Don Martino Signoretto
Instituto Teológico San Zenón
Verona

La noción del trabajo ha sido tratada ampliamente en la reflexión bíblica y teológica. Aunque es posible encontrar aportes interesantes en Internet, se recomienda consultar la palabra «trabajo» en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia del Pontificio Consejo Justicia y Paz (Libreria editrice Vaticana, Roma 2005) para tener una visión de conjunto de la reflexión teológica sobre el trabajo, ya sea desde el punto de vista bíblico como desde el punto de vista doctrinal. Además de las variadas intervenciones que se encuentran presentes, sobre el tema, en los documentos eclesiales, el Papa Juan Pablo II dedicó específicamente a ello su encíclica Laborem exercens[1]. El Compendio se expresa al respecto de la siguiente manera: el trabajo es un

«bien fundamental para la persona, factor primario de la actividad económica y clave de toda la cuestión social. La “Laborem exercens” delinea una espiritualidad y una ética del trabajo, en el contexto de una profunda reflexión teológica y filosófica. El trabajo debe ser entendido no solo en sentido objetivo y material; es necesario también tener en cuenta su dimensión subjetiva, en cuanto actividad que es siempre expresión de la persona. Además de ser un paradigma decisivo de la vida social, el trabajo tiene la dignidad propia de un ámbito en el que debe realizarse la vocación natural y sobrenatural de la persona»[2].

La reflexión bíblica y teológica al respecto no enfoca su atención en el trabajo en sí mismo, sino en el trabajador. Esto se debe a la relación que existe entre el trabajo y la dignidad de la persona. Gracias a esto, se puede hablar de un modo de trabajar coherente con una vida digna, así como también es posible hablar de un modo de trabajar que denigra a la persona en su dignidad.

Un Dios trabajador

Se podrían tomar muchos caminos para ilustrar este tema, sin embargo se ha elegido aquí una vía menos transitada, pero capaz de ofrecer claves iluminadoras muy significativas. Se trata de concebir a Dios como trabajador y a Jesucristo, en consecuencia, como artesano –o carpintero, según la imagen más comúnmente utilizada por la Tradición. Esta idea proviene de un fragmento del evangelio según San Juan: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5,17). El verbo griego que se utiliza en este fragmento es ergazomai que puede ser traducido con «yo trabajo». El sujeto es tanto el padre, Dios, como el hijo, Jesucristo. El uso de este verbo en esta situación es intrigante ya que se emplea en el contexto de una disputa entre los judíos y Jesús, quien acababa de sanar a un paralítico el día sábado, violando así el precepto de descanso en el séptimo día de la semana. Sin entrar en detalles sobre la exégesis del capítulo cinco del Evangelio según San Juan, es notorio observar que, siguiendo la lógica de las palabras de Jesucristo, el Padre que está en los cielos también estaría violando aquí el precepto del sábado: se trata entonces de un Dios que trabaja horas extra.

Aproximarse a Dios como aquél que obra, actúa, trabaja, no es nada extraño. La teología bíblica estudia justamente esto: la obra de Dios en la historia de la humanidad. Esta actividad de este modo de ser de Dios para el mundo se narra en la «historia de la salvación». Cuando Dios actúa en la historia tiene como objetivo salvar a los hombres. Sin embargo, por este mismo motivo, es posible hablar de Dios que obra, actúa y trabaja, desde un punto de vista un poco diverso, imaginándolo como un trabajador, un artesano que se esfuerza y que disfruta entregándose a sus quehaceres.

Un Dios que se ensucia las manos

En (Gn 2,15) se puede leer lo siguiente: «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo custodiara». Este versículo ha sido estudiado ampliamente por el significado de los términos « cultivar y custodiar» que se toma como una clave hermenéutica que ennoblece el trabajo del hombre, y por la relación con el medio ambiente, expresado aquí como un «jardín». Este versículo, además, forma parte de una narración que inicia con (Gn 2,4). ¿Qué es lo que ocurre en estos once versículos previos? ¿Qué se narra antes de que el hombre recibiese la tarea de «cultivar y custodiar» el jardín? El estilo narrativo de este texto es muy distinto del estilo que se utiliza en el primer capítulo del Génesis, tanto así que hoy en día lo más normal es pensar que esta parte del texto fue fruto de un trabajo de redacción específico, y que a partir de los versículos (Gn 2,4b-5) inicia una sección distinta que estaría «tejida» con la narración anterior: «Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo, aún no había ningún arbusto del campo sobre la tierra». El primer capítulo está caracterizado por un estilo hímnico, mientras que en (Gn 2,4b) se da inicio a un estilo marcadamente narrativo[3].

