Leonardo Salutati
Facultad Teológica de Italia Central
Florencia

A modo de preámbulo se puede señalar que la reflexión sobre el trabajo tiene una historia teológica más bien limitada, y que afronta constantemente problemáticas cada vez más complejas. Estas empezaron a surgir con la primera revolución industrial y han continuado hasta nuestros días, en un contexto donde periódicamente se viene alternando el desarrollo con la recesión en la red de interconexiones globales cada vez más complejas de la economía.

Una siguiente premisa que se ha de tomar en cuenta es la dificultad que existe para definir el concepto mismo de trabajo. Aunque se puede considerar como “la actividad del hombre que tiene como finalidad producir bienes y servicios para sí mismo y para los demás” (por lo cual también se considera trabajo a la labor del poeta y de los profesionales liberales), la aplicación cotidiana del término hace referencia principalmente a los trabajos dependientes, y dentro del Magisterio Social de la Iglesia, el asunto del trabajo hace referencia casi siempre al trabajo asalariado dentro de una estructura de producción.

Hechas estas consideraciones, indicamos que el fin de la reflexión moral sobre el trabajo es definir el significado de la dimensión laboral en la vida del ser humano a la luz del mensaje cristiano, así como también el estudio de las condiciones que puedan favorecer o no la asimilación de dicho significado por parte de las complejas estructuras productivas de nuestro tiempo.

El trabajo en las Sagradas Escrituras y en la Tradición cristiana

La lectura del Antiguo Testamento revela que el trabajo es lo normal en la condición humana, y además se lo considera una bendición de Dios, una invitación a participar en su creación (Gn 1,28 y 2,15). Incluso se puede notar que el castigo engendrado por el pecado original no es el trabajo en sí mismo, sino la fatiga que produce (Gn 3,19). Por otro lado, el descanso, prescrito para el día sábado, indica la contraparte del trabajo y establece el ritmo fundamental de la existencia humana.

El Nuevo Testamento, por su parte, no aborda directamente el tema del trabajo, pero en él tenemos el testimonio de la vida de Cristo, quien antes de dar inicio a su vida pública, ejercitó un trabajo manual, señalando así implícitamente que trabajar es algo connatural al ser humano, y que no existe diferencia alguna entre la dignidad del trabajo manual y la del trabajo intelectual.

Haciendo una comparación entre ambos testamentos, se observa que en el Antiguo Testamento el trabajo se encuentra enmarcado principalmente en el vínculo hombre/naturaleza, mientras que en el Nuevo Testamento el trabajo se enmarca en la lógica del anuncio evangélico. Esta concepción ve al trabajo como un aspecto de las formas en que el ser humano se relaciona con los demás para crear un espacio de servicio mutuo, de solidaridad y de justicia, sin importar tanto el tipo de actividad que se lleve a cabo, sino más bien que esta tenga por finalidad alcanzar el «Reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). Por ello se puede decir que el significado del trabajo para el cristiano nace de la vivencia de la caridad y de las formas de vida social en las que está inmerso.

Los Padres de la Iglesia y la Escolástica, por su parte, no ofrecen una reflexión propiamente teológica sobre el asunto, aunque los vestigios de la época dan testimonio de que el trabajo humano era entendido como un ámbito de comunión con Dios y con el prójimo. Por ejemplo, la Regla Benedictina buscaba organizar el trabajo para favorecer la cohesión en la vida comunitaria y para contribuir al bien común.

Más adelante, con la reforma protestante, empieza a surgir una especie de reflexión teológica sobre el trabajo, pero será sobre todo a partir de la revolución industrial, con los grandes cambios que produjo en la organización social, que surgirá propiamente una teología católica sobre el trabajo. Esta tuvo una primera sistematización en los años 30 y 40, sobre todo gracias al aporte del pensamiento francés, haciéndose eco en el Magisterio Social de la Iglesia con la Rerum novarum de León XIII en 1891.

La enseñanza del Concilio Vaticano II

Es oportuno aprovechar la conmemoración de los 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II (11 de octubre de 1962) para ponerse a la escucha de una enseñanza que, aun a 50 años de distancia, sigue siendo de gran actualidad y riqueza, por lo cual debe ser estudiada con mucha atención.

