Manuel Ugarte Cornejo
Director del Centro de Pensamiento Social Católico

El Amor de Dios muchas veces se presenta como una paradoja que rompe nuestros esquemas mentales. La Navidad es una de estas paradojas divinas donde “lo más” se hace “menos”, y lo más pequeño en realidad es lo más grande. El Papa Francisco hace poco explicó esto diciendo que «en un recién nacido necesitado de todo, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, se encierra todo el poder de Dios que salva […] Es la sorpresa de un Dios niño, de un Dios pobre, de un Dios débil, de un Dios que abandona su grandeza para acercarse a cada uno de nosotros»[1].

Este “Dios débil” se hace presente en el misterio de la Navidad, para irrumpir con toda su omnipotencia en la historia humana, pero no para imponerse por la fuerza, sino para transformar la existencia humana desde adentro mismo. Esta transformación tiene una dimensión personal, pero también una dimensión social ante la que nos preguntamos “¿qué significa acoger a Dios hecho niño en nuestras estructuras y relaciones sociales?”.

Si miramos con detenimiento la escena del pesebre, vamos a encontrar varios elementos fundamentales para responder a esta pregunta. Como no podemos agotarlos todo, revisaremos solo tres de ellos: el amor, la familia y la gratuidad.

El primer elemento que nos deslumbra desde la gruta de Belén, sin duda, es el amor. «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna» (Juan 3: 16). El Amor es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, todo proviene del Amor de Dios y todo tiende hace él. Este amor a la vez que da sentido a la existencia del hombre también lo abre al dinamismo del encuentro con las demás personas. El amor hacia los demás es el fundamento del “bien” y de la “solidaridad”, que son dos principios fundamentales para la doctrina social de la Iglesia. Del amor nos viene la inclinación natural hacia el bien, porque «Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él»[2], y nos referimos tanto el bien personal como al bien común que es propio de la vida en sociedad y del que depende la paz y la justicia, y las condiciones sociales acordes a la dignidad humana en los ámbitos de la educación, el trabajo, la cultura, la salud, la promoción de la vida y la familia. La Navidad nos invita a vivir estos valores sociales, que también se traducen en el servicio, la capacidad de acoger a los demás, ser testimonio de coherencia, alegría y humildad, transmitir la fe, ser solidarios con quienes tenemos más cerca y con quienes más nos necesitan. Precisamente por esto el Papa Francisco en Navidad dijo que el Amor de Navidad transforma el mal en bien. «El poder de un Niño, Hijo de Dios y de María, […], es el poder del amor. Es el poder que creó el cielo y la tierra, que da vida a cada criatura: a los minerales, a las plantas, a los animales; es la fuerza que atrae al hombre y a la mujer, y hace de ellos una sola carne, una sola existencia; es el poder que regenera la vida, que perdona las culpas, reconcilia a los enemigos, transforma el mal en bien»[3].

Un segundo elemento que notamos el día del nacimiento del Niño Jesús, es una fuerte experiencia familiar. El primer espacio donde se vive el amor de la Navidad es la familia. La familia que acoge a Dios y que se deja transformar por el Él. ¡Cuánto necesitan hoy día las familias de ese amor de Dios! Y ¡cuánto necesita la sociedad de la familia! Por eso el Catecismo insiste en que «La familia es la célula original de la vida social»[4], y que «la vida de familia es iniciación a la vida en sociedad»[5]. La familia es una iglesia doméstica en la que se aprende la fe a la vez que uno crece y madura como persona, pero también es una escuela de convivencia social. Sobre este tema el Papa Francisco fue muy elocuente en su último viaje a América del Sur cuando enfatizó que «la familia constituye la gran “riqueza social”, que otras instituciones no pueden sustituir»[6].

Cuando dijo esto el Papa pensaba en la familia como el lugar donde se aprende la fe, se aprende a orar, a compartir la vida, a ser agradecidos, a pedir perdón y a perdonar, a respetarse, a amarse: «la familia es el hospital más cercano, la primera escuela de los niños, el grupo de referencia de los jóvenes y el mejor asilo de ancianos»[7]. En la familia es donde se aprende el valor de la persona humana y el sentido del servicio. «El servicio es el criterio del verdadero amor. El que ama sirve, se pone al servicio de los demás. Y esto se aprende especialmente en la familia, donde nos hacemos por amor servidores unos de otros. En el seno de la familia, nadie es descartado; todos valen lo mismo»[8].