Una vez que finaliza la narración sobre la creación entera (Gn 1,1-2,4a), se empieza a ahondar en la creación del hombre y en el ambiente que es llamado a habitar[4]. El protagonista es Dios y le siguen una serie de acciones. Se parte diciendo que Dios es aquel que ha hecho «el cielo y la tierra». Esta es una expresión sintética: «el cielo y la tierra» significa que Dios ha hecho todo, todo lo que existe entre la tierra y el cielo. Dicha expresión se esclarece mejor con la lectura del primer capítulo del Génesis.

En (Gn 2,7) se dice que «el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo». El término griego «plasmar» es yasar, que significa «formar, modelar, proteger»[5]. Denota una acción sobre un elemento material, como el lodo, la piedra o el metal, y se estila tomar como ejemplo la acción del alfarero que se ensucia las manos con la arcilla al modelar algo[6]. En (Is 64,7) se encuentra una expresión en indicativo que registra un uso del mismo verbo, y que expresa su significado de una forma aún más flexible: «tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tú, quien nos da forma (yasar): ¡todos somos la obra de tus manos!»

Con esto queda claro que la imagen es sumamente expresiva: se trata de una actividad donde uno se ensucia las manos y al mismo tiempo ejercita una forma de creatividad. También en (Gn 2,19) los animales son «plasmados/modelados» a partir de la tierra. En la antigüedad las vajillas de cerámica eran uno de los utensilios más utilizados en los hogares; era normal reemplazarlas, ya que se rompían con mucha facilidad. Es por esto, que a los arqueólogos les resulta posible datar los diferentes estratos que componen un lugar a través de la presencia abundante de cerámica en cada estrato. Por otro lado, el verbo yasar también es utilizado para señalar la acción del sujeto que modela metal y otros materiales, por lo cual es uno de los verbos que más se utilizan para describir la acción creadora de Dios.

Imaginar a Dios como un artesano, una persona hábil en manualidades (en este caso una vasija), es parte del estilo simbólico del texto. Naturalmente, es importante ir más allá de la imagen para hablar del Dios creador, pero ¿hasta qué punto es necesario hacer esto? La imagen posee una riqueza particular por los atributos que representan con fidelidad la imagen propia de la fe de Israel en el Dios creador. Es posible verlo así en este caso, y no habría nada malo en imaginar las manos de Dios untadas de barro, pues estarían untadas de humanidad. Tal labor, una labor manual, no tiene nada de despreciable. Implica poseer el arte, la creatividad y la capacidad para esforzarse al manipular arcilla, metal o piedra. Trabajar con estos materiales produce cierta fatiga, pero en la antigüedad esto era parte de la vida cotidiana, así como también eran fatigosas las labores en los campos o pastando la grey: en efecto, a Dios se lo representa como un agricultor (Is 5,1-7) al igual que como un pastor (Salmo 22).

Todos estos trabajos implican ensuciarse las manos, y son muchos los pasajes bíblicos que utilizan estas imágenes para hablar de Dios. Es por ello que resulta importante continuar utilizándolas, hoy más que nunca, en que el contacto con la tierra, los utensilios y los animales de granja; es menos frecuente. También es importante afrontar una interrogante: ¿se deben considerar estos trabajos solamente en su significado cultural o será que esconden una dimensión antropológica y teológica que no puede ser dejada de lado? ¿Cuántas de estas labores vinculadas a un ambiente tan connatural al hombre son de alguna manera esenciales al hombre en sí mismo? ¿No será que se trata de situaciones en que ensuciarse las manos —como hizo Dios— conduce, en el fondo, a una experiencia laboral liberadora? ¿No se trata de una experiencia al mismo tiempo humana y divina?