El tercer capítulo de la Gaudium et spes (7 de diciembre de 1965), en los nn. 33-39, se dedica enteramente a «La actividad humana en el mundo». En este capítulo «trabajo» y «actividad humana» son prácticamente sinónimos. El término «trabajo» se comprende, con precisión teológica y bíblica, como la actividad con la cual el hombre responde a la bendición de Dios creador y coopera con su acción providencial (n. 34). De este modo, si se trabaja por el propio sostenimiento y se busca además servir a la sociedad, se da continuidad a la obra del Creador y se contribuye al proyecto de Dios para la historia del ser humano (Ibidem).

La «actividad humana», además, forma parte de la respuesta libre y de fe al llamado que Dios hace a cada ser humano, sea cual fuere la actividad en que se desempeñe. Por lo tanto, cuando el hombre trabaja, por ejemplo, no está modificando únicamente las cosas que lo rodean y la sociedad, sino que además se perfecciona a sí mismo, desarrolla sus facultades personales y se supera y trasciende (n. 35). Este tipo de desarrollo, como indica la Gaudium et spes, vale más que todas las riquezas exteriores que puedan acumularse, ya que el hombre vale más por lo que «es» que por lo que «tiene» (Ibidem).

Con estas consideraciones es posible definir ahora «la norma de la actividad humana», que consiste en que toda actividad humana, «de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano y permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su plena vocación» (Ibidem).

De este modo, es posible identificar dos componentes esenciales de la actividad humana: el servicio a la sociedad y el desarrollo de las capacidades del individuo, a fin de que pueda responder mejor a su vocación. A estos dos componentes la Laborem exercens, siguiendo las enseñanzas del Concilio, los llama «dimensión objetiva» y «dimensión subjetiva del trabajo» (LE 6-10 y passim).

Continuando este análisis, se puede considerar que, cuando existe cooperación en cualquiera de sus formas, la humanidad siempre progresa, pues se lleva a cabo un ofrecimiento recíproco de la contribución propia en orden a alcanzar un fin común. Por ello, obrar en común es un valor en sí mismo. Por lo tanto, cualquier tipo de organización del trabajo debería respetar y favorecer la cooperación y valorarla como un recurso que fortalece el trabajo.

Profundizando aún más el significado cristiano de la actividad humana, incluso en el sentido estricto de la actividad productiva, uno encuentra que el auténtico enriquecimiento del hombre se consigue solo en la caridad. De este modo, la participación activa en el «proyecto de Dios», que consiste en alcanzar la unidad y la paz de la familia humana, da sentido al peregrinar histórico de cada ser humano y a su inserción en la sociedad.

La dimensión comunitaria del trabajo

Este es un punto que merece ser profundizado y sobre el que hay que detenerse. Una clave importante para orientar rectamente la actividad laboral se consigue con la promoción y la protección de su dimensión comunitaria, la cual, además, corrige el individualismo y la despersonalización. Juan Pablo II en la Centesimus annus trató a fondo este asunto. Él afirmó que: «hoy más que nunca, trabajar es trabajar con otros y trabajar para otros» (n. 31).

En efecto, quien produce un objeto, en general no lo hace solo para sí mismo, sino para que también otros puedan usarlo. Así, una fuente importante de crecimiento para la sociedad, se encuentra en el esfuerzo por conocer oportunamente las necesidades de los otros y las mejores combinaciones posibles de los factores productivos, más idóneos, para poder satisfacerlas. Por otra parte, existen muchos bienes que no pueden ser producidos adecuadamente por un solo individuo, sino que requieren la colaboración de muchos, en orden a alcanzar un mismo fin. Se ve con esto cuán determinante es el papel del trabajo humano disciplinado y creativo (Ibidem), a fin de organizar tal esfuerzo productivo, planificar su duración y procurar que este corresponda de manera efectiva a las necesidades que debe satisfacer.

