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El carácter único de la persona en Robert Spaemann

Carácter único de la persona

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La noción de persona es uno de los temas más hondos de los que se ha ocupado siempre la humanidad. Robert Spaemann es un filósofo alemán que se caracteriza por establecer un diálogo constante y fecundo entre diferentes tradiciones filosóficas de Occidente. Sus intervenciones en los más diversos debates éticos, así como su defensa de un lenguaje simple para hablar de la filosofía y su libertad de conciencia frente al relativismo, hicieron de él un referente fundamental para la filosofía del siglo XX y las dos primeras décadas del siglo XXI. Su pensamiento tiene en la noción de persona una de las claves interpretativas de toda la realidad. En esta nota esbozamos brevemente un aspecto clave de la noción de persona en Spaemann.

“El hecho de que el hombre sea capaz de acción, significa que cabe esperarse de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable. Y una vez más esto es posible debido a que cada hombre es único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo”[1].

Según esta afirmación de Hanna Arendt, la novedad radical con la que cada persona ingresa en el mundo nos permite afirmar el carácter único de la persona. Sin embargo, el mundo al que la persona llega no está vacío, sino habitado por seres distintos a ella y por seres en los que podrá verse reflejada, porque son como ella sin ser ella. En cada persona hay algo incomunicable, algo que existe en ella y no en otros. Cada persona tiene su propia naturaleza humana de tal modo que la humanidad de uno es distinta a la de otro. Con todo, existe una forma universal de humanidad que es común a todos los hombres de la que cada hombre participa, por lo que podemos afirmar que cada persona es comunicable en un aspecto e incomunicable en otro.

En la realidad no existen dos seres absolutamente iguales, por lo que la incomunicabilidad de su ser será mucho más intensa o más pobre según el ser del que se trate: será absoluta si le corresponde a Dios y pobrísima si se trata de un mero ejemplar de una cosa de la que existen numerosos ejemplares. En este sentido, parece que la incomunicabilidad del ser se fortalece mientras se asciende en la escala de los seres. Así, la incomunicabilidad de las personas humanas es pronunciadísima respecto a la de los seres infrapersonales.

Ahora bien, afirmar la incomunicabilidad no implica negar la comunión interpersonal. Aquí se advierte la peculiaridad de la persona de ser única y singular. La lógica de la incomunicabilidad está dirigida a la intersubjetividad, que está fundamentada en nuestra naturaleza humana común. El reconocimiento del hombre como persona, por tanto, debe darse en estas dos dimensiones: su individualidad incomunicable y su semejanza respecto de las otras personas con las que comparte una misma naturaleza.

El reconocimiento del hombre como persona, como lo plantea Spaemann, trasciende su pertenencia a la misma especie, pues el hombre no sólo es más valioso que otros seres vivos, sino que es inconmensurable, también respecto de los demás hombres. La lógica cuantitativa por la que el valor de diez es mayor que el de uno no es aplicable a las personas. El reconocimiento de un hombre como persona reclama también reciprocidad, es decir, reconocer que las personas, en nuestra singularidad, compartimos una naturaleza. Los hombres somos semejantes pues cada uno de nosotros es igualmente único e irrepetible: “Los hombres son más o menos semejantes como hombres. Como personas no son semejantes, sino iguales, y lo son en el sentido de que cada una es única y su dignidad es inconmensurable”[2]

Así, la dignidad de cada persona humana singular, es común a toda la humanidad. Se hace necesario y urgente proponer en cada época de la historia esta dignidad inalienable. De lo contrario repetiremos los errores del pasado. La larga y triste historia de los atentados contra la persona y la sociedad es algo de lo que debemos aprender. No hay totalitarismo que no comience por poner en duda esta dignidad, sea disolviendo a la persona en el colectivismo, sea encerrándola en el individualismo. Tanto uno como el otro son caras de la misma moneda, sustituciones falsas del concepto de persona y de libertad que terminan por destruir la sociedad humana.

 

[1] ARENDT, Hanna, La condición humana, 1958

[2] SPAEMANN, Robert, Personas. Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”,2010.

Magister en Filosofía y en Bioética por la Universidad Católica San Antonio de Murcia, España. Ingeniera de Industria Alimentaria por la Universidad Católica de Santa María, Arequipa. Miembro del Comité de Ética para la Investigación Médica del Hospital Carlos Alberto Seguín Escobedo, Essalud. Profesora de Antropología Filosófica y Teológica y encargada de la coordinación de Pregrado en el Departamento de Humanidades de la Universidad Católica San Pablo.