Por: Gonzalo Flores-Castro Lingán

Sociabilidad, amistad y praxis

INTRODUCCIÓN

En el presente artículo pretendo exponer de forma sucinta algunas ideas sobre un tema al que nadie es ajeno: la amistad. El tema es bastante amplio, por lo que trataré de enfocarme en cuatro aspectos: el ser humano no es un ser solitario, necesita de los otros y sobretodo de amigos; la amistad como virtud y la necesidad de ser aprendida; las limitaciones que tiene la enseñanza de la amistad y una posible propuesta de solución. Abordaré el tema basándome en la tradición aristotélica.

El ser humano, social y necesitado:

Aristóteles y PlatónEn los tiempos que corren se ha popularizado la idea de que el hombre es autosuficiente y es egoísta por naturaleza. «El hombre es un lobo para el hombre» diría Hobbes, o anhela el estado de «inocencia» original en la cual era absolutamente libre de los otros, como propondría Rousseau. Es la postura del individualismo liberal, tan difundida en nuestros días. Desde este punto de vista, actuar “junto con otros”, lo mismo que existir “junto con otros”, es una necesidad que el individuo tendría que soportar, no representando ninguna cualidad positiva para el individuo. En definitiva, “los otros” serían fuente de limitación, serían un problema[i].

Esto choca frontalmente con el sentido común, que nos sugiere que el ser humano es, como diría Aristóteles, un animal social. Somos seres sociales por naturaleza; es parte de la condición humana, uno de los puntos de partida de nuestra libertad y de nuestro crecimiento. Esto es palpable para cualquiera que vea la realidad; vemos, por ejemplo, que no somos viables ni autónomos, los niños requieren de sus padres para sobrevivir o de los educadores para aprender a ser ciudadanos; por otra parte, no somos egoístas por naturaleza, es decir, nos movemos y actuamos en base a la confianza, como cuando nos fiamos en que el médico nos curará, o cuando tomamos medicinas sin pensar que son veneno (aunque haya habido casos de gente que envenena con medicinas), incluso nos fiamos de la pericia del conductor de auto en el que vamos a realizar nuestras actividades, y lo hacemos espontáneamente, como una especie de programa ya instalado en nuestro modo de ser. Además, no somos autosuficientes; somos inacabados, imperfectos; es decir, abiertos al futuro, al perfeccionamiento, a la libre búsqueda de la felicidad mediante la acción [ii]. Esta búsqueda es siempre acompañada y nunca sin los demás, puesto que una persona aislada sería una personalidad truncada, incompleta; sería, como dice Aristóteles, más que un hombre (es decir, un dios) o menos que un hombre (una bestia) aunque posea una apariencia humana [iii].

Así pues, necesitamos del resto para vivir, no sólo cualquier vida, sino una vida verdaderamente humana, una «vida plena» como dice el Estagirita o una «vida lograda» como dice Llano [iv]. Pero hablar de “los otros” es abstracto y nada práctico, pues cuando se habla de la sociabilidad para el desarrollo de aquello que Aristóteles llamó vida plena, se hace referencia, sobre todo, a dos niveles básicos de sociabilidad, la familia y, sobre todo, la amistad. Para Cicerón, esto es fácil de ver si uno se imagina, por hipótesis, en un destierro, pero privado en absoluto de compañía humana, «incluso la persona más intratable necesita algún tipo de amigo sobre el que vomitar el veneno de su aspereza». Por otra parte, C.S. Lewis precisa que la necesidad de la amistad no es biológica, pues no tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia [v].

La amistad, felicidad aprendida:

Nos aventuramos ahora en la amistad, aquella realidad que marca la sociabilidad humana libre y sin ataduras que no sean de propia voluntad. Hemos dicho que el ser humano es un ser social por naturaleza y requiere de los otros para sobrevivir y desarrollarse como persona. Más aún, requerimos de los otros para alcanzar cierto mínimo de bienestar económico, de salud e incluso de belleza (artes en general), que nos proporcionarán las bases para ser felices. La amistad, en ese sentido, se encuentra en ese orden de bienes que hacen posible el disfrute del resto de bienes humanos. Simplemente, la vida humana no vale la pena ser vivida sin amigos, por mucho que tuviéramos el resto de bienes [vi]. Sin embargo, hoy en día se puede decir que «pocos la valoran porque pocos la experimentan» [vii], siendo este fenómeno muy común entre jóvenes carentes de guía y de experiencia.