Dios se alegró de lo que había hecho

En el primer capítulo del Génesis, la obra de Dios se presenta como una obra maestra. El verbo «crear», en hebreo bara’, es un término teológico: en toda la Biblia siempre tiene a Dios por sujeto, y resume todo un modo como Dios crea: Él dice (Dios dijo sea la luz), separa (Dios separó la luz de las tinieblas), coloca (Dios puso las dos grandes luminarias), bendice (Dios bendijo el séptimo día) y mira (Dios vio que era bueno). Dios realizó su obra maestra en siete días a partir de un principio indefinido de masas de agua, de abismos y de un viento divino. El sexto día creó al hombre, pero en ese caso no dijo «sea el hombre» continuando con la expresión precedente (por ejemplo «sea la luz»), sino que dice «hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza». El plural «hagamos» ha sido interpretado de muchas formas. Lo que se puede afirmar con certeza es que Dios se volcó por entero en su obra para crear al hombre[7], para que él pueda ser imagen suya y sin ser enteramente igual, sino a semejanza, es decir un ser original en sí mismo.

La manera en que Dios se involucra en esta obra puede compararse análogamente con la manera en que el Dios artesano se ensucia las manos para dar forma al hombre y para luego poner en él, un aliento de vida.

Puede ser de ayuda recurrir a la historia de las religiones y hacer una comparación con otras narraciones similares a esta, para comprender mejor el sentido de la narración del Génesis por su derivación mitológica[8]. Adoptar esta metodología no es algo problemático, más bien es signo de la dinámica de inculturación inherente a todos los términos existentes en la Biblia. Pero en un contexto originalmente nuevo como el del Génesis, pensar en Dios que se ensucia las manos, puede asumir nuevos significados. Un ejemplo de lo que esta comparación pueda implicar y de cómo ella pueda echar luces para hacer una mejor interpretación del texto del Génesis, se puede encontrar en un libro del profesor J. L. Ska[9], experto en todo el Pentateuco y docente en el Pontificio Instituto Bíblico en Roma.

Dios pone al hombre en un jardín, representando con ello un ambiente rebosante de belleza y de cosas maravillosas: «Y el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, que eran atrayentes para la vista y apetitosos para comer» (Gn 2,9). Esta atracción o agrado es importante. En el primer capítulo Dios creó y luego «vio que era bueno». El término hebraico tob, «bueno», significa que todo lo que ha sido creado es bueno y bello en el sentido de agradable. En el segundo capítulo es interesante notar cómo el texto se detiene en descripciones de aspectos que no parecen tener nada que ver con el hombre. Se habla de cuatro ríos, pero el primero es descrito de forma especial: «El primero se llama Pisón: es el que recorre toda la región de Javilá, donde hay oro. El oro de esa región es excelente, y en ella hay también bedelio y lapislázuli» (Gn 2,11-12). Esta descripción sucesiva resulta superflua. No es esencial en la estructura narrativa del texto. En otras palabras, se podría quitar el versículo sin que el sentido de narración quede comprometido. Esta sobreabundancia de detalles sobre realidades que parecen superfluas, como el oro, el bedelio y el lapislázuli, revelan algo significativo en el modo con que se contempla este jardín, el modo cómo el hombre está llamado a cultivarlo y protegerlo. No se trata solamente de algo de lo que tiene necesidad, sino que además es algo bello. Si Dios crea y luego ve que las cosas son buenas y bellas, el lector toma conciencia de que existen realidades bellas, y que no están ordenadas a la subsistencia del cuerpo.

Dios se pone a trabajar y al mismo tiempo es capaz de hacer algo bello, de detenerse y contemplar el propio trabajo. Trabajar y disfrutar parecen ser dos componentes inseparables del modo en que Dios se pone en obra. Él no parece ser un simple ejecutor de acciones, ni alguien extraño a su obra, sino que está perfectamente implicado en ella. El texto de algún modo parece contradecir que Dios haya realizado un trabajo en condiciones extraordinarias, es decir, un trabajo llevado a cabo en lugares y situaciones, de alguna manera ajenos al hombre apenas creado. Sin embargo, una lectura atenta de dicha narración revela inmediatamente que el mundo, al inicio, sobreabundaba de gracia y dones, incluso de cosas bellas no necesariamente útiles para la supervivencia. Esto no es algo en absoluto negativo. El ambiente que rodea al hombre posee aspectos no solo de primera necesidad para él, sino que están ahí para que él también puede tener experiencias de gozo y deleite, para que pueda detenerse y decir: «y vio que era bueno». El hombre, al adoptar así el punto de vista de Dios, se hace capaz de descubrir cuándo y de qué forma lo superfluo se torna necesario, como nada más puede serlo.

