María Cristina Del Poggetto
Sociedad Médico-Científica Promed Galileo

¿Qué cosa entendemos por síndrome post-aborto? En términos operativos, podemos asumirlo como un compromiso de la salud mental causado por el aborto voluntario. Es un marco bastante amplio[1] y comprende el trastorno de ansiedad, la depresión, la distimia, el trastorno de uso de sustancias; también es posible que en otros casos se manifieste con emociones vividas con tal intensidad que resultan invalidantes para la salud mental, tal y como se entiende en la definición dada por la Organización Mundial de la Salud.

En los años 70, la relación encontrada entre aborto y ulteriores problemas psiquiátricos persistentes era interpretada como efecto del rechazo social del aborto y del estigma que rodeaba a las mujeres que abortaban, algo que la legalización haría desaparecer[2].

Una serie de estudios en la literatura médica en aquellos años indicaban que el aborto como procedimiento terapéutico era capaz de dar alivio e incluso felicidad a las mujeres[3]. El tipo de modelo de estudio en aquel periodo se caracterizaba por la dimensión reducida, heterogeneidad y exigüidad de los instrumentos de validación y de la duración del seguimiento de la muestra. A comienzos de la década de 1990, comienza a aparecer la idea que, al menos para una parte de las mujeres, abortar puede ser lo exactamente opuesto a una terapia[4]. La revisión sistemática llevada a cabo en 2009 por la Asociación de Psicólogos de Estados Unidos (APA) concluye que entre las mujeres que tienen un embarazo no programado y las que abortan, no tienen ningún problema distinto respecto de las que llevan al término su embarazo[5].

En 2011, una iniciativa análoga de parte de los psiquiatras ingleses llegó a conclusiones muy similares, si bien dejando abierta la posibilidad de que algunas mujeres puedan experimentar reacciones negativas al aborto y necesiten, por tanto, el apoyo de especialistas[6]. Estas conclusiones se alcanzaron a través de revisiones en las que el proceso de selección de las publicaciones y de valoración de la calidad metodológica de los estudios son conducidas sin duda con pericia, pero sin llegar a garantizar una absoluta imparcialidad[7]. No debe, por tanto, sorprender que algunos autores lleguen a negar incluso la existencia de un síndrome post-traumático abortivo[8]. Todo parecería ser simple y claro, pero no lo es.

David Fergusson, investigador neozelandés y coordinador del proyecto Christchurch, se pregunta si es cierto o no que el aborto después de un embarazo no programado se asocia con un sufrimiento mental mayor respecto de las mujeres que dan a luz un hijo, deseado o no. En una evaluación de la base de datos de Christchurch, se muestra que casi un tercio de las mujeres no declara ninguna reacción negativa derivada de haber abortado, pero los otros dos tercios, por el contrario, presentan una serie de reacciones emocionales negativas de intensi- dad variable relacionadas a una mayor incidencia de depresión, ansiedad e ideas de suicidio[9]. Un estudio transversal retrospectivo conducido en 2010 sobre un conjunto amplio de casos verificando la abortividad y la salud mental y corrigiendo los resultados mediante numerosas covariantes, incluyendo antecedentes de violencia, confirma el incremento de la depresión, ansiedad, uso de alcohol y de sustancias, de pensamientos e ideas de suicidio que afectan a las mujeres que han abortado, comenzado desde el primer aborto en casi la mitad de los casos[10]. El conocimiento de la literatura científica sobre el debate, con las críticas y las respuestas de los autores, es indicativo de un cierto cliché que ataca a cualquier estudio que indique problemas para la salud mental en las mujeres que abortan: los psicogendarmes del abortismo precintan cada posible brecha en el recinto que han construido. Cierto, hay problemas metodológicos, pero negar con obstinación que una parte de las mujeres que abortan sufren psicológicamente por causa del aborto, parece representar un ejercicio sofístico, más que la defensa de un dato científico. Un estudio de la vinculación entre los registros abortivos y de salud mental conducido en Dinamarca demuestra que las mujeres que abortan no incrementan sus contactos con los servicios de salud mental después del aborto (dato que se asume como indicador de que el aborto no crea problemas mentales), pero que sus indicadores son, en general, más elevados que las mujeres que dieron a luz (leído como signo de que los mayores problemas psiquiátricos que se detectan en las mujeres que abortan son pre-existentes al aborto mismo)[11]. Los autores callan, sin embargo, los numerosos problemas que perturban la interpretación minimizante de las secuelas del aborto: la exclusión de mujeres con antecedentes psiquiátricos, la posible mayor resistencia de las mujeres que han abortado a pedir ayuda para sus desórdenes psíquicos, el breve seguimiento de 12 meses y el financiamiento del estudio por una organización abortista. Más aún, incluso asumiendo la perspectiva de los autores, es evidente que abortar no aporta ningún beneficio a la salud mental de la mujer.