La amistad ha sido definida de muchas formas a lo largo de la historia. Aquí tomaremos la definición brindada por el Estagirita. Aristóteles, a pesar de algunos titubeos, considera que la amistad (philía [viii]) es una virtud, pues «se trata de un hábito de la decisión deliberada, es decir, se trata de un hábito que configura vitalmente nuestra existencia» [ix]. «La amistad es una virtud o va acompañada de virtud» dice el Estagirita (Et. Nic. VIII, 1, 1155a, 3-4). Esto sitúa a la amistad dentro del análisis de la ética, al menos de la ética aristotélica (de hecho, el tratado aristotélico sobre la amistad se encuentra en dos libros de la Ética a Nicómaco). Por otra parte, está enmarcada en lo que es el amor (philía), siendo una especial forma de amor.

Que la amistad sea considerada una virtud en el marco aristotélico trae varias aristas que cabe resaltar. Por una parte, si es una virtud se habla de una «disposición habitual de la decisión deliberada, consistente en un término medio relativo a nosotros, determinado según la razón, es decir, tal como lo haría el hombre prudente; más concretamente: un término medio entre dos extremos viciosos, el uno por exceso y el otro por defecto.» (Et. Nic. II, 6, 1106b 36- 1107a 3). Esta aproximación indica dos cosas al menos, en primer lugar, la amistad es una decisión libre, y al ser virtud, puede ir creciendo, es decir, puedo hacerme más amigo de mis amigos y más «amigable» (propenso a generar relaciones de amistad); en segundo lugar, la amistad no es cualquier acción, es un término medio entre el exceso y el defecto. Seguramente el extremo defectuoso es el hábito de carecer de amigos, asunto que la seguramente la mayoría de personas reconocerían como un aspecto negativo (una persona arisca, intratable, suele ser poco apreciado o considerado como infeliz, según el propio Aristóteles); quizás el extremo por exceso sea el menos propenso a crítica, es la banalización de la amistad, llamando amigo a cualquiera con el que se haya entablado una relación cordial o placentera[x], defecto frecuente en los jóvenes más que en los viejos.

Siendo la amistad tan necesaria para la vida lograda, es pues necesario «aprender» a ser amigos, lo cual es posible, al menos desde una visión aristotélica. Por desgracia, la situación acrítica de las relaciones de amistad banales suele desembocar en una actitud irreflexiva frente a ella, sobre todo en los jóvenes. ¿El resultado? La carencia de amigos [xi], rasgo común en la juventud, como diría Lewis: «pocos la valoran porque pocos la experimentan». ¿Qué hay qué hacer? A nuestro parecer, debido a la necesaria sociabilidad del ser humano para su perfeccionamiento y felicidad, debe de enseñarse a ser amigos, a conseguir la virtud de la amistad; para lo cual ser requiere enseñar ética desde temprana edad, lo que representa serios problemas.

Argumentar por la amistad: theoria y praxis

Según algunos comentadores de Aristóteles, resulta poco útil hablar de ética y política a los jóvenes, quienes, obnubilados por el ardor de sus pasiones, no están en condiciones de escuchar hablar sobre este tema[xii]. La paradoja salta a la vista, la juventud no es el mejor momento para escuchar sobre ética y política; sin embargo, es precisamente en esta época cuando más hace falta el impulso para vivir virtuosamente[xiii]. ¿Cómo enseñar la virtud en tales circunstancias?

La respuesta resulta difícil, pues brindar una “receta” para conseguir amigos no sirve de nada, no hay “pasos” para la amistad, aunque puede que existan ciertos principios por los cuales uno puede hacerse cada vez más «amigo». Ha de entenderse que tal sistematización para la praxis de la amistad el mismo Aristóteles tampoco lo hizo. El Estagirita se deslindó del llamado “intelectualismo socrático” sin proponer tajantemente un método alternativo claro y satisfactorio para transmitir la virtud[xiv].

