Natale Brescianini O.S.B. Cam
Prior de la Ermita de Monte Giove
Fano (PU)

Premisa

El hombre contemporáneo viene sintiendo de forma, cada vez más generalizada, la exigencia personal de encontrar un significado profundo para su actuar, para su conducta e incluso para realizar los esfuerzos más ordinarios de la vida diaria. Por otro lado, la razón última de la crisis que atraviesa el mundo occidental entero se debe a una ofuscación del horizonte, donde la actividad humana se ubica y encuentra sentido.

Como monje benedictino camaldulense haré el intento de esbozar la visión monástica benedictina, dentro de la cual se puede introducir el tema del trabajo para hacer emerger su valor original.

El trabajo en la Regla de San Benito

<<La ociosidad es enemiga del alma; por eso han de ocuparse los hermanos a unas horas en el trabajo manual, y a otras, en la lectura divina. […]

Si las circunstancias del lugar o la pobreza exigen que ellos mismos tengan que trabajar en la recolección, que no se disgusten, porque precisamente así son verdaderos monjes, cuando viven del trabajo de sus propias manos, como nuestros padres y los apóstoles>>.( RB 48, 1. 7-9).

Bastarían estas pocas líneas de la regla de San Benito para comprender la importancia del trabajo en un camino espiritual, recordando sobre todo que en la época de San Benito, el trabajo manual no estaba reservado a los hombres libres, sino a los esclavos.

Aclaremos en primer lugar el significado de «monje».

Dicho término deriva del griego monos, literalmente «uno». Es usual que el término «uno» se entienda como solo, es decir como algo propio de aquel que vive en la soledad, en lugares apartados. No me parece que esta definición sea la más adecuada. Por otro lado, es posible comprender la palabra «uno» como «unificado», una acepción que hace referencia a una persona que se unifica enteramente concentrando y orientando su propia vida hacia el bien.

Vida activa y vida contemplativa

Nos es de gran provecho reflexionar sobre un texto de Juan Casiano, un monje que vivió un siglo antes de Benito. Se trata de la Conferencia XIV, Sobre la vida contemplativa:

« III: La perfección activa tiene dos aspectos. El primero consiste en conocer la naturaleza de los vicios y el método para curarlos. El segundo, en discernir el orden de las virtudes y en conformar nuestra alma a su perfección, de tal forma que el alma cese de servir a las virtudes como esclava, casi como soportando una violencia o como si estuviese sujeta a un dominio tiránico, y comience en vez a deleitarse con las virtudes, a nutrirse como de un bien connatural, a encontrar gusto en progresar en el camino empinado y estrecho de la vida virtuosa. […]

VI: Muchas son las vías que conducen a Dios: cada uno recorra hasta el final aquella que ha empezado, y permanezca irrevocablemente orientado en la dirección que ha escogido. Cualquiera fuese la profesión escogida, tendrá la posibilidad de alcanzar en ella su perfección.

VIII: La vida activa, como dijimos más arriba, se divide en muchas profesiones y en muchos estados; la vida contemplativa se divide en dos partes: interpretación histórica y penetración espiritual de las Sagradas Escrituras».

En esta perspectiva, la vida activa se transforma en un itinerario de conocimiento personal a fin de llegar a vivir libremente una vida virtuosa; en este camino espiritual se involucra toda la persona, y cada una de sus dimensiones constitutivas encuentra su lugar adecuado, su propia armonía. En un proceso de unificación como este y en la tensión por conducirse hacia una vida buena, nada de lo que somos puede quedar excluido.

Luego, una vez que se ha experimentado la unidad interior, se hace posible adquirir una nueva mirada (contemplativa) que nos permitirá penetrar el sentido literal de la Escritura, de la vida misma y podremos ir más allá todavía.

Cultivar y custodiar el jardín

Movidos por esta búsqueda de unificación, los monjes ofrecen una serie de respuestas concretas.

