Mons. Javier Del Río Alba[1]
Arzobispo de Arequipa

Permítanme comenzar agradeciendo a mi antiguo compañero de estudios en la carrera de Derecho, el P. Emilio Garreaud, por haberme invitado a presentar la colección de su autoría titulada Un siglo de solidaridad con el pobre. La acción social de la Iglesia en Arequipa, compuesta por tres volúmenes: La solidaridad laical; La acción social y política de los católicos arequipeños; y Las gestas sociales del clero y los consagrados en las tierras del Misti.

Como el tiempo es siempre corto, no quiero entretenerme en los merecidos títulos y grados académicos de nuestro autor. Baste con mencionar que tiene tres doctorados: uno en Educación, otro en Teología y el tercero en Ciencias Sociales, así como algunas maestrías. Su desempeño en el mundo académico, entonces, viene de larga data y lo ha llevado a ocupar diversos cargos de importancia, entre los cuales sólo destacaré el de Director del Instituto para el Matrimonio y la Familia, de la Universidad Católica de San Pablo, cuando el P. Emilio vivió en nuestra ciudad, y el actual de Rector de la Universidad Juan Pablo II, en San José de Costa Rica, donde ahora vive.

No es primera vez que el P. Emilio incursiona en la vida y obra de personajes vinculados a nuestra Iglesia en Arequipa. Ya antes nos ha ilustrado con otras publicaciones fruto de su investigación, como son, por ejemplo: los libros Por una sociedad reconciliada. Testimonios de vida cristiana en Arequipa e Historia de una conversión. La senda de Víctor Andrés Belaúnde.

Con la colección que ahora presentamos, nuestro autor avanza en la apasionante senda del conocimiento de la misión desarrollada por la Iglesia en nuestras tierras y nos traslada al período comprendido entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Época muy importante para la vida de la Iglesia universal, pues estuvo marcada por el Concilio Vaticano I, los primeros documentos del Magisterio en materia de Doctrina Social de la Iglesia y los movimientos precursores de lo que después sería el Concilio Vaticano II. Época también importante para la Iglesia en América Latina, que el año 1899 celebró el primer Concilio Plenario Latinoamericano, y para la Iglesia en el Perú que durante el período materia de estudio tuvo no pocas dificultades ante la llegada de las primeras ondas del proceso de secularismo provenientes de Europa. Época muy importante también en la historia de la humanidad, si tenemos en cuenta las consecuencias de la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, las dos guerras mundiales y los modernos totalitarismos; así como en la historia del Perú que poco antes había comenzado su vida republicana, con la precariedad institucional propia de esas décadas, y se vio envuelto en la guerra con Chile, situaciones ambas que naturalmente afectaron a Arequipa que, además, sufrió el terrible terremoto del año 1868 y, posteriormente, inició el proceso de cambio derivado de las transformaciones económicas, sociales, políticas e ideológicas que por entonces se dieron.

En ese contexto de la historia de la humanidad, del Perú y de Arequipa, y de la historia de la salvación, el P. Garreaud nos presenta la acción social de la Iglesia en estas tierras del Misti, desde aquella llevada a cabo por los obispos o promovida por ellos, hasta la desarrollada por el clero secular, congregaciones religiosas y, no menos importante, por laicos.

Como dijo el beato Pablo VI: “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad […] Se trata también de alcanzar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” (Evangelii nuntiandi, 18).
Esa labor evangelizadora, desde la cual y para la cual existe la Iglesia, se ha llevado siempre a través de tres dimensiones que se sintetizan en el axioma: lex credendi, lex orandi, lex vivendi que, en castellano, podemos explicar como: aquello en lo que creemos (la fe), es lo que celebramos en la oración (liturgia) y lo que vivimos en nuestra vida cotidiana (caridad y solidaridad). Como era de esperar, desde su llegada a nuestras tierras, hasta nuestros días, la Iglesia en Arequipa ha siempre desarrollado así su misión. El P. Emilio, en la colección que estamos presentando, ha querido centrar su atención en la lex vivendi de nuestra Iglesia local en el período de tiempo antes señalado y, por eso, la ha titulado Un siglo de solidaridad con el pobre. La acción social de la Iglesia en Arequipa. Dos frases que sintetizan el contenido de su publicación: por un lado, las obras de caridad a favor de nuestros hermanos más necesitados; por otro lado, la acción social, que es más amplia que las obras de caridad, a favor de nuestra región, del Perú y más allá de nuestras fronteras.

El primer volumen de la colección, dedicado a la Solidaridad laical, comienza presentándonos la situación de Arequipa a fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Al terremoto y la guerra con Chile, que ya hemos mencionado, así como a su identidad agrícola y comercial, se irán añadiendo las industrias y, con ellas, el crecimiento poblacional y la aparición de la clase obrera propiamente dicha. Al mismo tiempo, se desarrolló una intensa vida cultural y religiosa que mereció que a Arequipa se le conociera como “la Católica” y que el Papa Pío XII la denominara “la Roma del Perú”.