En 2011, Priscilla Coleman publicó el más grande meta-análisis[12] hasta la fecha, que incluye 22 estudios, 36 artículos e involucra más de ochocientas mil mujeres y demuestra el incremento del riesgo de ansiedad, depresión, abuso de alcohol, uso de marihuana y riesgo de suicidio, con un riesgo atribuible que va de 8 % para la ansiedad a 35 % para las tendencias suicidas[13]. La revista de los psiquiatras ingleses se inundó de comentarios que criticaban, ferozmente, el análisis de Coleman, acusándola de no haber seleccionado mujeres con embarazos no deseados, de haber ignorado las condiciones mentales previas al aborto además de otros factores de confusión, de haber acumulado resultados no homogéneos, de estar parcializada por ser pro-vida y de haber incluido muchos de sus estudios en su meta-análisis. Coleman respondió puntualmente a las críticas, demostrando, por ejemplo, que las mujeres que abortan presentan mayores problemas de salud mental en comparación a las que han dado a luz, a las que nunca han abortado e incluso a las que han llevado a término un embarazo no deseado.

David Fergusson, en una carta publicada en la revista, demuestra que, aun teniendo en cuenta la salud mental previa de las mujeres, después del aborto los problemas mentales son mayores. En abril de 2013, Fergusson, ateo y pro-choice, publica un meta-análisis que limita el estudio a aquellos estudios considerados cualitativamente adecuados por las sociedades psiquiátricas y los psiquiatras pro-aborto. Una vez más los datos hablan por sí solos: incre- mento de la ansiedad (+28%), del abuso de alcohol (+134%), del uso de sustancias (+291%), de las tendencias suicidas (+69%)[14]. Es significativo que en el único estudio en el que se ha explorado esto, no se ha demostrado ningún beneficio para la salud mental de las mujeres que tienen un aborto respecto a aquellas que lo rehúsan[15]. Por lo tanto, aun queriendo conceder el más amplio beneficio de la duda respecto a la hipótesis de que el aborto perjudica la salud mental de las mujeres, como mínimo está claro que el aborto es una decisión que pertenece a los criterios de la futilidad médica, es decir, a un procedimiento que no alcanza los objetivos que se propone[16].

Cuando se trata de cifras de aborto no se debe olvidar que detrás de esos números hay seres humanos, hombres, mujeres, adultos, adolescentes, que sufren y hacen sufrir, y sobre todo, niños no nacidos. Estas reflexiones pueden resultar indiferentes a la reflexión biojurídica solo en el caso de que esta renuncie a cualquier pretensión de beneficio para las mujeres por medio del aborto —como, por el contrario, sugiere el recurso al concepto de salud en muchas legislaciones para justificar el procedimiento abortivo—.

La evidencia conducida en el terreno de la ciencia médica no deja ningún espacio al llamado «abortismo humanitario». Así, la única justificación para el aborto que sigue en pie parece ser la mera voluntad de otorgar a la mujer el derecho de autodeterminarse y de hacerlo también heterodeterminando y terminando con aquel que tiene necesidad de su madre para continuar viviendo. Permanece, es decir, el abortismo «libertario[17]», pero esto es un ámbito que ya no tiene nada que ver con la medicina, el cuidado y la salud.

