Manuel Ugarte Cornejo

Las cinco Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano han sido momentos fundamentales de renovación de la misión de la Iglesia de anunciar a Cristo en estas tierras. Río de Janeiro en 1955, Medellín en 1968, Puebla en 1979, Santo Domingo en 1992 y Aparecida en 2007. Siempre los alcances de estas reuniones han sido latinoamericanos y pastorales —nunca dogmáticos—. Ellas han sido convocadas por el Sumo Pontífice y se han desarrollado bajo su guía permanente. Al observarlas analíticamente en la historia de la Iglesia, desde mediados del siglo XX, vemos en ellas líneas de continuidad muy marcadas. De hecho en cada conferencia están presentes —casi siempre explícitamente— las reflexiones de las conferencias anteriores. Pero también cada una de ellas ofrece acentos y renovaciones particulares, responden a circunstancias culturales históricas diversas, y expresan diferentes formas de madurez de la misión pastoral de la Iglesia. Precisamente la preocupación y reflexión de la pastoral social referida al ámbito del trabajo ha sido una de esas líneas constantes desde la primera Conferencia en Río de Janeiro. Pero, a la vez, cada una de las conferencias posteriores ha sabido abordar este tema con una riqueza y madurez eclesial particular. En este ensayo, trataremos de recorrer brevemente los aspectos principales de las orientaciones pastorales que estas conferencias generales han realizado sobre el tema del trabajo.

Río: solución justa pero “a la luz de la doctrina de la Iglesia”

En la I Conferencia de Río de Janeiro (1955) el episcopado latinoamericano expresó su “honda preocupación” por los “salarios insuficientes y la demanda de trabajo” (Río, 79) que afectaba a trabajadores del campo, de la ciudad y de la clase media. Esa preocupación se originaba por la forma injusta en que se daba “el intenso proceso industrial en vías de realización en América Latina”.

Al fijarse en este y otros desafíos sociales, Río pidió a los católicos enfrentar estos problemas y buscar una solución justa, pero “a la luz de la doctrina de la Iglesia”, estudiando y difundiendo los principios cristianos y las orientaciones pontificias sobre los problemas sociales, económicos y políticos, con el fin de ayudar eficazmente a formar la conciencia del pueblo en estos aspectos tan importantes de la doctrina de la Iglesia”, (Río, 51). Pero, muy atentos a los signos de los tiempos, los obispos, a la vez que hicieron esta invocación, advirtieron sobre “las insidias y peligros de las doctrinas marxistas y de la propaganda del comunismo, y sobre la necesidad de precaverse y defenderse contra ellas”, (Río, 83).

Medellín: “No confundimos progreso temporal y Reino de Cristo”

Trece años después de la reunión de Río, la II Conferencia General de Medellín surgió con el entusiasmo de acoger las orientaciones del Concilio Vaticano II. Allí, en esa ciudad colombiana, la Iglesia hizo una denuncia social urgente y clamorosa, hizo suyo el sufrimiento, la injusticia y la pobreza material y espiritual de millones de personas que a lo largo de esta parte del continente vivían en condiciones no-acordes con su dignidad de personas humanas creadas a imagen y semejanza de Dios. En Medellín este clamor se convirtió en grito a favor de un cambio de las estructuras sociales, pero —como puede verse en el documento final, que refleja la conciencia más amplia de la Iglesia latinoamericana— esta propuesta de cambio social no se entregó a un proyecto ideológico o político, ni a una utopía milenarista. Medellín denunció el capitalismo tanto como el marxismo, y se adhirió con firmeza a la convicción de que “la plenitud y la perfección de la vocación humana” solo se lograrán “con la inserción definitiva de cada hombre en la Pascua de Cristo”. Y añadió con mucho acierto que: “No confundimos progreso temporal y Reino de Cristo”, (Medellín 1, 5). Dicho esto, queda claro que cualquier orientación ideológica que se hiciera de esta Conferencia General, incluso dentro de la Iglesia, como las vertientes marxistas de la teología latinoamericana de la liberación, surgieron al margen de este espíritu pastoral muy vivo en la reflexión de Medellín y en su documento final.