En ese contexto, no nos debería llamar la atención que, como sostiene el P. Garreaud, en cierto sentido se pueda decir que la Iglesia en Arequipa como que se anticipó al magisterio pontificio en materia social y, en todo caso, se apresuró a acogerlo, difundirlo y ponerlo en práctica. Sabemos que el crecimiento de la industria dio lugar a no pocos abusos sobre el llamado proletariado y a diversos cambios en las sociedades, lo que llevó al Papa León XIII a escribir la famosa encíclica Rerum novarum o, De las cosas nuevas, en la que denunciaba que numerosos hombres: “Están casi siempre oprimidos por la miseria y degradados por un trabajo realizado en condiciones inhumanas. Poco menos que la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios” (Rerum novarum, 7).

Como nos relata el P. Emilio, el entonces obispo de Arequipa, Monseñor Juan Antonio Huerta, publicó una carta pastoral para presentar esa encíclica, lo cual sirvió de aliciente para que los católicos arequipeños trabajaran más intensamente a favor de los pobres y, en especial, para que se potenciara asociaciones laicales que ya existían con esa finalidad y se creara otras nuevas. Asimismo, movidos por la posterior encíclica Quadragesimo anno, de Pío XI, nuestros laicos se empeñarán en diversas formas de asociacionismos a favor de la clase obrera. De esa manera, a la Sociedad Fraternal San José, ya existente, se añadieron otras como la Sociedad de Obreros del Santísimo Rosario, la Sociedad de Obreros del Corazón de Jesús, la Climática de Pedro P. Díaz, la Sociedad Obrera de Socorros Mutuos, etc.

Entre ellas, nuestro autor destaca el Círculo de Obreros Católicos fundado hacia el año 1896 a iniciativa del misionero franciscano Fr. Mariano Holguín, que diez años después fue preconizado obispo de Arequipa. No es posible ahora reseñar la vasta labor de esta obra, que el P. Emilio hace muy bien, pero no podemos dejar de mencionar su Escuela Nocturna de Obreros, su sección de Socorros Mutuos, su Centro de Formación Cultural, sus Conferencias sobre temas políticos, sociales y religiosos, así como la construcción del Barrio Obrero. Todo esto y mucho más fue posible gracias al impulso de Monseñor Holguín y al apoyo de otros clérigos, pero también por la decidida participación de laicos católicos como José Miguel de la Rosa, José Cáceres, Augusto Benavides y Juan Vidaurrázaga el fundador de la fábrica de chocolates La Ibérica. Ellos, como muchos otros, trabajaron a favor de la causa obrera e hicieron posible que, si bien el Círculo de Obreros Católicos era de carácter religioso, social y cultural, influyera también, desde la fe católica, en la vida política del Perú.

Ahora bien, «si la justicia es el mínimo del amor, el amor es el sentido último de la justicia»[2]. Para el cristiano, la dedicación al otro no está vinculada solamente a un mandamiento de Dios sino que proviene de reconocer la presencia de Dios en aquel que sufre[3]. Desde esa perspectiva, se comprende que los laicos arequipeños de finales del siglo XIX e inicios del XX llevaran a cabo numerosas obras de caridad, a través de las cuales no sólo ayudaron a los necesitados, sino que buscaron su propia santificación. A ellas dedica nuestro autor el último capítulo de su primer libro. Leerlo nos permite conocer el bien realizado por las órdenes terciarias, cofradías, hermandades y agrupaciones como las Conferencias de San Vicente de Paúl, la Compañía de María o la Juventud Antoniana, por sólo nombrar algunas.

No menos cautivador es el segundo volumen de la colección que estamos presentando. Como su título lo indica, en él el P. Emilio nos ilustra sobre La acción social y política de los católicos arequipeños, la misma que se dio de dos modos distintos, según las necesidades. Inicialmente, la participación de los católicos estuvo más orientada a la defensa de la fe y la moral, ante la propagación de corrientes de pensamiento de corte inmanentista, como el anarquismo, el positivismo, el socialismo o el comunismo. Después vino la participación más concreta en la política partidaria, tanto a través de la gestación de algunos de los principales partidos políticos de inspiración cristiana en el Perú, como en la participación en otros partidos no menos importantes en la época.

La antropología moderna, fundada en la exaltación de la razón humana y en la negación de la Metafísica, había comenzado a llegar al Perú en torno a los años de Independencia. Poco a poco iban encontrando adeptos aquellas corrientes que propugnaban la autosuficiencia de la vida social y política y la identificación del concepto de progreso con lo meramente intramundano. El «democratismo liberal moderno» se fundaba en el individualismo de base y en el pueblo como única fuente de autoridad. Con la Revolución Francesa se había llegado a la hegemonía del poder civil y la secularización de la vida pública. Dios dejaba de ser el summum bonum público y su puesto lo ocupaba la Nación.