A esta enseñanza el Papa añadió que la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad son valores sociales que necesariamente se aprenden en la familia. «En el ámbito familiar —dijo—, las personas reciben los valores fundamentales del amor, la fraternidad y el respeto mutuo, que se traducen en valores sociales esenciales, y son la gratuidad, la solidaridad y la subsidiariedad»[9].

Por esto, la Navidad nos recuerda que Jesús quiso entrar en la historia humana a través de una familia, precisamente para enseñarnos que no hay otra manera de convertir el mundo a Dios si no es a través de la familia, de nuestra familia y de la influencia que a través de ella ejercemos en la sociedad.

Un tercer aspecto que podemos destacar, y que ya anunciamos al inicio, es la Navidad como paradoja del amor que guarda el tesoro más grande dentro de lo más pequeño y lo más humilde. La Navidad es un Dios que “se despoja de sí mismo” y se humilla a sí mismo para hacerse tan pequeño y frágil como un bebé (ver Fil 2, 6-8). Así se entrega a cada uno de nosotros, se dona de manera gratuita, y nos enseña que lo más valioso no tiene precio y por eso llega a nuestra vida gratis, como un don. Este mensaje está en contracorriente de la racionalidad utilitarista que gobierna mucho de la cultura actual y los modelos de desarrollo imperantes. Hoy día se prefiere a toda costa la menor inversión con la que se pueda obtener el mayor beneficio, se prefiere maximizar los resultados empleando menores recursos, sin importar las consecuencias éticas de nuestras decisiones. Esta lógica mercantil ha crecido tanto que ha excedido el ámbito de la producción industrial, y se ha convertido en un paradigma cultural que se cierne peligrosamente sobre todas las relaciones humanas. La lógica de Dios es contraria a todo esto, Dios lo invierte todo, incluso a su único Hijo, y lo hace en contra de cualquier análisis utilitarista de costo-beneficio. Si tomamos esta reflexión y la aplicamos a los desafíos del desarrollo social, podemos afirmar junto con Benedicto XVI que «el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad»[10]. Si lo tomáramos en serio, este criterio de juicio tendría consecuencias enormes sobre la vida social, la vida política y especialmente la vida económica.

El amor de Dios es un don, la vida misma es un don, cada persona es un don, el bien y el orden natural son un don. Si nos diéramos cuenta que lo mejor que poseemos es resultado de una donación, comprenderíamos mejor que el mandato evangélico de «Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.», (Mt 10, 8) es un principio imprescindible en la vida social y económica. «Donar es dar sin perder, [es] la actividad superior al equilibrio de pérdidas y ganancias, el ganar sin adquirir o el adquirir dando» (Polo, 1996: 130-131)[11]. En un mundo como el nuestro muy marcado por las dinámicas propias de la globalización, la visión de desarrollo no puede olvidarse de la gratuidad, «que fomenta y extiende la solidaridad y la responsabilidad por la justicia y el bien común en sus diversas instancias y agentes»[12]. A esto también nos invita el don maravilloso de la Navidad.

 

 

[1] Francisco, Audiencia general: Portadores veloces del mensaje de la esperanza (14 de diciembre de 2016). Disponible en:

https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2016/12/14/aud.html

[2] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 7

[3] Francisco, Mensaje Urbi et orbi (25 de diciembre de 2016).

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 2207.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 2207.

[6] Francisco, Santa Misa por las Familias (6 de julio de 2015), Guayaquil.

[7] Francisco, Santa Misa por las Familias (6 de julio de 2015), Guayaquil.

[8] Francisco, Santa Misa por las Familias (6 de julio de 2015), Guayaquil.

[9] Francisco, Encuentro con la sociedad civil (7 de julio de 2015), Quito.

[10] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 34.

[11] Citado en Argandoña, Antonio, La “lógica del don” en la empresa. Documento de Investigación DI-936, 2011. IESE Business School Universidad de Navarra.

[12] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 38