En efecto, el trabajo disciplinado del hombre, en colaboración solidaria, permite que se cree una comunidad de trabajo cada vez más amplia y confiable para progresar en la transformación de la naturaleza y del ambiente humano. Si en un inicio el factor decisivo para la producción era la tierra y más tarde el capital (entendido como el conjunto de maquinarias y bienes instrumentales), hoy es cada vez más evidente que el factor determinante: es el hombre en sí mismo, es decir su capacidad intelectual que se manifiesta en el saber científico, su habilidad para la organización solidaria, su capacidad para intuir y satisfacer las necesidades del prójimo (n. 32), sin tomar en cuenta además, que el trabajo de cada persona está sustentado en la tierra transformada por el trabajo de generaciones de hombres, y que ellos mismos utilizaron instrumentos; fruto del trabajo de otros. Es más, el trabajo de hoy de cada persona será la base sobre la cual trabajarán las generaciones futuras (Carta enc. Laborem exercens, 12-14).

Aquí tocamos un punto fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia, uno de los grandes aportes de la Gaudium et spes desarrollado de forma magistral por Juan Pablo II. Anteriormente se hablaba de una dimensión social y comunitaria de la persona, como expresión del hecho de que la persona necesita de los demás para realizarse. Hoy en día, tomando en consideración la inspiración evangélica, esta dimensión viene a ser precisada como «trascendencia» (Carta enc. Centesimus annus, 41), ya que se afirma que la persona puede alcanzar su realización plena solo por medio de la libre donación de sí misma para el bien de los demás (Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, 24, Carta enc. Centesimus annus, 31). Esta donación alcanza su plenitud solamente en Dios (Carta enc. Centesimus annus, 41), pero necesita formas concretas para expresarse en cuanto la dimensión social y comunitaria del hombre, «se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común» (Carta enc. Centesimus annus, 13), y, agregamos, poseen también su propio sentido y significado.

El trabajo en la visión económica de la Gaudium et spes

El trabajo, entendido como la actividad humana cuyo fin es la producción de bienes y servicios, es tratado específicamente en la segunda parte de la Gaudium et spes (n. 67), en el capítulo dedicado a la vida económica, donde esta noción recibe una atención especial.

Un preámbulo importante que se ha de tomar en cuenta es que, en relación al trabajo, el tema de la actividad humana en general se aplica al caso particular de las actividades con fines directamente económicos. De esta forma no se hacen diferencias entre el trabajo autónomo y el dependiente, ya que en ambos casos se trata de actividades humanas. Las prescripciones éticas de estas actividades deberán ser extraídas del estudio de la naturaleza humana (n. 67).

Evitando todo tipo de aproximaciones puramente economicistas y sin entrar en detalles técnicos que no le competen, el documento ofrece una serie de coordenadas éticas para la economía. Retoma la línea del magisterio precedente proponiéndolo nuevamente con toda autoridad, y afirma la preeminencia del trabajo por encima de los demás elementos de la vida económica, incluso del capital[1].

Sin pretender agotar la riqueza del argumento, se enlista una serie de valores incorporados a la actividad laboral. El primero de ellos es el ejercicio de la caridad en relación a la familia, los compañeros de trabajo y toda la comunidad. El segundo indica que al trabajar, el hombre colabora con la obra creacional y providente de Dios. El tercero es un valor redentor, y señala que el trabajo asocia al hombre a la obra redentora del Señor Jesús[2].

De estos valores se puede concluir que el trabajo es indispensable para que el individuo pueda desplegarse como ser humano, por lo cual se trata de un derecho y un deber moral (n. 67). Y por el contrario, no trabajar podría ser moralmente reprochable, independientemente de la necesidad que se tenga de percibir una retribución. Además, si trabajar es un derecho fundamental del hombre, en la medida en que este pueda realizarlo, «es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente» (Ibidem).

Es evidente que, para el Concilio, el derecho al trabajo se fundamenta en el derecho a ser persona humana. Por ello, no entra a formar parte de los derechos que el Estado se compromete a garantizar[3], pero en cuanto es constitutivo de la persona humana, es uno de los derechos fundamentales del hombre al igual que los principales derechos a la libertad que existen con anterioridad al Estado. De ahí, que el Concilio opte por un desarrollo económico al servicio del hombre que promueva, en primer lugar, la puesta en práctica del derecho-deber de trabajar.