[1] Rue VM, Speckhard A. Post-abortion trauma: Incidence and diagnostic considerations. Medicine & Mind. 1992; 6: 57–74.
[2] Gordon AV. Recent research on Psychological effects of legal abortion. Review of the literature, 1935- 1964. New Zealand Psychologist. 1976; 5(1): 37-47.
[3] Walter GS. Psychological and emotional consequences of elective abortion. A review. Obstet. Gynecol. 1970; 36(3): 482-91. Ford CV, Castelnuovo-Tedesco P, Long KD. Abortion. Is it a therapeutic procedure in psychiatry? JAMA. 1971; 218(8): 1173-8. Osofsky JD, Osofsky HJ. The psychological reaction of patients to legalized abortion. Am J Orthopsychiatry. 1972; 42(1): 48-60.
[4] Zolese G, Blacker CV. The psychological complications of therapeutic abortion. Br J Psychiatry. 1992 Jun; 160:742-9.
[5] American Psychological Association (APA) Task Force on Mental Health and Abortion (TFMHA). Online http://www.apa.org/pi/women/pro-grams/abortion/mental-health.pdf (accesso del 10-5-2013); Se brinda una síntesis en: Major B, Appelbaum M, Beckman L, Dutton MA, Russo NF, West C. Abortion and mental health: Evaluating the evidence. Am Psychol. 2009; 64(9): 863-90.
[6] Academy of Medical Royal Collages, National Collaborating Centre for Mental Health. Induced abortion and mental health, a systematic review of the mental health outcomes of induced abortion, including their prevalence and associated factors. 2001. Online http://aomrc. org.uk/publications/reports-a-gui- dance/doc_download/9432-indu- ced-abortion-and-mental-health. html (consultado el 10-5-2013).
[7] Charles VE, Polis CB, Sridhara SK, Blum RW. Abortion and long-term mental health outcomes: a systematic review of the evidence. Contraception. 2008; 78(6): 436-50.
[8] Robinson GE, Stotland NL, Russo NF, Lang JA, Occhiogrosso M. Is there an “abortion trauma syndrome”? Critiquing the evidence. Harv. Rev. Psychiatry. 2009; 17(4): 268-90.
[9] Fergusson DM, Horwood LJ, Boden JM. Reactions to abortion and subsequent mental health. Br J Psychiatry. 2009; 195(5): 420-6.
[10] Mota NP, Burnett M, Sareen J. Associations between abortion, mental disorders, and suicidal behaviour in a nationally representative sample. Can J Psychiatry. 2010; 55(4): 239-47.
[11] Munk-Olsen T, et al. Induced first-trimester abortion and risk of mental disorder. NEJM. 2011; 364(4): 332-9.
[12] Nota del Traductor: Un meta-análisis es un estudio de estudios, es decir, una investigación que pasa revista, no solo al objeto de estudio, sino a lo que se ha dicho de él desde la perspectiva más amplia posible.
[13] Coleman PK. Abortion and mental health: quantitative synthesis and analysis of research published 1995 -2009. BJP 2011, 199:180-186.
[14] Fergusson DM, Horwood LJ, Boden JM. Does abortion reduce the mental health risks of unwanted or unintended pregnancy? A re-appraisal of the evidence. Aust. N. Z. J. Psychiatry. 2013 Apr 3.
[15] Gilchrist AC, Hannaford PC, Frank P, Kay CR. Termination of pregnancy and psychiatric morbidity. Br. J. Psychiatry. 1995; 167(2): 243-8.
[16] Puccetti R, Del Poggetto MC, Di Pietro ML. Abortion and mental health: guidelines for proper scientific conduct ignored. Br J Psychiatry. 2012; 200(1): 78.
[17] Lombardi Vallauri L. Abortismo libertario e sadismo. Scotti Camuzzi, Milán, 1976

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera: Signoretto, Martino (2016): “El síndrome post-aborto: status quaestionis”. En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 9, n° 19, pp. 18-19. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/el-sindrome-post-aborto-status-quaestionis/