Pese a ello, se sigue enseñando la amistad como mera teoría. Dice Zagal que «la expresión más naive de esta postura llevada a suponer que existen argumentos tales que producen acciones, Por decirlo de otra manera, un “buen argumento ético” es aquel que modifica nuestro comportamiento cuando engendra una convicción fuerte, una creencia tan arrolladora que motiva nuestra decisión y deviene acción». Algo falta para poder enseñar a ser amigos, falta una teoría que sistematice la forma de actuar y proponga ciertos principios que nos permitan generar la virtud de la amistad. Por desgracia, el Estagirita resiste la tentación de proporcionamos una receta o un procedimiento estándar en una materia tan frágil [xv], aunque proporciona ciertos consejos en algunas partes de su impresionante obra (por ejemplo, dice Aristóteles que podemos intervenir en el terreno del Iogos, aprovechándonos retóricamente de la confianza propia de la philía [xvi]).

Una propuesta para la enseñanza de la amistad:

Una propuesta de respuesta a esta difícil cuestión la podemos encontrar, fuera del campo de estudio de la filosofía, en el ámbito de la teoría de sistemas y de la acción humana. En concreto, en la teoría de la acción humana del doctor Juan Antonio Pérez López. Lo que se buscaría sería tender un puente entre ambas, es decir, tratar de mostrar la amistad de una manera útil, práctica y simple, a la luz de una teoría no filosófica que vaya a la praxis directamente, obviando las causas filosóficas.

Dicha teoría, en base a una serie de criterios universales para la acción humana y la toma de decisiones, y basándose en un modelo aristotélico del ser humano, expone los mecanismos básicos del actuar humano que pueden ser aplicados para entender mejor la parte operativa de la amistad y mostrar qué tipo de acciones nos llevan a generarla, incrementarla y mantenerla. Esto, evidentemente, no quiere decir que Aristóteles no sea práctico, sino que, si Pérez López está en lo cierto, lo que se expondrá en la teoría de la acción no será algo distinto a lo que muestre un correcto análisis filosófico, pero sí que será más operativo, es decir, más cercano a la praxis real[xvii].

El desarrollo de dicha propuesta escapa a los alcances del presente artículo, que sólo ha intentado ser una introducción al tema de la sociabilidad, la amistad, su necesidad y sus problemas en la práctica. Queda pues, pendiente el desarrollo y justificación teórica de dicha propuesta. Proyecto que nos proponemos a publicar en breve.

[i] Wojtyla, K., Persona y acción, BAC, 2007, pp. 320-321

[ii] ¿Decir que el hombre es un ser inacabado, imperfecto, quiere decir que está mal hecho? No, es “perfecto en su imperfección”, es persona humana, no se hace persona humana; se refiere a que está a su disposición la consecución del perfeccionamiento de su propia naturaleza. Cfr. Ferreiro, P., & Alcázar, M.; Gobierno de personas en la empresa, 6ta ed., Lima, Planeta, 2012, pp. 23-24.

[iii] Cfr. Aristóteles, Política, I, 2, 1242b 28-1253a 9. También lo afirma explícitamente en otro lugar: «El hombre por naturaleza es un ser que vive en comunidad». Ética a Nicómaco, I, 1097b 8-11.

[iv] Cfr. Llano, A.; La vida lograda, 6ta ed., Barcelona, Ariel, 2008.

[v] Ayllón, J.R.; ¿Es la filosofía un cuento chino?; 4ta Edición; Ed. Desclée De Brouwer; Bilbao, 2004, pp. 98-99.

[vi] «Sin amigos nadie escogería vivir, aunque tuviese todos los bienes restantes.» (Et. Nic. I, 1555a 5-6)

[vii] Lewis, C. S.; Los cuatro amores. Madrid, Rialp, 1991, pp. 70.

[viii] Al parecer la acción propia de la amistad sería el amor de benevolencia, el querer el bien del otro; pero con la diferencia de que debe ser recíproco entre los amigos.

[ix] Zagal, H.; Amistad y felicidad en Aristóteles. México D.F., Ariel, 2014, pp. 43

[x] Ibídem, pp. 46-48

[xi] Ibídem.

[xii] Zagal, H.; ¿Vale la pena argumentar en Ética? Amistad, creencia y retórica en Aristóteles. Tópicos, Revista de Filosofía (28), 2005, 159-190.

[xiii] Ibídem

[xiv] Ibídem

[xv] Ibídem

[xvi] Ibídem

[xvii] Pérez López, J.A. Enseñar a pensar, Barcelona: Pro manuscrito, s/f, pp. 3

PENDIENTE DE PUBLICACIÓN