Assuntina Morresi
Universidad de Perugia

Siempre existió en el hombre la tentación de «construirse» a sí mismo. En la base de las grandes dictaduras, está la idea de «construir» un hombre nuevo con nuestras propias manos. Entre tantas teorías que apuntan a rediseñar al hombre, la ideología de género es la que hoy está más en boga, incluso ya en la mentalidad común.

Según esta teoría, las personas son individuos sin lazos, con una asignación biológica sexual, es decir, que son hombres y mujeres desde el punto de vista biológico, pero «optan» por ser hombre o mujer en función de la percepción que tienen de sí y del contexto cultural donde se encuentran.

Esto contrasta con un primer dato. Desde el punto de vista científico, somos sexuados, es decir, somos hombre o mujer ya desde la primera célula, el cigoto. No existe en la naturaleza un momento en que la vida humana no sea masculina o femenina. No existen seres humanos neutros en la naturaleza. La teoría de género considera este hecho como irrelevante. Y, entonces, usted «elija». Pero no es que «elija» solo una vez; puede elegir durante toda la vida: en un periodo se puede percibir más masculino, en otro, más femenino. En este fluctuar de la propia identidad de género, se deja al sexo el aspecto puramente biológico y se atribuye al género el sentirse masculino o femenina, hombre o mujer. En este contexto, la homosexualidad es solo una de las variantes posibles. Algunos han contado veintitrés posibilidades de paso de un género a otro o de combinaciones entre los dos géneros. Esto significa que, para fundar una familia, es del todo indiferente qué cosa se es, prevalece solamente aquello que uno siente en el momento. Así que ya no se habla más de familia sino de vínculo parental, porque en esta nueva estructura todas las modalidades son equivalentes: homosexualidad, heterosexualidad y —¿por qué no?— poligamia e incesto. Si solo cuenta el sentimiento personal, ¿con qué derecho se afecta a unos hermanos adultos que quieran casarse?

Hay que destacar un aspecto importante. En este marco, el individuo está solo, no existe más una red estable. Un individuo solo es mucho más cómodo para el poder político porque los individuos solos son más fáciles de moldear, alterar, gobernar y guiar, mientras que las comunidades fuertes y ligadas entre sí, con afectos profundos y reconocimientos objetivos, constituyen una realidad social que también puede confrontarse con un poder fuerte.

El inicio del problema antropológico

La teoría de género habría permanecido solo como teoría si, en 1978, no hubiese ocurrido un hecho decisivo. ¿Qué sucedió en julio de ese año? Nació Louise Brown, la primera niña concebida en probeta. Fue un hecho sorprendente en la historia de la humanidad. En mayo de ese mismo año tuvimos la ley del aborto en Italia. Eran diez días después de la muerte de Aldo Moro y en el nombre de la emergencia —¡estas cosas siempre pasan durante emergencias!— la ley fue aprobada. Paradójicamente, el aborto, es fácil de reconocer, es un asesinato: hay dos seres humanos y uno es suprimido. Algo que conocemos desde Caín y Abel. Es un acto terrible, pero conocido durante toda la historia humana. ¿Qué sucedió, en cambio, con el nacimiento de Louise Brown? Por primera vez en la historia de la humanidad un ser humano fue concebido fuera del seno materno. Esto significó un punto de inflexión profundo del que no hay vuelta atrás y que ha señalado el inicio de lo que podríamos denominar como el problema antropológico. Desde este momento es posible fragmentar la paternidad. Primero fue la inseminación artificial, donde se podía insertar líquido seminal de un hombre en el cuerpo de una mujer, pero la concepción siempre ocurría en el cuerpo de esta, que era la madre del hijo. Aquí todo ha cambiado, porque desde ese momento es posible que un niño tenga hasta seis padres: cuatro biológicos y dos sociales. Una mujer puede poner a disposición el útero; otra, el óvulo. Una tercera puede poner a disposición las mitocondrias dentro del óvulo. Tenemos entonces tres madres biológicas: una, la del útero; otra, la del óvulo al noventa y nueve por ciento; y otra, la de los corpúsculos dentro del óvulo. El niño que nace tiene el ADN de dos mujeres, la que pone a disposición el núcleo del óvulo y la que brinda las mitocondrias que hacen el 0.1 por ciento del ADN. A estas se suma la madre social, que se lleva al hijo. Luego, está el hombre que pone el líquido seminal y el padre social. Entonces tenemos tres madres biológicas, un padre biológico y un padre y una madre sociales. A partir del nacimiento de Louise Brown, podemos tener el caso de una mujer que dé a luz un hijo que no es suyo. Existe también la posibilidad de la llamada «reproducción de colaboración»: por ejemplo, de mujeres que intercambian óvulos. En las parejas homosexuales de sexo femenino, una pone a disposición el óvulo y la otra, el útero, así cada una es «un poco» madre biológica. O si una madre biológicamente anciana quisiera tener un hijo con un nuevo compañero, los óvulos se los puede dar su hija. En muchos casos nace un niño que, para ser descrito, no existen siquiera las palabras adecuadas. ¿Quién es su tía o prima? No hay un vocabulario adecuado para expresar estas relaciones.