En este sentido, las «horas extra» del trabajo de Dios nos plantean una nueva interrogante. No parece que Dios haya «trabajado extra» para obtener mejores resultados o para sacar mayor provecho en ello, sino por el mero anhelo de belleza, por la fascinación y la pasión que engendra hacer algo con sentido y que supera la necesidad de trabajar para sobrevivir. Dios experimenta en su trabajo –un trabajo en el que se ensucia las manos– una especie de deleite, y ello posee un valor que supera las realidades de las que se tiene necesidad inmediata, es decir «crea» las condiciones para disfrutar de la vida. Esto suscita la interrogante de cómo hacer posible que el trabajo de todo ser humano exprese un sentido superior, cómo hacer para que, en caso de que existan «horas extra», estas no se consideren solamente como una suma extra de tiempo a ser contabilizada, sino como un estilo de trabajo que «crea condiciones para el disfrute».

Disfrutar el tiempo que se tiene, si se tiene tiempo para disfrutar

La primera página del Génesis menciona que se necesitaron siete días para la creación. Esto puede ser interpretado como la importancia de que, para que Dios pueda trabajar bien, y pueda hacer bien cielo y tierra, era necesario que existan siete días, es decir que exista también el día en el que no se tenga que hacer nada. Este día, el sábado, hace parte del septenario judío y es también un día consagrado. Trabajar es importante y dignifica a la persona, pero lo será en la medida en que existan también las condiciones para dejar de trabajar. Los judíos sometidos en Egipto eran esclavos, esclavos del trabajo, esclavos del faraón, y el descanso era un lujo. Sin embargo, también eran esclavos de las consecuencias de estar bajo un régimen como ese. En este sentido es sugestivo el comentario que hace un rabino sobre la liberación de Egipto: fue más fácil para Dios sacar a los hebreos de Egipto que a Egipto del corazón de los hebreos. En efecto, el vínculo entre trabajo y descanso es un vínculo entre trabajo y libertad. Los hebreos en Egipto supieron lo que significaba ser liberados de la esclavitud, una experiencia importante sin lugar a dudas, pero se requirió un camino mucho más largo y complejo para aprender, además, cuál es el valor de la libertad y hacerse conscientes de ella.

Los primeros siete días de la creación hacen referencia a un Dios muy hábil, ya que se muestra libre incluso de decidir no hacer nada, de hacer una pausa y detenerse, de darse a sí mismo el tiempo para disfrutar. La capacidad de detenerse es una dimensión de la omnipotencia divina, así como el dejarse amar es una dimensión del amor. Dios no se impone un límite arbitrariamente, sino que se dona a sí mismo un límite en cuanto a su actuar, no para constatar el estado inconcluso de las cosas, sino para disfrutar de lo que había hecho.

El trabajo de Dios tiene un significado muy profundo, es un trabajo libre y que libera, es creativo y capaz de impregnar la huella de su identidad en lo que realiza. Su obra es bella, Él también. Su obra es un don, Él también. Cuando el hombre compara su trabajo con el de Dios, descubre no solo cuán competente es Dios, sino también la capacidad que tiene Dios de apasionarse con su obra y disfrutarla. Las huellas de un Dios que se da tiempo para disfrutar de las cosas que ha hecho, se manifiestan también en su creación: el mundo creado está hecho de tal forma que requiere que el hombre organice el tiempo que tiene, como si esto sirviese para ayudarlo a detenerse un poco cada vez que va demasiado rápido. En otras palabras, el mundo creado tiene reglas propias, entre las cuales está la necesidad de descansar, lo que implica que el hombre posee un vínculo con el tiempo que no es solamente cuantitativo, sino también cualitativo.