Las orientaciones sociales referidas al mundo del trabajo, que Medellín realizó, las enmarcó dentro de la temática del desarrollo económico como campo de las proyecciones de la pastoral social. Así explicó que la empresa debe ser fundamentalmente una “comunidad de personas y unidad de trabajo” (Medellín 1, 10). Esta aproximación a una “economía verdaderamente humana” —dice el episcopado— es reducida tanto por el sistema liberal capitalista como por el sistema marxista. “Ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana; pues uno, tiene como presupuesto la primacía del capital, su poder y su discriminatoria utilización en función del lucro; el otro […] mira más bien el hombre colectivo, y en la práctica se traduce en una concentración totalitaria del poder del Estado. Debemos denunciar que Latinoamérica se ve encerrada entre estas dos opciones y permanece dependiendo de uno u otro de los centros de poder que canalizan su economía”, (Medellín 1, 10).

Los campesinos estuvieron siempre bajo la mirada de la Iglesia, en Medellín —como en los otros documentos— se resaltó “la necesidad de una promoción humana de las poblaciones campesinas e indígenas”. Tanto para campesinos como para obreros, esta Conferencia General pidió —aplicando el principio de subsidiariedad— organizarse en estructuras intermedias, para así poder “ejercer el derecho de representación y participación en los niveles de la producción y de la comercialización nacional, continental e internacional”.

Medellín resaltó mucho por la esperanza en el cambio de las condiciones sociales injustas, que se puede lograr aplicando la doctrina social de la Iglesia. En este sentido, los obispos llamaron a los empresarios y a las autoridades políticas a hacer esfuerzos “por orientar a las empresas según las directivas del magisterio social de la Iglesia. De todo ello dependerá fundamentalmente que el cambio social y económico en Latinoamérica se encamine hacia una economía verdaderamente humana”. (Medellín 1, 10)

Puebla: madurez de la reflexión latinoamericana

La III Conferencia General en Puebla de los Ángeles marcó la madurez de la reflexión latinoamericana abierta por Río y por Medellín. Los años transcurridos, las no pocas tensiones al interior de la Iglesia, las diferentes propuestas pastorales, la mayor distancia del Concilio Vaticano II, todo eso hizo que Puebla buscara un mayor arraigo teológico, y una mirada más amplia y profunda sobre la realidad latinoamericana. En este esfuerzo, Puebla se dejó guiar por Juan Pablo II quien en el mismo discurso inaugural de esta Conferencia invitó a “tomar como punto de partida las conclusiones de Medellín, con todo lo que tienen de positivo, pero sin ignorar las incorrectas interpretaciones a veces hechas y que exigen sereno discernimiento, oportuna crítica y claras tomas de posición”. Así, Puebla centró su trabajo en la urgencia por reevangelizar América Latina, lo que implicó la necesaria promoción humana, pasando de condiciones menos humanas a condiciones más humanas.

En ese espíritu evangélico, Puebla denunció fuertemente el “devastador y humillante flagelo” de la “situación de inhumana pobreza que viven millones de latinoamericanos”, (Puebla, 29) y, entre los múltiples rostros de la pobreza que miraba Puebla, también estuvieron aquellas víctimas del desempleo, del subempleo y del trabajo inhumano. Por ejemplo, los campesinos muchas veces sometidos a “sistemas de comercialización que los explotan” (Puebla, 35). Los obreros “frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos” (Puebla, 36). Los “subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos” (Puebla, 37).

A Puebla la preocupan las consecuencias del desempleo sobre la estabilidad familiar sobre todo en los sectores sociales menos favorecidos. “En estos sectores populares, la crónica y generalizada situación de desempleo afecta la estabilidad familiar, ya que la necesidad de trabajo obliga a la emigración, al ausentismo de los padres, a la dispersión de los hijos” (Puebla 576).