El inmanentismo revolucionario hizo de lo laico, de lo mundano y secular, el símbolo de la diferencia entre el Estado-Nación y su gran rival, la Iglesia, depositaria del orden religioso trascendente: el Estado, una concentración de monopolios, monopolizó también la esfera de lo laico atrincherándose en ella frente a la Iglesia para liberarse de la religión[4].
En la nueva religión de la humanidad, el cielo sería el futuro estado perfecto que una humanidad regenerada crearía por su propia voluntad. El árbitro final no sería ya un juez divino, sino más bien las generaciones futuras de una humanidad más feliz y definidas vagamente como “posteridad”[5].

Surgía así, también en nuestras tierras, la gran utopía de la Modernidad, según la cual el hombre no tiene un destino trascendente y todo el sentido de su existencia se reduce a la construcción de un Estado perfecto que sea capaz de garantizar su propia felicidad. En el campo del Derecho, se comenzaba a imponer el positivismo kelseniano llevado al extremo de no aceptar ninguna norma superior a la Constitución Política del país. En ese contexto, por ejemplo, como nos narra nuestro autor, el año 1867 se presentó en el Congreso de la República un proyecto de ley para la desamortización de los bienes eclesiásticos y la introducción de la tolerancia.

Los fieles laicos no se hicieron esperar y reaccionaron organizándose en diversas asociaciones a favor de la causa católica. A nivel nacional destacó la Sociedad Católica Peruana, cuya filial en Arequipa tuvo especial fecundidad. Como se ha dicho, sus miembros no tuvieron la intención de intervenir en política partidaria para llegar al gobierno, pero sí buscaban orientar a los políticos en asuntos vinculados a la Iglesia y sus enseñanzas. También a nivel nacional destacó la Unión Católica, fundada en medio de la tormenta desatada por la expulsión de los jesuitas del Perú por parte del gobierno de turno. Si bien el acto fundacional se realizó en Lima, la idea de crearla se dio en Arequipa. Entre sus fines están: la unión de los ciudadanos católicos, la defensa y propagación de los principios y obras católicas y, en particular, de los derechos de la Iglesia en la esfera pública. Sus miembros participaron activamente en la campaña del año 1889 contra la promulgación de leyes aprobando el matrimonio civil y la tolerancia de cultos.

Estas asociaciones y otras desembocaron en la creación de la Acción Católica que, como sabemos, es una asociación internacional que existe hasta nuestros días y que durante varias décadas fue el brazo laical más fuerte de la Iglesia.

En cuanto a la actividad partidaria, toda vez que la concepción del Estado – Nación había nacido de una cosmovisión no cristiana, los católicos arequipeños, al igual que sucedió en otros lugares, inicialmente no fueron proclives a participar en ella. Sólo después de ciertos pronunciamientos del magisterio de la Iglesia, las cosas se fueron aclarando y nuestros laicos se comenzaron a involucrar. Se fundaron, por ejemplo, el Partido Católico de Arequipa y el Partido Unión Popular, así como más adelante la Democracia Cristiana. El laicado arequipeño comenzó a intervenir en la política partidaria en el país, haciendo mucho bien gracias a su inspiración social – cristiana, entre cuyos exponentes nuestro autor dedica merecidas páginas a Don Víctor Andrés Belaúnde y Don José Luis Bustamante y Rivero.

Pasando ahora al tercer libro de la colección que estamos presentando, el P. Emilio le ha puesto un título bastante elocuente: Las gestas sociales del clero y los consagrados en las tierras del Misti. A los obispos y el clero secular les dedica el primer capítulo y a las órdenes religiosas les dedica el capítulo segundo. Añade, además, un tercer capítulo sobre la prensa católica, que si bien no toda ni siempre estuvo en manos de clérigos, sí encontró en ellos un aliciente y acompañamiento.

Hemos hecho ya referencia a la difícil época que la Iglesia tuvo que atravesar desde los tiempos de la Independencia. La masonería y diversas corrientes de pensamiento intentaron debilitar su influencia en la población y algunos gobernantes no encontraron mejor forma que erosionarla económicamente, perseguir y hasta calumniar a sus pastores, etc. Corresponderá a los pastores de Arequipa participar activamente en la defensa y promoción de la Iglesia a nivel nacional, lo que fue posible gracias al surgimiento de una nueva generación de clérigos, formados varios de ellos en nuestro Seminario San Jerónimo, junto a aquellos que Bartolomé Herrera, posteriormente obispo de Arequipa, formó en el Convictorio de San Carlos.