Señorío y responsabilidad

Al comparar la narración del Génesis con la literatura cercana, queda evidenciado, más allá de las similitudes, que dicha literatura posee un punto de vista distinto con el que se aproxima al trabajo. En los mitos babilonios, por ejemplo, el ser humano es creado para que los dioses puedan tener tiempo libre. El sentido del trabajo, en estas narraciones, está más cerca de la esclavitud que de una dimensión liberadora del ser humano[10]. No es posible encontrar una perspectiva similar en el libro del Génesis. Dios trabaja por voluntad propia y con gusto, y le da al hombre la habilidad de poder hacer lo mismo. En efecto, el hombre, cuando trabaja, manifiesta algunos atributos que reflejan el motivo por el cual es creado a imagen de Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que tenga el dominio» (Gen 1,26).

Al hombre se le confía una responsabilidad: la expresión «y que tenga el dominio sobre» puede ser traducida por «a fin de que[11] ejercite su señorío». Aquí tenemos una expresión que ilustra una de las formas cómo el hombre refleja su «ser» imagen de Dios. Al igual que Él, el hombre puede dominar, puede ser señor de la creación. Se le confía una responsabilidad: el ejercicio de un poder que le es otorgado, un trabajo[12]. Existen, además, otros textos que hablan de esta responsabilidad, como en efecto ocurre en el siguiente capítulo donde se menciona que el hombre es creado para cultivar y custodiar la creación. Estos dos verbos esconden un sustrato cultural y legal.

«Cultivar» en hebraico se dice ‘avad, que significa «servir, trabajar». Dependiendo del contexto dicha palabra puede hacer alusión ya sea al trabajo como a la esclavitud, así como también puede referirse al servicio en el templo, es decir, al culto. Por otro lado, «custodiar» se traduce del hebraico shamar, que significa «observar», un verbo que se usa para señalar la observancia de la ley[13]. En efecto, el jardín es de Dios, cultivarlo y conservarlo significa de alguna manera brindarle un servicio, por consiguiente un culto, y al mismo tiempo significa serle fiel, es decir, observar la ley.

El ambiente en el que vive el hombre es la primera gran catedral dentro de la cual es llamado a desempeñar su servicio litúrgico: trabajar. ¿Qué condiciones debe tener un trabajo para poder expresar esto?

Jesús trabajador (el título cristológico olvidado: tekton)

Al hacer una lectura del Nuevo Testamento puede observarse que a Jesús se le llama de muchas formas: Cristo (en hebreo messia), Hijo de Dios, Señor, Hijo del hombre, Rey, Sacerdote y Profeta, Salvador del mundo, Cordero de Dios, Siervo de Dios. A ellos se les denomina títulos cristológicos y constituyen uno de los capítulos principales de la cristología.

En Cesarea de Filipo, al norte de Galilea, Jesús mismo plantea la interrogante a sus discípulos: « ¿Quién dicen los hombres que soy yo? (…) Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». En el Evangelio según san Marcos, Pedro responde: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29); en la versión de Mateo responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). La respuesta de Pedro es correcta, es «teológica». Los títulos cristológicos adoptan formas muy distintas para explicar la identidad de Jesús en caso de que se lo quiera relacionar con el cielo o con la tierra. Cuando se lo relaciona con el cielo se refieren a su naturaleza divina por su relación particular con el Padre celestial. Cuando se lo relaciona con la tierra se refieren a su misión para con la humanidad. Gracias a estos títulos se pueden conocer distintos aspectos de la identidad de Jesús.

Sin embargo, entre la variedad de títulos existentes, se ha dejado de lado a uno por ser poco teológico aparentemente. Se trata del título de «carpintero» o «artesano» (Mc 6,3).

El lugar donde se crio

Jesús tenía la costumbre de pasearse por los pueblos de Galilea en calidad de un «maestro ambulante» (Mc 1,39). Entre estos, Nazaret no fue la excepción, el lugar donde pasó su infancia y juventud. Por lo tanto, llegar ahí fue más bien un «retorno». Todos los evangelios narran este episodio, pero mientras que las versiones de Mateo y Marcos son prácticamente idénticas, la versión de Lucas se separa de ellas abundando en detalles sumamente interesantes.

«Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura» (Lc 4,16).

El evangelista describe a Jesús durante una liturgia de la sinagoga luego de la cual se sigue una reacción negativa por parte de sus oyentes, tan negativa que intentaron darle muerte. De todo el episodio basta recoger algunos detalles aparentemente literales. Lucas presenta a Nazaret como el lugar «donde se había criado» Jesús. Es un lugar donde lo conocían desde su juventud, donde lo conocieron en su vida cotidiana de todos los días, en el seno de su familia (Lc 2,51).

En (Lc 4,22) se narra la reacción de los nazarenos presentes en la sinagoga ante las palabras de Jesús: «Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es este el hijo de José?”». De alguna manera su sabiduría fue reconocida por los presentes, pero hay algo en sus palabras que no creó un consenso[14]. Aunque este sea un tema importante, no nos detendremos en él. A lo que vale la pena prestarle atención ahora es a la frase «¿No es este el hijo de José?». Lucas evita utilizar la expresión «hijo de María», casi como para poder evidenciar en las palabras de los nazarenos el punto de vista exclusivamente humano con que se aproximan al joven crecido en Nazaret que se había convertido ya en un adulto. Jesús es un hombre, lo vieron crecer e incluso convertirse en un buen maestro, pero eso no significa que tenga derecho a abrigar pretensiones mesiánicas. Este fatigoso diálogo que tuvo Jesús con sus compatriotas deja entrever aspectos sutiles sobre su juventud y, por lo tanto, sobre su trabajo.

Podemos comparar la narración que hace Lucas sobre este episodio, con la narración de Marcos:

«Jesús salió de allí y se dirigió a su patria, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanos no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo» (Mc 6,1-3).

Esta narración tiene en común con la otra la referencia al sábado, las enseñanzas, la sinagoga, Nazaret y las reacciones de los oyentes. Sin embargo, Marcos habla de Nazaret como la «patria» de Jesús, y no dice nada de lo ocurrido en la sinagoga, aunque sí se describe la reacción negativa a través del planteamiento de una serie de preguntas, a diferencia de Lucas que presenta a Jesús en el transcurso de una liturgia en la sinagoga. La primera reacción de los oyentes parte del testimonio y de las palabras de gracia que le son reconocidas a Jesús; solo en un segundo momento aparece la reacción negativa[15].

Estos dos detalles mencionados por dos evangelistas, «patria» y «donde se había criado», dan testimonio de que Nazaret fue el lugar de la infancia de Jesús, un lugar al que perteneció por un periodo de tiempo muy significativo. El Jesús que habitó este lugar vivió sumergido en las relaciones parentales de su hogar, en las dinámicas propias de un pueblo, en la típica situación de un niño que se va transformando en un joven adulto a los ojos de sus propios compatriotas.

El carpintero cambia de trabajo

El evangelista Marcos menciona además otro detalle: «¿No es acaso el carpintero?». Así lo habían conocido ahí, como el carpintero, en griego tekton, un término del que deriva la palabra «técnica». El significado de esta palabra abarca distintos tipos de trabajos, por ejemplo: el trabajo con madera, piedra y fierro. Por ello, algunos estudiosos prefieren traducir el término con la palabra «albañil» o «artesano». No obstante, un antiguo papiro llamado P45, junto a otros manuscritos, posee una formulación diversa: «el hijo del carpintero». Incluso se considera más antigua la traducción que cita la CEI, «carpintero, hijo de María». Esta podría considerarse un poco escandalosa, ya sea porque podría malinterpretarse como si se tratara de un nacimiento ilegítimo, o al contrario porque podría hacer referencia al nacimiento virginal[16]. Lo que importa aquí es que se está hablando del trabajo de Jesús, un trabajo que aprendió del padre, lo cual sugiere la idea de que él había trabajado en familia como ocurría con frecuencia en las familias de esa época.

En el siglo II d.C., Justino escribe un comentario curioso sobre el trabajo de Jesús:

«Jesús, quien era tenido como hijo del carpintero José, era feo de aspecto, como habían anunciado las escrituras, y él mismo fue considerado carpintero (mientras estuvo entre los hombres, en efecto, realizó obras de este oficio, como arados y yugos, enseñando por ellas los símbolos de la justicia y la necesidad de una vida de trabajo)» (Diálogo con Trifón, 88, 8)».