Con esta preocupación, Puebla manifestó la esperanza y el compromiso de la Iglesia a favor de “una distribución más justa de los bienes y las oportunidades: un trabajo justamente retribuido que permita el decoroso sustento de los miembros de la familia y que disminuya la brecha entre el lujo desmedido y la indigencia” (Puebla 133). Y con este deseo se dirigió especialmente a la sociedad económica para que “los empresarios, teniendo presente la función social de la empresa, actúen concibiéndola no sólo como factor de producción y lucro, sino como comunidad de personas y como elemento de una sociedad pluralista, sólo viable cuando no existe concentración excesiva del poder económico”. (Puebla, 1246).

Puebla —al igual que las conferencias anteriores— criticó tanto al capitalismo salvaje, porque “ha acrecentado la distancia entre ricos y pobres por anteponer el capital al trabajo, lo económico a lo social”; como al marxismo, porque éste ha “sacrificado muchos valores cristianos y, por ende, humanos” y ha “caído en irrealismos utópicos, inspirándose en políticas que, al utilizar la fuerza como instrumento fundamental, incrementan la espiral de la violencia” (Puebla 48).

Santo Domingo: Nueva Evangelización y promoción humana

La IV Conferencia General de Santo Domingo celebró los 500 años de la llegada de la fe católica al continente americano. Esta Conferencia a la vez que recorrió el camino de las anteriores, acentúo una perspectiva cristológica para aproximarse a la realidad latinoamericana, frente a la cual propuso una y otra vez una “nueva evangelización”. En este sentido es muy elocuente el tema de esta Conferencia y título del documento conclusivo: “Nueva Evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana. Jesucristo, ayer, hoy y siempre”.

Bajo este horizonte, Santo Domingo consideró al mundo del trabajo como un espacio para la nueva evangelización. En este sentido, la IV Conferencia lo primero que hizo fue resaltar el origen del trabajo como “vocación co-creadora del hombre como «imagen de Dios». (Gén 1, 26) y que ha sido rescatado y elevado por Jesús, trabajador e «hijo de carpintero» (Mt 13, 55 y Mc 6, 3)”. (SD, Conclusiones 182)

Partiendo de esta mirada cristocéntrica la reflexión sobre la realidad llegó a marcar, con agudeza pastoral, los profundos desafíos del mundo del trabajo en América Latina donde “se advierte un deterioro en sus condiciones de vida y en el respeto a sus derechos; un escaso o nulo cumplimiento de normas establecidas para los sectores más débiles (p. ej. niños, jubilados…); una pérdida de autonomía por parte de las organizaciones de trabajadores […]; abuso del capital, que desconoce o niega la primacía del trabajo; pocas o nulas oportunidades de trabajo para los jóvenes. Se advierte la alarmante falta de trabajo, o desempleo, con toda la inseguridad económica y social que ello comporta”. (SD, Conclusiones 183).

Luego de este diagnóstico el episcopado latinoamericano exhortó a la Iglesia a “impulsar y sostener una pastoral del trabajo en todas nuestras diócesis para promover y defender el valor humano del trabajo”. También pidió “apoyar las organizaciones propias de los hombres del trabajo para la defensa de sus legítimos derechos, en especial de un salario suficiente y de una justa protección social para la vejez, la enfermedad y el desempleo”. Incluso exhortó a “favorecer la formación de trabajadores, empresarios y gobernantes en sus derechos y en sus deberes y propiciar espacios de encuentro y mutua colaboración”. (SD, Conclusiones 185).

Para completar esta mirada, Santo Domingo reconoció “el papel fundamental de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la creatividad humana, en el marco jurídico de una justicia social”, (SD, Conclusiones 203).

Aparecida: Estructuras justas a la luz de valores fundamentales

Quince años después de Santo Domingo, y conmemorando los 50 años de la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), la V Conferencia de Aparecida estuvo en el corazón del Papa Benedicto XVI como “nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con la propia vida”, (Benedicto XVI, Discurso de apertura de la V Conferencia de Aparecida).