Nuestro autor hace un buen repaso de los principales aportes de los obispos de la época materia de su investigación: José Benedicto Torres, Juan Ambrosio Huerta, Manuel Segundo Ballón y Mariano Holguín. Citando sus cartas pastorales y otros pronunciamientos, el P. Garreaud nos traslada a esas décadas de decidido y valiente pastoreo de la grey arequipeña, y nos presenta las obras sociocaritativas emprendidas o promovidas por mis ilustres predecesores, así como diversos aspectos de sus enseñanzas en materia de moral y doctrina social de la Iglesia. Nos introduce también en la colaboración del clero secular en la labor social de sus obispos. Todo ello, en el marco de aquellos eventos a los que antes me he referido: el Concilio Vaticano I, el Concilio Plenario Latinoamericano y las primeras asambleas episcopales en el Perú.

En cuanto a las órdenes religiosas, el capítulo segundo de este último libro nos presenta varias obras sociales y educativas realizadas tanto por las órdenes de más antigüedad en Arequipa, como los dominicos, franciscanos, mercedarios y jesuitas, como por aquellas fundadas después: los salesianos, los hermanos de La Salle, las Hermanas de la Caridad, las Franciscanas Misioneras de María, las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y las Hermanitas de los Ancianos Desamparados que, como es sabido, hasta ahora tienen a su cargo el Asilo Lira. Sin restar valor a estas obras, destaca también la obra social del P. Duhamel y la labor de los Padres de la Misión. La lectura de este interesante capítulo nos permitirá descubrir que las más importantes obras de beneficencia en Arequipa fueron fundadas gracias a la entrega de aquellos varones y mujeres que abrazaron los consejos evangélicos y supieron hacer presente el amor de Dios a nuestros hermanos más pobres y necesitados.

Reflexión final

Hemos de agradecer al P. Emilio por estos tres volúmenes. Es una importante contribución para el mejor conocimiento de la vida y obra de nuestra Iglesia particular en este campo tan importante de la pastoral sociocaritativa de la Iglesia.

Hacer memoria es muy importante, porque no se puede comprender el presente ni proyectarnos al futuro sin conocer nuestro pasado.

Al leer los libros que esta noche nos han reunido, se ve con claridad la presencia de Dios conduciendo a la Iglesia en Arequipa en medio de las dificultades externas e internas, así como a las limitaciones de sus propios miembros. Esto nos alienta en estos tiempos en que el secularismo arrecia y, bajo la máscara de una supuesta tolerancia, nos quiere imponer la dictadura del pensamiento único y, con nuevas estrategias, quiere callar una vez más a la Iglesia.

Así como Dios fue fiel con nuestra Iglesia en los siglos pasados, también lo será con nosotros en estas primeras décadas del tercer milenio y lo será siempre.

Hago votos porque la lectura de estos libros nos inspire nuevas fórmulas pastorales que hagan posible la renovación de nuestra Iglesia en la nueva evangelización a la que nos convocó San Juan Pablo II y a la que nos sigue llamando el Papa Francisco. Nueva en su método, en su ardor y en sus formas de expresión, pero sólo creíble en la medida en que el anuncio del Evangelio vaya acompañado de las obras de misericordia espirituales y corporales.
Es fundamental que el laicado católico no se recluya en las sacristías y salones parroquiales sino que salga de su zona de confort para participar más activamente en el ámbito de la política, la cultura, las artes y aquellos campos en los que se define el futuro de Arequipa y el Perú.

[1] Conferencia presentada por el Arzobispo de Arequipa, Mons. Javier del Río Alba, en la presentación de la colección de libros “Un siglo de solidaridad con el pobre. La acción social de la Iglesia en Arequipa”, de autoría del R.P. Emilio Garreaud Indacochea. Este evento se realizó en la Universidad Católica San Pablo (Arequipa, Perú), el 12 de mayo de 2016.
[2] D. Borobio, Los laicos y la evangelización, Bilbao 1987, 214.
[3] Cfr. P.J. Cordes, Ci ha amati per primo. Le radici dimenticate della carità, Milano 1999, 26.
[4] D. Negro, Lo que Europa debe al cristianismo, Madrid 2004, 38.
[5] I.D. Garzón Vallejo, Bosquejo del laicismo político, Arequipa 2006, 39.

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Este artículo debe citarse, según el formato APA, de la siguiente manera: Del Río, Javier (2016): “Un siglo de solidaridad con el pobre: la acción social de la Iglesia en Arequipa”. En Boletín de Doctrina Social de la Iglesia, año 9, n° 19, pp. 20-24. Arequipa, Perú: Centro de Pensamiento Social Católico de la Universidad Católica San Pablo y Observatorio Internacional Card. Van Thuân. Disponible en el sitio web: http://ucsp.edu.pe/cpsc/un-siglo-de-solidaridad-con-el-pobre-la-accion-social-de-la-iglesia-en-arequipa/