La intención de Justino era la de presentar un Jesús ejemplar, modelo de una «vida de trabajo». Estando habituados a una iconografía más tradicional, nos puede resultar un tanto molestosa la expresión «feo de aspecto», pero es necesario indicar que para Justino era importante testimoniar que en Jesús se cumplían las profecías de las Sagradas Escrituras, en este caso las de Isaías, en las que se menciona al «siervo del Señor» con un aspecto desfigurado (Is 52,14). Sin embargo, lo que enfatiza Justino en su texto es el trabajo de Jesús, señalando incluso qué tipo de obras era capaz de hacer: arados y yugos. Se trata de dos objetos vinculados al trabajo de la tierra y a los animales, por lo tanto a un lugar donde había campos de cultivo. No obstante, estos objetos parecen ser mencionados por Justino para recalcar el significado simbólico que poseen.

Desde un punto de vista histórico se puede agregar además un elemento curioso. La ciudad más cercana a Nazaret en el tiempo de Jesús: era Séforis. Distaba a no más de 7 u 8 km. A esta ciudad no se la menciona en ningún lugar del Nuevo Testamento, sin embargo los descubrimientos históricos y arqueológicos indican que Séforis tuvo una época de esplendor alrededor del año “0”, es decir poco antes del nacimiento de Jesús hasta el momento en que se convirtió en la capital de Galilea. Esto ocurrió por obra de Herodes Antipas, luego de que alternara el destino de estos pueblos entre destrucción y derrotas, para permitir finalmente que se realizaran una serie de reconstrucciones a fin de hacer de esta ciudadela romana una pequeña joya, el «orgullo de toda Galilea»[17]. Quizá no es coincidencia que estas obras se realizaran precisamente durante la infancia y la juventud de Jesús, y que se haya requerido cierta mano de obra por parte de aquellos que supiesen trabajar con madera, fierro o piedra[18].

Por todo lo dicho, queda claro que se ha de incluir entre los títulos cristológicos al siguiente: artesano. Jesús, durante un periodo entero de su vida, fue tekton, eso significa que trabajó, que se ensució las manos con un trabajo que no era en absoluto ligero. Tener un trabajo también significa haber estado inmerso en un ambiente particular, estar inserto en una red de relaciones sociales, dar cuenta del trabajo realizado, tener que lidiar con las veces en que se tiene mucho trabajo y con las veces en que no.

El evangelista Lucas nos ofrece además otro detalle: «Cuando comenzó su ministerio, Jesús tenía unos treinta años» (Lc 3,23). Esto significa que también Jesús cambió de trabajo. En una primera etapa de su vida heredó el trabajo de José, que aprendió en Nazaret, un trabajo con el que se podía ganar el pan de cada día, con el cual pudo aprender a no depender de sus padres para volverse autónomo y hacer parte de la sociedad desenvolviéndose en ella con las habilidades que tuvo que ir adquiriendo. En un segundo momento de su vida, Jesús respondió a un llamado particular, por medio del cual hizo uso de sus cualidades espirituales para ponerlas al servicio de los hombres, y ofrecer a la humanidad aquello que solo Él puede ofrecer, aquello para lo cual se siente llamado.

Para entender el sentido de su llamado para con la humanidad, al cual se dedicó hasta su muerte, es importante tomar en consideración los años en los que se dedicó a trabajar en Nazaret. El periodo de su vida en que se desempeñó como maestro ambulante, que consuma su existencia en el amor al prójimo hasta la muerte, no ha de considerarse como un salto cualitativo en relación al periodo anterior, como si fuese menos importante. El mismo Jesús podría haber dicho: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo», refiriéndose al servicio que realizaba para bien de todos, porque su vida ya era así desde el inicio. Por este motivo, el tiempo en que vivió como artesano debe interpretarse en la misma lógica de donación y de servicio; esto es tan válido para Él como lo es para el Padre que está en el Cielo. Jesús trabajó con dignidad, y se podría decir que se mereció aquél título: « ¿no es este el carpintero?». Pero además, precisamente por haber sido un artesano —y no a pesar de ello— es que pudo convertirse luego en el maestro que peregrinaba donando su vida.