Ellos se han desempeñado como «productores inconscientes»  a lo largo de los siglos, pues vienen realizando obras maravillosas y produciendo bienes útiles para el sostenimiento humano. Así, han adoptado diversos roles de la vida laboral desempeñándose, por ejemplo, como amanuenses  (a través de sus códigos manuscritos crearon las bases para la trasmisión del conocimiento), diseñadores de grandes abadías; productores agrícolas (vinos, cerveza, quesos, plantas medicinales, chocolate, etc.), hombres de ciencia y de arte; cultores del alma; maestros de la hospitalidad.

Estas son las respuestas, pero, ¿Cuál era la pregunta? Podríamos sintetizarla en el mandamiento de Dios que dio al ser humano en el libro del Génesis: «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo custodiara» (Gn 2, 15).

La imagen del jardín representa una metáfora de la vida espiritual. En la Biblia cristiana, tres son los jardines importantes: el jardín del Génesis; el jardín del Cantar de los Cantares  y el jardín de la Resurrección.

El primer jardín, el de la creación, representa el llamado universal a la realización personal.

Las dos narraciones de la creación, presentes en los dos primeros capítulos del Génesis, no buscan explicar el origen del mundo desde un punto de vista histórico o científico, sino que buscan ayudarnos a reflexionar sobre el tema de la realización. Somos personas realizadas, psicológicamente sanas y espiritualmente maduras, cuando vivimos en una relación positiva con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con Dios.

Podemos poner como ejemplo a Adán y Eva: «ellos estaban desnudos y no tenían vergüenza». No tenían miedo de mostrarse tal cual eran, no eran esclavos de una apariencia o de una máscara (pensemos en los roles que cada uno de nosotros posee).

En la segunda narración de la creación, tampoco se nos dice cómo sucedieron las cosas desde el punto de vista científico o histórico, sino que se nos comunica que el ser humano, aunque estaba rodeado de todo tipo de cosas buenas y bellas, aunque estaba beneficiado por la amistad de Dios, carecía aún de algo fundamental. Solamente cuando vio a otro ser humano como él, pudo sentirse completo. Hay que reconocer que incluso desde una perspectiva bíblica es posible decir que ¡Dios solo no basta! La tensión hacia los demás es parte integrante y constitutiva del camino espiritual.

El segundo jardín, el del Cantar de los Cantares, representa el llamado universal a la sobreabundancia.

El Cantar de los Cantares recoge algunas composiciones que tradicionalmente se interpretaban en los matrimonios. El mundo monástico siempre ha representado al alma del creyente con la figura de la esposa, y a Dios mismo con la figura del esposo. La relación armónica que buscamos, se realiza plenamente cuando entramos en la lógica del amor. Puede parecer descontextualizado hablar de amor en un ámbito laboral. Sin embargo, esta expresión presupone varias dimensiones que corren el riesgo de ser olvidadas, como la pasión, la creatividad, el don y la gratuidad. El amor conlleva una sobreabundancia que enriquece nuestra humanidad, un exceso que nos empuja a abrigar una ambición, a literalmente dar vida a una realidad, a un proyecto.

Incluso el que se declara ateo o materialista, no puede prescindir de reconocer en el ser humano una «sobreabundancia» de sentido, respecto al resto de seres.

Ciertamente, nuestro cuerpo material es protagonista indiscutible de una variedad de experiencias fundamentales, pero todos somos capaces de darnos cuenta de que el amor que nos mueve hacia otra persona no puede reducirse a la sensorialidad de los cuerpos, y se ubica más allá de cualquier reacción física o química científicamente constatada.

Es posible, quizá, que el haber prescindido de esta sobreabundancia humana, haya terminado consintiendo que se instaure un sistema social y económico, que a lo largo del tiempo, nos ha terminado haciendo mucho daño. Sin embargo, deberíamos preguntarnos: ¿es posible hacer que nuestros puestos de trabajo, nuestras compañías, se conviertan en espacios donde se pueda experimentar la sobreabundancia humana, donde se pueda hallar sentido más allá de la pura maximización de las ganancias económicas?

El tercer jardín, el de la Resurrección, representa la llamada universal a la vida eterna.

