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El amor y el sentimiento

El amor y el sentimiento

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La experiencia de trabajar con familias por más de quince años nos muestra que es usual ver esposos que van por la vida tratando de hacer que su matrimonio perdure en el tiempo, basados no en el amor sino únicamente en el sentimiento.

No lo dicen así y si uno les preguntara probablemente responderían que no, que conocen las razones de fondo y que saben que el matrimonio es un compromiso, etc., pero en la práctica, quitando ruidos y disfraces, el juicio sobre el éxito de sus matrimonios lo juzgan desde la experiencia de sentirse bien o mal con su cónyuge.

Este estilo de vida está siempre amenazado por el gran temor de que todo acabe en cualquier momento. No es raro que se pregunten ¿Cuánto durará?

Esta problemática surge de un grave error intelectual sobre la naturaleza del amor. Desde pequeños hemos sido invadidos con la idea de que el amor es un sentimiento, hermoso, grande, noble, lleno de maravillas, emociones desbordantes y finales felices, pero un sentimiento, y como tal algo tan voluble e inestable como son todos los sentimientos.

Por eso la sensación de estar a merced de ellos y sentir también que nuestro compromiso durara lo que el sentimiento dure.

Esta idea va apoyada por películas, novelas, series de televisión, noticias y un sinnúmero de manifestaciones artísticas, en los que vemos que las parejas se dicen lo nuestro terminó, pues ya no siento nada por ti con la misma frecuencia e intensidad con que se juran amor eterno.

Es evidente que si basamos nuestro amor y nuestro matrimonio solamente en el sentimiento, no vamos a tener un final feliz y que sería una locura comprometerse por toda la vida en algo tan inestable.

El sentimiento en sí mismo no tiene más contenido que su propia existencia ni más finalidad que satisfacerse. Nadie debería comprometerse de por vida asumiendo un responsabilidad tan grande como casarse basado solo en ello.

El error conceptual de identificar el amor con el sentimiento tiene la contrapartida de olvidar que en realidad éste es un ejercicio de la voluntad.

El Concilio Vaticano II nos dice que el amor conyugal radica sobre todo en la ella y no en el sentimiento, mucho menos en la sensualidad. Radica en la inteligencia y se realiza por la voluntad, y justamente por ello, sostiene e ilumina los sentimientos y la sensualidad propia del amor conyugal.

Cuando en el altar damos nuestro consentimiento que dice Yo, te recibo a ti, como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida, lo que se hace es un compromiso y ese compromiso está basado en nuestra voluntad.

Una voluntad de atendernos y donarnos cada día. Esa promesa de brindarnos a nuestro cónyuge debe ser renovada día a día para poder cumplir lo prometido.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda: El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad.

El matrimonio es una entrega de cuerpo y alma, y esta entrega está dirigida por la voluntad, solo así podemos a sentir y ofrecer seguridad en nuestra relación, saber que el matrimonio durará lo prometido y afirmar con verdad en el altar que asumiremos nuestro compromiso por todos los días de vida que Dios nos conceda.

Abogado por la Universidad Católica de Santa María. Candidato a maestro por la Universidad Católica de Santa María. Estudios culminados en segunda Especialidad en Docencia Universitaria Católica por la Universidad católica San Pablo. Conciliador Extrajudicial por el Ministerio de Justicia, Ex-Miembro del Tribunal Arbitral de la Cámara de Comercio de Arequipa. Profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica San Pablo.