Domenico Santangelo

El tema a exponer es sumamente complejo (por la vastedad y profundidad del mismo), y la limitación de espacio disponible, no me permite abordarlo adecuadamente[1]. Por ello me detendré a exponer únicamente algunas líneas de reflexión que considero sumamente importantes para el tipo de discusión que se ofrece en este número del Boletín.

Como telón de fondo adoptaré la clave hermenéutica que propone la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) a fin de comprender adecuadamente sus intervenciones in re sociali, ya que dicha clave concilia la «continuidad» de la doctrina con la «renovación» de la enseñanza magisterial, y es especialmente apropiada para situar y orientar correctamente nuestra reflexión.

En efecto, como puede constatarse claramente en los documentos sociales de la Iglesia —los cuales nos brindan una clave de lectura fundamental sobre la realidad en la que estamos inmersos según el proyecto creacional (cfr., Gn 1-2) —, el trabajo humano, uno de los aspectos centrales de la existencia humana, constituye una realidad «perenne y fundamental, siempre actual y que exige constantemente una renovada atención y un decidido testimonio» (Carta enc. Laborem exercens, n. 1). Durante toda su existencia, y particularmente en la época moderna, la DSI —entendida como el conjunto de enseñanzas y orientaciones de naturaleza doctrinal, y por ende sistemáticos, que la Iglesia Católica comenzó a elaborar de forma orgánica desde la encíclica del Papa León XIII, la Rerum novarum de 1891— luego de afirmar y confirmar las verdades fundamentales sobre el ser humano y el orden social según la fe católica, se esforzó particularmente en revelar «los nuevos significados del trabajo humano», a la luz de los cuales formuló, además «los nuevos cometidos que en este campo se brindan a cada hombre, a cada familia, a cada nación, a todo el género humano y, finalmente, a la misma Iglesia» (Ibid., n. 2).

Si bien, a lo largo de la historia: las acepciones conceptuales, las fisionomías valorativas, y las transformaciones cuantitativas y cualitativas de las «formas de organización» del trabajo han sido muy diversas —y esto es, hoy en día, especialmente complejo y delicado por los cambios radicales que se experimentan cada vez con mayor frecuencia, ya que el universo laboral en el que nos encontramos muta a ritmos cada vez más acelerados, no solo formalmente hablando, sino hacia «modalidades nuevas» todavía poco definidas—, en vistas a dilucidar el auténtico significado del trabajo humano en una perspectiva teológica, ética, espiritual y pastoral, y asumiendo la clave de interpretación mencionada, podemos determinar dos aspectos que dan forma al desarrollo de nuestro tema en la DSI.

Visto en otros términos, lo que se busca aquí es retomar y desentrañar el sentido cristiano del trabajo, es decir, la «Buena Nueva» que la fe cristiana lleva a la vivencia humana y social del trabajo. Y en este sentido, como indica el esclarecimiento y la profundización histórica realizada con la mediación de la DSI, existen dos referencias fundamentales sobre el trabajo que nos ofrece el «Evangelio social».