La banalización técnica de la concepción

Todo esto genera, entre otras cosas, un mercado, un mercado racista. Una pareja que no puede tener hijos compra gametos, femeninos o masculinos, es decir, óvulos o líquido seminal, en un banco de esperma. Este banco tiene «catálogos»: los gametos de los negros cuestan menos que los de los blancos. Es un mercado racista. De hecho, la diputada italiana Eugenia Roccella dijo que si se legalizaba la fecundación heteróloga, propondría que fuese «ciega», con la imposibilidad de conocer de quién es el semen. Es un mercado racista porque se genera la idea de escoger al niño. Cuando yo estaba embarazada, esperaba tener hijos hermosos. Eso no está mal. Pero escoger en un catálogo al donador, que propiamente ya no es donador sino vendedor, es horrible.

Visité un centro de fecundación asistida. Frente a la pantalla del microscopio, el técnico, con la radio encendida de fondo, calentando el platillo para mover los espermatozoides para ver cuál estaba más animado, decía: «Y ahora, ¿cuál usamos? ¡Ah, tomemos este!» y lo metió dentro de un óvulo: «Este me parece que es el más despierto, ¿tú qué dices?». Nacer así es una cosa inhumana. Lo dicen las evidencias elementales. La persona que hacía estas operaciones al final se había acostumbrado y por eso trabajaba con la radio encendida.

Estas técnicas contribuyen de manera decisiva a la desaparición del concepto de familia natural, porque con ellas es posible pretender que dos homosexuales puedan tener un hijo. Leemos en la prensa: «Elton John y su compañero tuvieron un hijo». ¡No! Todos los niños nacen de un hombre y una mujer. Elton John y su compañero le pagaron a una mujer para alquilar un vientre y a otra por los óvulos; porque, por lo general, las parejas de hombres homosexuales lo deciden así para que ninguna mujer involucrada en el proceso pueda sentir al hijo como propio y haga problemas al momento del nacimiento. No existen hijos de homosexuales en el sentido de generados por homosexuales; son hijos de un hombre y una mujer que viven con parejas homosexuales.

La visión de la Humanae Vitae

Desde este punto de vista, las técnicas de fecundación in vitro completan el cuadro de la asimetría que había condenado Pablo VI con la Humanae Vitae. Se decía: la anticoncepción es la relación sexual sin hijos. Con la fecundación in vitro ahora tenemos a hijos sin relación sexual. La Iglesia estuvo en la vanguardia. La Humanae Vitae decía que si se escinde la sexualidad de la procreación se va hacia la fragmentación de la persona, con consecuencias inimaginables. Pablo VI fue genial porque, entre otras cosas, era entonces difícil imaginarlo. Ahora es fácil para nosotros alabar a una mujer soltera que, quedando en cinta, tiene al niño; antes las madres solteras eran consideradas «prostitutas» sin futuro; sus hijos eran hijos de prostitutas. Entonces existía una condición diferente en la mujer y no permitía entender la realidad de la anticoncepción.

Separar la sexualidad de la procreación conduce a un estado de mentira, ocasionando que las parejas homosexuales puedan pretender embarazarse y procrear entreellos. Porque, de hecho, reducen al otro a algo que compran y del que ni siquiera conocen su origen. Y así se separa la sexualidad de la procreación cuando las relaciones sexuales no te hacen pensar más en los hijos.

Ya no podemos quedarnos solo en la defensa de la vida, ahora debemos luchar por defender la naturaleza humana. Una de las consecuencias del nacimiento de Louise Brown es que tenemos a nuestra disposición embriones humanos para investigación. Pero la cuestión de la fecundación asistida es mucho más grave que la cuestión de la destrucción de los embriones humanos.