En Nazaret, al Hijo de Dios se le podía hallar en su oficio, con las manos sucias de sudor y polvo de madera y piedra, listo para ofrecer su propia contribución al mundo, para llevar a cabo su papel de hombre.

[1] Acta Apostolicae Sedis 73 (1981) 577-647.

[2] Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (Roma: Libreria editrice Vaticana, 2005) n. 101.

[3] Cf. G. Borgonovo, “La grammatica dell’esistenza alla luce della storia di Israele (Gen 2,4b-3,24)”, en G. Borgonovo y col., Torah e storiografie dell’Antico Testamento (Turín: Logos corso di studi biblici 1, Elledici, 2012) 431-432.

[4] Cf. Alter, L’arte della narrativa biblica (Brescia: Biblioteca biblica 4, Queriniana, 1990) 171-178.

[5] El verbo se repite de nuevo de forma redundante en el versículo sucesivo, el v. 8: ahí no se encuentra solo el término «hombre/Adam» sino «hombre/Adam que había plasmado».

[6] Por ejemplo, según el Sal 95,5 las manos de Dios son el sujeto del verbo plasmar/modelar; pero los siguientes pasajes son incluso más elocuentes, en donde el verbo posee un claro sentido material: Is 19,16 y 44,9.12; especialmente Is 45,9.

[7] Cf. P. Joüon, Grammaire de l’hébreu biblique, Roma 1947, 114 e; C. Doglio, «Il poema “sacerdotale” della creazione (Gn 1,1-2,4a)», en Parole di Vita 1 (2007) 32-33.

[8] Juan Pablo II, en una de sus catequesis (7/11/1979) se expresa de la siguiente manera en relación al mito: «el término “mito” no designa un contenido fabuloso, sino sencillamente un modo arcaico de expresar un contenido más profundo. Sin dificultad alguna, bajo el estrato de la narración antigua, descubrimos ese contenido, realmente maravilloso por lo que respecta a las cualidades y a la condensación de las verdades que allí se encierran».

[9] Cf. J.L. Ska, La parola di Dio nei racconti degli uomini (Asís: Cittadella, 2000) 21-28.

[10] Cf. E. van Wolde, Racconti dell’Inizio. Genesi 1-11 e altri racconti, Brescia 1999, 171-180; L. Mazzinghi, «La creazione e il poema babilonese “Enuma Elish”», en Parole di Vita 1 (2007) 53-55.

[11] En lo que respecta a la “y” [w] de la parataxis hebraica, cf. Alter, L’arte della narrativa biblica, 40-41.

[12] Cf. L. Mazzinghi, «La parola, la profezia, il tempo, la benedizione: un itinerario tematico attraverso Genesi 1», in Parole di Vita 1 (2007) 39.

[13] Cf. Doglio, «Il secondo racconto della creazione (Gen 2,4b-25)», 11.

[14] Cf. S. Grasso, Luca, (Roma: Borla, 1999) 146-147.

[15] Cf. G. Rossé, Il vangelo di Luca. Commento esegetico e teologico (Roma: Città Nuova, 2001) 156-157.

[16] Cf. J. Gnilka, Marco (Asís: Cittadella, 1998) 315.

[17] “Il «vanto di tutta la Galilea»” (Giuseppe Flavio, Antichità Giudaiche 18,2,1; cf. E. Schürer, Storia del popolo giudaico al tempo di Gesù Cristo, vol. II, Paideia, Brescia 1987, 220-221).

[18] Cf. R. A. Batey, Jesus and the Forgotten City, Grand Rapids 1991; R. A Batey, «An Urban Portrait of Jesus», BibArchRev 18 (1992) 50-62.

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera: Signoretto, Martino (2016): “Mi padre trabaja siempre, y yo también trabajo” (Jn 5,17). En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 9, n° 18, pp. 6-13. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/mi-padre-trabaja-siempre-y-yo-tambien-trabajo-jn-517-el-fundamento-biblico-de-la-concepcion-cristiana-sobre-el-trabajo/