Según la narración del Evangelio del apóstol Juan, Jesús fue sepultado en un jardín, y cuando aparece luego María Magdalena, lo confunde con el jardinero. Hay en María una incapacidad para reconocer, una falta de energía relacional.

Buscar la relación justa, vivirla en la dimensión de la sobreabundancia, conduce a experimentar la vida eterna, la cual es tal, no por lo que nos espera en el más allá, sino porque se trata de una existencia que abraza a todo hombre y mujer, en todas las latitudes y en todos los tiempos (la tradición franciscana diría que es una vida presente en todas las creaturas).

Antes, aún que la globalización económica, existe una especie de globalización espiritual. Hay un sentimiento común que nos hace sentir unidos a un nivel profundo y extenso, como si se tratase de una red espiritual.

El trabajo y el jardín

En este punto de nuestro recorrido podríamos plantearnos la siguiente interrogante: ¿cómo puede nuestro trabajo contribuir a cultivar y custodiar el jardín que Dios nos ha confiado?

Para responder a ello, haré uso de la terminología que San Benito utiliza en su Regla para hablar del trabajo.

Opus: San Benito incluye aquí la liturgia, la biblioteca (comúnmente construida al costado de la iglesia), la lectio divina. Hace alusión, así, al aspecto espiritual e intelectual de la formación.

Labor: con esta palabra él hace referencia a las manualidades, al trabajo con las propias manos.

Ars: dicho término se refiere al trabajo de los artesanos, a aquellos que inventaban los instrumentos. Se trata de una referencia a la búsqueda y al desarrollo, así como también a la creatividad traducida en términos más modernos.

El mundo benedictino es conocido por el lema Ora et labora, donde la palabra más importante es la conjunción et. El secreto está justamente en mantener juntos elementos aparentemente contrastantes. Así, el monasterio crea un sistema organizado para que las tres dimensiones, opus, labor y ars, estén en equilibrio y ninguna opaque a las demás. De esta manera, el trabajo puede ser una auténtica contribución al cuidado y a la valorización del jardín, es decir si consigue mantener unidos opus, labor y ars, no solo al nivel organizacional empresarial, sino en el crecimiento personal de todo individuo.

Crecimiento y desarrollo

Esta idea del trabajo se deriva naturalmente de una concepción del progreso, según la cual el crecimiento y el desarrollo son dos nociones que no se identifican; es más, podemos decir que no todo crecimiento es necesariamente desarrollo. También en este caso sale a nuestro encuentro el mundo benedictino, ilustrándonos con la estructura de sus monasterios.

El término desarrollar (dis + rotulus + are) ha de entenderse como desenredar, quitar lo que provoca un envolvimiento, algo que tiene cautiva a una persona en su interior (Cfr. Caritas in veritate n. 21).

En los monasterios nunca falta la capilla, la biblioteca, el refectorio, la enfermería, la oficina y la casa de huéspedes. Son lugares físicos, pero también son símbolos, lugares de desarrollo.

Por otro lado, el crecimiento mide solo la producción de mercancía y de servicios de forma cuantitativa, sin ningún interés por aquello que es verdaderamente un bien.

El desarrollo, como camino de liberación, busca crear bienes y servicios que promueven la dimensión espiritual, cultura: laboral y relacional-afectiva.

Conclusión

Hemos hecho una breve referencia a algunos aspectos de la dimensión laboral según la tradición benedictina. Son unos trazos que se presentan como una contribución a la necesidad de recuperar un trasfondo de sentido, en donde insertar nuestra actividad.

La economía no nos podrá salvar por sí sola, tampoco una mejor organización del trabajo, o los procedimientos de optimización de los recursos, sino solo la recuperación de una visión completa de la identidad del ser humano y, por lo tanto, de su aspecto espiritual y sobreabundante.

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera: Brescianini, Natale (2016): “Espiritualidad y trabajo, la espiritualidad del trabajo. Una mirada monástica”. En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 9, n° 18, pp. 29-32. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/espiritualidad-y-trabajo-la-espiritualidad-del-trabajo-una-mirada-monastica/