Tomemos, por ejemplo, las quimeras. Con la sola excusa de curar enfermedades, nació la idea de la clonación. No existe en el mundo ninguna célula embrional humana tomada de embriones humanos clonados, porque la clonación nunca ha tenido éxito desde el punto de vista científico. Algunas cosas no se pueden hacer porque la naturaleza siempre se impone. ¿Por qué entonces se quería hacer la clonación? Para la medicina regenerativa. Si no puedo curar algo en mi cuerpo, lo sustituyo. Si tengo enfermedades, por ejemplo, neurodegenerativas que no puedo curar (Alzheimer, Parkinson), la idea es tomar células sanas y ponerlas en el lugar de las enfermas. Pero solo servirán células que tengan mi mismo ADN, de otro modo son rechazadas. Por esta razón se pensaba en la clonación: fabrico embriones, los clono, les impido desarrollarse, tomo células totipotentes, que pueden convertirse casi en cualquier cosa y las transformo en el tipo de tejido que sirve para mi enfermedad. El problema es que son necesarios óvulos femeninos. Estos óvulos son escasos porque las mujeres no los dan para la investigación y por eso usamos los de las vacas. Entonces tomamos una célula humana que da el noventa y nueve por ciento del ADN y este núcleo lo ponemos en el óvulo de una vaca y hacemos la clonación. Ocurrió en Inglaterra, donde se proponía esta gran meta de la humanidad, que existían dos autoridades: una que autorizaba los experimentos en humanos; y otra, en animales. ¿Pero aquí se trataba de un hombre o de un animal? Siempre que uno no esté obnubilado por la ideología, los animales son una cosa y las personas, otra. Hubo un debate en el Parlamento inglés para definir lo humano. Antes de estas técnicas, un ser humano era una persona generada por el encuentro entre gametos masculinos y femeninos. Sin embargo, desde el momento en que existen estas nuevas técnicas no se acaba nunca de enumerar todas las formas en las que puede nacer una persona y, en ese momento, se encontraron en la imposibilidad de definir qué cosa es un ser humano. Uno dijo: «Sé reconocer a una persona, pero no definirla». Otro decía: «Pero al noventa y nueve por ciento es prevalentemente humano». ¿Qué cosa significa prevalentemente humano? Incluso las bananas tienen un treinta y tres por ciento de genes iguales a los humanos, ¿eso quiere decir que son relativamente humanas?

La protección del ser humano

Los principios no negociables no son una mera declaración de principios o una cantilena vacía: yo soy católico y por eso respeto los principios no negociables, pero me interesa la economía y luego sigo adelante. Proteger el matrimonio entre hombre y mujer quiere decir reconocer al ser humano sexuado, al hombre que existe como sexuado; quiere decir que el matrimonio es una institución hecha para proteger a un hombre y una mujer que quieren tener hijos, y reconocer que la sociedad se basa en ello. Se objeta a menudo: ¿no sería mejor que un niño, en lugar de vivir abandonado en un sórdido orfanatorio, viviese con una “maravillosa” pareja homosexual? Aparte de que el argumento contrario también es válido, es decir, que existen niños que están mejor en un orfanatorio que incluso en familias normales, el problema es qué sociedad queremos construir. ¿De qué cosa tiene necesidad un niño para crecer? Si es también cierto que, respecto a un sórdido orfanatorio, el niño está mejor en una “espléndida familia” poligámica, ¿por qué no permitirla? Han crecido pueblos con la poligamia. O si un hermano y una hermana adultos se aman y quieren tener a este niño, ¿vamos a mandar a la policía a su casa para que se inmiscuyan en su intimidad? Si descartamos los fundamentos de lo humano debemos ser consecuentes, ¿por qué solo el matrimonio entre dos? Por eso los principios no negociables son la base de todo. No se trata de principios abstractos. Si sostenemos que hay un «derecho» a la muerte, debemos aceptar también que haya personas que puedan definir si alguien tiene una vida indigna de ser vivida. ¿Qué servicios sociales se van a instalar? Si existen personas que viven una vida indigna de ser vivida, ¿por qué debemos hacernos cargo de ellas?

¿Por qué la libertad de educación es el tercer principio no negociable? Porque la libertad de educación significa poder explicar a mis hijos todo esto sin tener una protesta bajo mi ventana. La libertad de educación está estrechamente vinculada con la libertad religiosa que es tan preciosa ahora que la Iglesia, que siempre ha estado a la vanguardia sobre esto, está en primera fila en defensa de lo humano. Entre otras cosas, una nueva evangelización es imposible si no defendemos lo humano. ¿Qué vamos a decir a los que tengan cinco padres? No podrán entender que la «Iglesia es esposa de Cristo»; si destruimos la familia natural, los cristianos no podrán ni siquiera hacerse entender.

Debemos ser conscientes de estos desafíos actuales, tener el coraje de ir hasta el fondo, porque en este caso se encuentran aliados también entre los no creyentes. Muchos no creyentes se basan en una antropología cristiana. En el caso de Eluana Englaro, el gobierno tomó esa posición porque había ministros que, aunque no eran creyentes, habían ayudado a su anciano padre hasta el fial. Estos ministros que votaron para salvar a Eluana no eran cristianos, pero lo hicieron en base a una experiencia personal que se basaba en una educación cristiana. Los principios no negociables deben ser una ocasión de encuentro con quienes quieran proteger al hombre.

(Transcripción redactada por Benedetta Cortese, y aprobada por la expositora, de la conferencia celebrada en Trieste-Italia, el 26 de enero de 2013, con ocasión de la presentación del Quinto Informe de la Doctrina Social de la Iglesia del Observatorio Cardenal Van Thân).

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera:
Morresi, Assuntina (2015): “La ideología de género y la sociedad fragmentada”. En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 8, n° 17, pp. 10-13. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/la-ideologia-de-genero-y-la-sociedad-fragmentada/