De la centralidad del trabajo se derivan algunas indicaciones puntuales sobre la organización del sistema productivo. Aunque el Concilio no se pronunció explícitamente sobre las distintas perspectivas económicas existentes, se expresó a favor de las estructuras que garanticen a todos los trabajadores «la activa participación de todos en la gestión de la empresa»  (n. 68), que es la consecuencia lógica del principio de la preeminencia del trabajo: en efecto, sería éticamente contradictorio que lo que debería ser central en la vida de la empresa, el trabajo, se transforme en algo marginal y periférico.

El Concilio, aunque no se introduzca en las complejas consideraciones técnicas sobre la participación de los trabajadores en la gestión de la empresa, enuncia con claridad dicho principio indicándolo como «ideal directivo»  para la comunidad laboral. Además, este principio está coherentemente en sintonía con el proyecto de Dios para el hombre, al mismo tiempo que no se orienta únicamente a satisfacer las necesidades fundamentales del trabajador, limitándose a procurarle únicamente un salario justo, sino que, además tiene como exigencia vital concederle la posibilidad de participar realmente en la vida de la empresa. Este principio tiene tales implicancias que, para ser coherentes con el enfoque conciliar, no podría considerarse justo ofrecer incrementos salariales a los trabajadores a cambio de que con ello se favorezca un tipo de gestión marcadamente autónoma.

Continuando el análisis, el n. 69 de la Gaudium et spes recomienda que, a través de un sabio uso de los recursos disponibles, se cree un «conjunto de instituciones consagradas a la previsión y a la seguridad social». El texto subraya que esto podría constituir un camino para poner en acto «el principio del destino común de los bienes», en la medida en que busca redistribuir entre todos una parte de los bienes producidos, incluso entre aquellos que no pudieron trabajar. Esta es una visión que va más allá de la forma como han sido concebidos los sistemas de pensiones, es decir, supera la idea de contar con una especie de mecanismo de restitución de los bienes acumulados en forma de ahorros a aquellos que contribuyeron en la creación del fondo común.

No obstante, es importante mencionar que, para extender el sistema de pensiones y de seguridad social a todos, es necesario que los que estén mejor dotados económicamente renuncien a una parte de sus ahorros para destinarlos a los menos afortunados. Solo de este modo, más allá de las concepciones corporativas, el sistema de pensiones se hace capaz de encarnar verdaderamente el «principio del destino común de los bienes», no sin tomar en cuenta que todo esto se habrá de llevar a cabo en los límites y particularidades de cada sociedad específica.

Por otra parte, una serie de intervenciones sucesivas del Magisterio, desde la Familiaris consortio hasta la Carta de los derechos de la familia, ofreció importantes aportes para conceptualizar un principio que responde a la necesidad de «continuar el desarrollo de los servicios familiares y sociales» a fin de hacer participar a la familia de los beneficios del desarrollo económico. Estas intervenciones sobre política familiar también se enmarcan en el discurso general del «destino universal de los bienes», buscando que la familia no se vea perjudicada por criterios demasiado rígidos en la distribución de los mismos, una distribución justificada por el principio meramente formal de la igualdad, entendida en términos únicamente individuales, ya que por ejemplo: los miembros de la familia más débiles —como los niños, los ancianos o los discapacitados— evidentemente no estarían en capacidad de producir un rédito ni de contribuir a la acumulación de recursos. Lo que se propone, más bien, es una economía a la medida del ser humano, capaz de superar las desigualdades y de permitir que todos los miembros de la comunidad tengan acceso a los bienes necesarios para su desarrollo, incluso los miembros que no son productivos.