Aparecida fue clara al comprender que las preocupaciones sociales de la Iglesia latinoamericana, y dentro ellas las que se refieren al mundo del trabajo, deben estar siempre en el marco de la pastoral social y nunca dentro del activismo político. Las estructuras justas deben buscarse a la luz de los valores fundamentales, dijo Benedicto XVI en el discurso de apertura de la V Conferencia, “son una cuestión de la recta ratio y no provienen de ideologías”. “Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables”. (Benedicto XVI, Discurso de apertura de la V Conferencia de Aparecida).

Los obispos latinoamericanos, entre los cuales estuvo muy activo el Cardenal Jorge Mario Bergoglio —hoy Papa Francisco— acogieron estas orientaciones pontificias, y lo primero que hicieron al abordar el tema del trabajo fue subrayar su fundamento teológico, cristocéntrico y salvífico. “Jesús, el carpintero (cf. Mc 6, 3), dignificó el trabajo y al trabajador y recuerda que el trabajo no es un mero apéndice de la vida, sino que “constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra” (Laborem Exercens, 4), por la cual el hombre y la mujer se realizan a sí mismos como seres humanos. El trabajo garantiza la dignidad y la libertad del hombre, es probablemente “la clave esencial de toda ‘la cuestión social’””. (Aparecida, 120)

A continuación la V Conferencia resaltó la dimensión subjetiva del trabajo como una clave para la acción pastoral sobre este tema. «[…] a pesar de la fatiga que muchas veces acompaña al trabajo, el cristiano sabe que éste, unido a la oración, sirve no sólo al progreso terreno, sino también a la santificación personal y a la construcción del Reino de Dios. El desempleo, la injusta remuneración del trabajo y el vivir sin querer trabajar son contrarios al designio de Dios», (Aparecida, 121).

El diagnóstico que el episcopado latinoamericano tuvo en ese momento sobre las condiciones laborales en América Latina, no era nada alentador. “La población económicamente activa de la región está afectada por el subempleo (42%) y el desempleo (9%), y casi la mitad está empleada en trabajo informal», (Aparecida, 71). No solo esto preocupaba a la Iglesia, sino que además «el trabajo formal, por su parte, se ve sometido a la precariedad de las condiciones de empleo y a la presión constante de subcontratación, lo que trae consigo salarios más bajos y desprotección en el campo de seguridad social, no permitiendo a muchos el desarrollo de una vida digna”. (Aparecida, 71).

Considerando estas difíciles circunstancias, pero siempre con esperanza cristiana, Aparecida hizo un llamado a los empresarios y afirmó que “la actividad empresarial es buena y necesaria cuando respeta la dignidad del trabajador, el cuidado del medio ambiente y se ordena al bien común”. Sin embargo “se pervierte cuando, buscando solo el lucro, atenta contra los derechos de los trabajadores y la justicia”. (Aparecida, 122)

Conclusión

Aquí llegamos al final de esta rápida revisión de cómo las conferencias generales del episcopado latinoamericano se han ocupado del tema del trabajo. Este ha sido una preocupación constante en la reflexión de la pastoral social que han hecho las conferencias, sobre todo considerando la situación muchas veces dramática que viven tantas familias latinoamericanas que no pueden acceder a un empleo acorde con la dignidad humana. La Iglesia latinoamericana ha hecho eco de este sufrimiento que padecen miles de trabajadores, empleados, obreros y campesinos. Esta preocupación en las orientaciones de las Conferencias Generales, no ha sido meramente horizontal y materialista, y mucho menos ideológica o política, sino que ha buscado enraizarse en el fundamento cristocéntrico y salvífico del trabajo, como eje indispensable de la acción misionera y de ese llamado —todavía muy actual— hacia una nueva evangelización que, iluminada por la fe, busca la auténtica promoción humana también en el ámbito del trabajo al que no deja de considerar “clave de la cuestión social”. Para el trabajo, para la empresa y para la economía, la Iglesia —a través de estas conferencias latinoamericanas— ha insistido en la necesidad de reorientar el interés por el lucro, y buscar el desarrollo integral a través del bien común, del destino universal de los bienes y de la promoción de la dignidad de hijos de Dios de los trabajadores.