Por: Gonzalo Banda Lazarte

Corrupción en la derecha, corrupción en la izquierda, corrupción por todos lados. Hace algunos meses nos ocupamos del tema de la formación del político, pero la sacudida que ha experimentado el escenario político peruano, después de las revelaciones que hiciera Odebrecht al Congreso de la República, sobre cobros de una empresa del Presidente de la República, nos obligan a actualizar la discusión. Un presidente que, como candidato, había cogido el estandarte de la probidad, se nos muestra como un político más, que ha sido arrastrado por las mismas miserias que tanto denunció.

¿Pero dónde buscar la causa? Después de reconstituir la democracia y algunas instituciones tras la caída de Fujimori, pocos se daban cuenta que en esa aparente calma, se acunaba el terreno fértil para más de una década de corrupción, años donde funcionarios y autoridades recibieron coimas de transnacionales, ocasionando hoy que tres ex Presidentes de la República y un Presidente estén inmensos en un megacaso de corrupción.

Parecía que la democracia  en el 2001 nos traería una nueva era de prosperidad aunada al pujante crecimiento económico, pero no nos dimos cuenta que las bases de las principales instituciones,Foto final

era tan frágiles y estaban sometidas a todos los vicios posibles, la democracia no hizo inmaculados los gobiernos, nos obligó a asumir –casi sin crítica– procesos de progreso económico, licitaciones y obras, donde cundieron fondos y arreglos, aprovechando vacíos de poder, llenando bolsillos.

Como dijimos, detrás de la corrupción ¿qué hay? Hay acaso una crisis de instituciones, sí, ¿hay acaso una crisis en los cuadros de partidos políticos? sí, hay estudios que demuestran que la ausencia de incentivos para cumplir con la legalidad permiten que la corrupción crezca, también. Pero fundamentalmente la corrupción es un mal, un mal de personas, que deciden recibir un incentivo para favorecer una licitación o abreviar un trámite. Y el mal es un problema moral, un problema que debe abordarse desde la filosofía moral.

Los últimos días se plantean discusiones sobre la subjetividad de la moralidad con respecto a la incapacidad moral del Presidente, como si acaso no fuera posible una delimitación objetiva de lo moral. Queda claro que los actos de corrupción de un mandatario o sus actos de extrema imprudencia al menos en el manejo de sus empresas, configuran graves faltas morales, frente a las cuales no se puede pasar impávidos. Leo a muchos que tratan de justificar la inmoralidad para defender al sistema democrático ¿qué nos está sucediendo? ¿Pagaríamos el precio de la democracia al cualquier costo? No hay que dejarse asustar por visiones apocalípticas de personas que sólo están interesadas en sembrar caos. Hay procedimientos constitucionales vigentes que deben cumplirse y no pasa nada con que se cumplan.

Los griegos y los filósofos medievales, antes de la formación técnica de un príncipe o de un político dedicaban mucho de su tiempo a la formación moral, quizá porque los conocimientos técnicos –que hoy son tan apreciados–, ocupan en la escala de formación–, un lugar que no es el protagónico, son útiles, pero de qué le sirve al hombre tener grandes habilidades retóricas o económicas, si es incapaz de honrar su palabra, de cumplir sus compromisos, de hacer el bien y hacerlo continuamente.

Ya en el siglo XIII, el dominico  Vicent de Beauvais, había escrito el tratado sobre la formación moral del príncipe,  a petición del yerno de Luis IX de Francia, Teobaldo II, rey de Navarra, para contribuir a la regeneración moral de la clase política francesa, donde fundamentalmente se aborda la formación del gobernante ideal y la formación de aquellos que participan en la administración pública, el problema de la formación moral, precedía en todos los sentidos a la formación técnica, que debía ser significativamente privilegiada en el esquema de la formación moral. Se trataba pues de una visión unitaria que conducía a una filosofía práctica que si bien estaba orientada a la salvación del alma, no es un obstáculo para entender y desarrollar comportamientos virtuosos en los políticos.

En el fondo es la gran pregunta por la formación humana, el progreso sólo tiene sentido si hay un lugar al que nos lleva, la formación moral prepara a los hombres, incluso a los políticos para los retos que la vida misma emprenderá. Un político que ha sido moralmente formado, no se dejará seducir por lo mareantes números de una cuenta bancaria, o las vacaciones paradisíacas, sino que fundamentalmente pondrá sus estimación en el servicio que ha hecho de cara al bien común. No será acaso la hora de volver la vista hacia la formación moral nuevamente y abordar fenómenos como la corrupción como lo que son, graves problemas morales, antes que de estructuras y procesos.