestos.

¿Cómo se puede salir de esta situación? El Papa Francisco lo viene diciendo cada día: la Iglesia debe salir de las sacristías y evangelizar con el Evangelio de la Vida. Solo de este modo se aviva continuamente el fuego de la zarza de la que surge la chispa de la afirmación de la dignidad incomparable de toda persona.

De esta manera, los creyentes, evangelizando, ayudan también a aquellos que ven con su razón la dignidad de cada persona y, aunque no creen, no niegan la relevancia de la fe cristiana. Pero, este discurso es un poco genérico. El testimonio del Evangelio de la Vida es particularmente claro, —yo diría: es puro testimonio— cuando afirma la dignidad incomparable de la persona humana que puede exhibir solo un título de reconocimiento: la pertenencia biológica al género humano. La persona humana ya concebida y todavía no nacida se encuentra en esta condición. Las minorías que rinden este testimonio, en público; que custodian dentro de la ciudad la certeza del primado de la persona, impiden que se erosionen los fundamentos de todo el edificio social que no quiere barbarizarse.

«Y, por su parte, el fermento evangélico ha despertado y despierta en el corazón del hombre esta irrefrenable exigencia de dignidad[7]».

Podría resumir todo lo que he dicho con un profundo aforismo de Gómez Dávila: «aquello que no es persona en el fondo no es nada[8]».

[1] Cart. Enc. Redemptor hominis 10; EE 8, 28-29.

[2] cfr. Confesiones, Libro primero, 1,1. San Agustín, Confesiones, introducción, traducción y notas de Alfredo Encuentra Ortega, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid 2010, 116.
[3] S. Kierkegaard, Postilla conclusi- va non scientifica, Introducción; en Opere, Sansoni ed., Florencia 1972, 268
[4] cfr. Summa Theologiae, 1, q. 93, a. 2..
[5] San Agustín, Confesiones, Libro XIII 8, 9
[6] R. Spaemann, Persone, Editori Laterza, Roma-Bari 2005, 241.
[7] Gaudium et spes, 26; EV 1, 1482.
[8] Gómez, Dávila. In margine ad un testo implicito, Adelphi Edizioni, Milán 2001, 88.

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera: Caffarra Carlo (2016): “El evangelio de la vida en la cultura moderna”. En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 9, n° 19, pp. 5-7. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/el-evangelio-de-la-vida-en-la-cultura-moderna/