La realidad del trabajo en la actualidad

Hoy en día existe una fractura entre la actividad humana propiamente dicha y el trabajo en cuanto tal. El trabajo mercantilizado, alienado y alienante, orientado únicamente a la consecución de beneficios económicos, es lo opuesto a lo que debería ser la actividad humana. Esta contradicción se hace patente al constatar el aumento progresivo de la deshumanización del trabajador y, precisamente, en un ámbito esencial en que debería desarrollarse como persona ante Dios y para bien del prójimo.

La noción de «trabajo alienante» hace referencia a los casos en que al trabajador se le arrebata el fruto de su trabajo. Si bien en algún momento Marx explicó dicho fenómeno con la tesis del plusvalor, hoy en día el trabajador no sabe ni si quiera para quién trabaja, y con frecuencia no sabe tampoco para qué. No sabe para quién trabaja porque el control financiero de las empresas, por lo general, se encuentra lejos en las manos de empresarios que viven ajenos sus circunstancias. No sabe para qué trabaja cuando no se lo involucra en absoluto en el proceso productivo, pero además porque en la mayoría de casos tampoco le interesaría estarlo: no busca involucrarse intencionalmente, pues no descubre nada que lo pueda enriquecer espiritualmente o que, por lo menos, tenga un significado importante para su propia existencia.

En efecto, el trabajo se vuelve algo alienante cuando al trabajador se lo despoja de una realidad que nació de él mismo. Se llega incluso a despojarlo de sí mismo, de su ser persona y de la posibilidad de encontrar su realización personal en su propia actividad. El trabajador no sabe para qué trabaja, por ejemplo: en el caso de la fabricación de componentes. Pero, en general el trabajador ni si quiera se interesa por saber lo que está haciendo, y vive condicionado por mecanismos inductivos que centran su atención solamente en necesidades por satisfacer y modelos de vida que imitar. Lo único que realmente le interesa es la ganancia económica, ya que ello le permite tener la libertad de realizar distintas actividades y de disfrutar del tiempo libre, sin tomar consciencia de que la misma forma en que busca organizar su tiempo libre está determinada por mensajes sutiles y modelos de vida, que el mismo sistema de producción de bienes le impone sin que lo note.

Para muchos hombres y mujeres dedicarse al trabajo vale la pena cuando por él se hace posible percibir una cantidad de dinero igual a la cantidad de esfuerzo y fatiga que se invierte, y es así que resulta difícil escoger un trabajo humanizante, pero con un salario bajo, cuando se puede escoger un trabajo alienante con un salario mayor[4].

Este problema también se vincula al gran problema del desempleo. Además de que ya casi la totalidad de trabajadores deben desempeñar sus labores en condiciones de dependencia, la sola posibilidad de conseguir un puesto de trabajo depende de decisiones empresariales. Estas decisiones no buscan ofrecer puestos de trabajo a quien los necesite, sino generar la cantidad precisa de puestos que maximicen el nivel de ganancias.

Con ello, no es de extrañarse que las grandes empresas trasnacionales acepten con agrado que exista un alto índice de desempleo, ya que ello les ofrece la posibilidad de planificar, con más libertad, qué condiciones de trabajo ofrecer para que la empresa tenga mayores ganancias: sueldos más bajos, una disminución del índice de ausentismo por enfermedades, una autocensura de los trabajadores frente a todo tipo de demandas. Estas empresas poseen tales dimensiones globales, que las decisiones sobre la cantidad, la calidad y la localización de puestos de trabajo se toman casi exclusivamente en base a su conveniencia económica (la maximización de las ganancias), ya sea de las empresas mismas o de los grupos que las financian o las controlan.

Sin embargo, el desempleo es una tragedia moral, no solo porque genera miseria, sino sobre todo porque impide que se vivan integralmente las dimensiones fundamentales de la «actividad humana»: niega la posibilidad de edificarse a sí mismo, de sustentar a la propia familia y de servir a la comunidad. En esta situación se le niega al desempleado un derecho fundamental, menoscabando así su dignidad humana.

