Para el escritor esta frase nos invita a reflexionar sobre la vigencia de la doctrina social de la Iglesia, y como ella es descartada por quienes consideran que no propone soluciones “técnicas” para combatir la injusticia social. Esta idea equivocada, se toma como excusa para negar la competencia de la DSI para definir los principios sobre los que debe asentarse un orden político, social y económico justo.

Fuente: Religión en libertad

El agudo escritor español Juan Manuel de Prada ha tomado unas recientes palabras del Papa Francisco, para escribir un breve y genial artículo sobre la actualidad de la doctrina social de la Iglesia. De Prada toma como punto de partida la frase “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, que fue dicha por el Pontífice para explicar por qué había elegido el nombre del santo de Asís.

Para el escritor esta frase nos invita a reflexionar sobre la vigencia de la doctrina social de la Iglesia, y como ella es descartada por quienes consideran que no propone soluciones “técnicas” para combatir la injusticia social. Esta idea equivocada, se toma como excusa para negar la competencia de la DSI para definir los principios sobre los que debe asentarse un orden político, social y económico justo.

“La misión de la Iglesia —añade el autor— es, desde luego, la salvación de las almas; pero la salvación de las almas exige que los hombres vivan cristianamente, lo cual se torna cada vez más difícil cuando las instituciones políticas y las estructuras económicas no se guían por un fin de justicia social”.

También propone que si repasamos los dos últimos siglos de la historia descubriremos que cuando la Iglesia más cerca estuvo de los pobres fue bajo el mandato de papas “campeones de la ortodoxia, atentos siempre a la salvación de las almas” (se refiere a San Pío X, León XIII o Pío XI). Y advierte que es precisamente cuando se difumina esta misión primordial cuando la Iglesia corre el riesgo de desnaturalizarse, convirtiéndose en una “ONG piadosa”.

De Prada comenta que después de la Segunda Guerra Mundial, la expansión del comunismo, por un lado, y la consolidación —bajo disfraz democrático— del “imperialismo internacional del dinero”, por otro, condenaron la misión de la Iglesia al ostracismo: en el ámbito comunista, la Iglesia sobrevivió en la clandestinidad; en el ámbito capitalista, se le ha permitido vivir en la legalidad, convenientemente castradita y progresivamente irrelevante, con la condición de que no denuncie proféticamente un orden inicuo.

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