  1. En primer lugar, la dimensión que podemos llamar de “valorización del trabajo” según su dignidad específica: a) la dignidad del hombre que trabaja (el trabajo hace parte del proprium y constituye la vocación universal de todo ser humano), y que es llamado a hacerlo por medio de una conducta moral que progresivamente lo conduzca a su realización personal, una actividad entendida como «acción personal, actus personae» en la cual «participa el hombre completo, su cuerpo y su espíritu» (Ibid., n. 24); b) la dignidad de la cosa/obra creada obtenida de la producción y/o del dominio/transformación científico-técnica o artística y que «está dirigida hacia un objeto externo» (, n. 4). Es necesario precisar y afirmar que, en cuanto el hombre es ‘imagen de Dios’, «la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina» (Concilio Vaticano II, Const past. Gaudium et spes, 22), vocación que se alcanza en la vivencia de la comunión, en el designio de amor a la luz del cual se descubre que «la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. […] Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios» (Ibid, n. 34). Es más, al identificar las principales motivaciones, los fines y significados, se añade que: «el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la somete a su voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creación divina. No solo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobre eminente laborando con sus propias manos en Nazaret» (Ibid., 67; cfr.: Catecismo de la Iglesia Católica, 2427; Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 27).De esta apreciación de la dignidad del/en el trabajo —la cual es elevada a su perfección por el Misterio Pascual que se hace presente de forma vital «en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos» (Concilio Vaticano II, Const past. Gaudium et spes, 38) —, se deriva aquel principio fundamental de la doctrina cristiana según el cual «es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está «en función del hombre» y no el hombre «en función del trabajo». […] De hecho, en fin de cuentas, la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo realizado por el hombre —aunque fuera el trabajo ‘más corriente’, más monótono en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina— permanece siempre el hombre mismo» (Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 6). Por último, justamente a razón de las dificultades laborales actuales (por ejemplo, los procesos de movilización cada vez más globales, la falta generalizada de reglamentaciones que conduce a situaciones de inestabilidad, sufrimiento y precariedad que incluso llegan a ser «situaciones de deterioro humano y de desperdicio social» a nivel personal, familiar y social) el Papa Benedicto XVI nos recuerda a todos y «en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar; es el hombre, la persona en su integridad: “Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social”» (Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 25; cfr., Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 63).
  1. Si esto es verdad, y si se comprende en estos términos —desde un punto de vista como el católico que considera el auténtico bien del hombre y de la sociedad entera según un humanismo integral y solidario que no hace dicotomías absolutizando, ni excluye contraponiendo—, es igualmente necesario anunciar y testimoniar sin descanso que la DSI, en cuanto «está al servicio de la verdad que libera» (Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, n. 9), resalta, junto a su «valorización adecuada» (ya que «el trabajo es un bien del hombre —es un bien de su humanidad—»), su «relativización oportuna», a fin de que el hombre no solo se realice como hombre a la luz su trabajo, sino que además se vuelva «más hombre» (Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 9) a la luz del «Hombre trabajador, nuevo y perfecto», Jesús de Nazaret, en cuya persona se cumplen los días de la creación y el sábado eterno de Dios (cfr., Ibid, n. 26). En otras palabras, no se acepta ningún reduccionismo ideológico: ni una despersonalización alienante en la que la persona humana que trabaja sea reducida a un instrumento de los demás medios de producción físicos o financieros, como la mercancía o la pura fuerza de trabajo (cfr. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 62), ni tampoco se trata de conferir el carácter de fin absoluto al trabajo humano, casi como si por sí solo pudiera dar fundamento al hombre (es un límite presente en ciertas vetas tanto liberales como colectivistas).En este sentido, haciendo referencia al lugar apropiado que le corresponde al trabajo en la vida humana, la DSI ha recalcado fuertemente el valor del tiempo de descanso (vivido según el significado humano y cristiano integrados plenamente, promoviendo una «sana» espiritualidad cristiana del trabajo (cfr. Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 25; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 9) y el de la celebración, especialmente la religiosa (al respecto se puede mencionar el valor del domingo como «día del Señor»: cfr. la carta apostólica de Juan Pablo II Dies Domini), que confiere significado al trabajo y a la existencia entera en sus múltiples dimensiones relacionales (cfr. León XIII, Carta enc. Rerum novarum, 32-33; y también cfr. Pío XI, Carta enc. Pío XI, Carta enc. Quadragesimo anno, 134; Juan XXIII, carta enc. Mater et magistra, 47, 228-231).

En conclusión, luego de constatar la innegable y necesaria unidad orgánica que debe existir entre las distintas dimensiones sobre las cuales nos hemos detenido en este aporte, y dejando indicado que, sin perjuicio de lo señalado, es necesario «que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan», un trabajo que en toda circunstancia y para todos los trabajadores pueda calificarse como «decente» (Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 32, 63-64), junto a la exigencia de la «justa remuneración por el trabajo realizado» (tema clásico desde los orígenes de la DSI: por ejemplo cfr., León XIII, Carta enc. Rerum novarum, 34-35; Pío XI, Carta enc. Quadragesimo anno, tercera parte; Pablo VI, Carta apost. Octogesima adveniens, 14, Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens, 19), nos parece que podemos confirmar lo actual y fecunda de significado que resultó ser la DSI hace treinta años. Hoy en día, en una sociedad que tiende a la globalización, resuena aun con mayor intensidad profética el desafío y la propuesta elaborada por la DSI, que considera al trabajo humano como «una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, […] que se presenta de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja, […] en la dirección de ‘hacer la vida humana más humana’» (Ibid., 3; cfr., Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 38).

[1] Para ahondar en el tema, cf.: Zaninelli, voz Lavoro, en Università Cattolica del Sacro Cuore, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa. Scienze sociali e Magistero, a cargo del Centro di ricerche per lo studio della dottrina sociale della Chiesa, Vita e Pensiero, Milán 2004, pp. 63-68; Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2004, capítulo seis; Id., Dizionario di dottrina sociale della Chiesa, a cargo de G. Crepaldi – E. Colom, LAS, Roma 2005, 440-479.

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera: Santangelo, Domenico (2016): “La evolución del tema del trabajo humano en el pensamiento social cristiano desde la Rerum Novarum hasta nuestros días”. En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 9, n° 18, pp. 21-23. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/la-evolucion-del-tema-del-trabajo-humano-en-el-pensamiento-social-cristiano-desde-la-rerum-novarum-hasta-nuestros-dias/