En esta línea, vale la pena citar las palabras de Juan Pablo II en la Laborem Exercens n. 18: « Echando una mirada sobre la familia humana entera, esparcida por la tierra, no se puede menos de quedar impresionados ante un hecho desconcertante de grandes proporciones, es decir, el hecho de que, mientras por una parte siguen sin utilizarse conspicuos recursos de la naturaleza, existen por otra grupos enteros de desocupados o subocupados y un sinfín de multitudes hambrientas: un hecho que atestigua sin duda el que, dentro de las comunidades políticas como en las relaciones existentes entre ellas a nivel continental y mundial —en lo concerniente a la organización del trabajo y del empleo— hay algo que no funciona y concretamente en los puntos más críticos y de mayor relieve social».

Nos encontramos frente a un proceso de progresiva deshumanización en un ámbito que debería, más bien, enriquecer de humanidad a las personas. Incluso podríamos afirmar que en algunas de estas circunstancias las condiciones de trabajo llegan a ser opresivas, una opresión brutal que se hace evidente en la industrialización del Hemisferio Sur del planeta, y otra más sutil, pero no menos real, en el Hemisferio Norte. Este tipo de opresión debe ser combatida sobreponiéndose a las «estructuras de pecado» que la generan y acrecientan, y especialmente con el trabajo por promover la comprensión que el hombre ha de tener de sí mismo y de su propia dignidad, es decir «promoviendo una vida buena y sensata». Queda claro, además, que el compromiso político por afrontar dicha situación no solo será importante, sino también necesario.

La Doctrina Social de la Iglesia nos muestra dos posibles caminos para poder cambiar esta situación.

Un primer camino lo indica la Gaudium et spes n. 68 cuando observa que el trabajador, dependiente o autónomo, es siempre un ser humano, y por lo tanto es sujeto de sus decisiones libres sobre su propia existencia, y no objeto de las decisiones de otros. Así, es un «derecho del hombre» el participar activamente en la gestión de la empresa, especialmente en relación a la facultad fundamental de decidir qué producir, cómo producir, cuánto producir y para quién producir. Afirmar esto, es dar un paso adelante para superar incluso las indicaciones anteriores del Magisterio Social y de los movimientos obreros católicos, pues aunque recomendaban que se ejerciera algún tipo de participación, no indicaron que se trataba de un derecho.

Finalmente, el segundo camino lo señala la Laborem exercens (nn. 17-18 y 23), que aunque no lidió a su tiempo con una situación tan dramática como la de hoy en día, ya sugería que el problema del trabajo requería una internacionalización adecuada. Ni la inmigración de Sur a Norte con la consecuente explotación de la mano de obra; ni el surgimiento de algunos países del Sur y las condiciones inhumanas que se impone a los trabajadores; ni el desempleo surgido en la megalópolis del Sur y hoy también en las grandes agregaciones urbanas del Norte del planeta; nada de esto podrá ser transformado sin el compromiso de las autoridades políticas y de las entidades financieras y sindicales a nivel internacional.

[1] La Laborem exercens, retomando estas reflexiones, afirma claramente la prioridad del «trabajo» frente al «capital» (nn. 12; 13; 15) y la primacía del hombre en el proceso de producción, la primacía del hombre respecto de las cosas (n. 12).

[2] Este tercer concepto amerita una explicación que no se encuentra en el documento conciliar. El Señor Jesús nos ha redimido con toda su vida como ofrecimiento al Padre. Su muerte en la Cruz es la síntesis suprema de este ofrecimiento. El periodo de la existencia de Jesús (que no es pequeño) en que realiza esta suprema donación al Padre a través de su trabajo manual, confiere al trabajo humano su dignidad eminente. Por lo tanto, el hombre puede asociarse a la acción redentora de Cristo en el trabajo cotidiano llevado a cabo en unión con Él.

[3] Como, por ejemplo, el derecho a la asistencia médica, a la instrucción y a la tutela penal.

[4] Para un análisis más detallado de la alienación del hombre, véase Centesimus annus 39-43.

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera: Salutati Leonardo (2016): “La dimensión moral del trabajo: del fundamento bíblico al espacio público actual”. En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 9, n° 18, pp. 14-20. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/la-dimension-moral-del-trabajo-del-fundamento-biblico-al-espacio-publico-actual/