COVID e historia

El COVID-19 en el ojo de la historia

El COVID-19 en el ojo de la historia

COVID e historia

 

A propósito del COVID-19. Dice el viejo adagio: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Y a pesar de esa mala costumbre de considerarnos “especiales” y pensar que nuestras ideas, fracasos y peligros son únicos e irrepetibles, la Historia suele despejar ese ese espejismo que es producto actual de una cultura que asume que todo tiempo futuro es y será mejor.

Los antiguos eran, en ese sentido, más sabios que nuestros contemporáneos. Sabían que existe una naturaleza humana invariable a pesar del tiempo y que, por ello, convenía revisar de vez en cuando el pasado.

Así pues, es innegable que los daños sociales, económicos, culturales y políticos que ha acarreado la propagación del COVID-19 imponen una reflexión continua en todos los ámbitos, a fin de avizorar así una solución a la actual emergencia sanitaria y a sus secuelas.

En ese sentido, la perspectiva histórica permite un rico análisis del presente, acercándose a él con la experiencia que los siglos han aportado a la humanidad en la lucha contra epidemias y plagas. Pretendemos, pues, hacer un recuento de las pandemias que más estragos causaron a la humanidad en unas breves líneas, esperando que cada lector reflexione sobre sus particulares características y efectos, y cómo ellos se asemejan a nuestra actual crisis de salud.

La más antigua plaga que la Historia recuerda con cierta profusión –es decir, ha documentado con cuidado– es la llamada Peste de Atenas. Fue descrita por Tucídides, quien –como Sócrates– sufrió sus embates y sobrevivió para contarla.

La plaga asoló a la célebre ciudad entre los años 430 al 426 a.C., en plena Guerra del Peloponeso. Justamente, el déficit alimentario y el hacinamiento de la población en la ciudad, como consecuencia de la guerra, fue causa de su mayor letalidad. Entre sus víctimas podemos contar ni más ni menos que a Pericles, uno de los más grandes líderes de Atenas e impulsor de la guerra contra Esparta que al final agudizó la enfermedad.

Según Diodoro de Sicilia, la plaga cobró la vida de un tercio de la población. Los relatos de Tucídides nos presentan un cuadro patético: gente lanzándose a los pozos de agua para apagar la sed provocada por la enfermedad, muertos abandonados en las calles y sepulturas rebosantes de cadáveres. Justamente, en el 2002, un grupo de arqueólogos griegos excavaron una fosa común repleta, desordenada y pobremente adornada, datada en tiempos de la epidemia.

En el análisis de ADN de las piezas dentales encontradas en la sepultura se encontraron rastros de Salmonella Typhi, el agente desencadenante de la fiebre tifoidea. Otros investigadores sugieren que, por los síntomas descritos por Tucídides, el tifus o la viruela pudieron haber causado la plaga.

El Imperio Romano, que acercó a los pueblos como nunca se había visto antes, y generó una “globalización” del comercio y las costumbres en la antigüedad, también fue blanco de diversas plagas. Tito Livio, Tácito, Suetonio y Flavio Josefo han sido cronistas de episodios de epidemias en este periodo. Pablo Fuentes, al respecto señala que: “la primera gran plaga, de la que tenemos noticia, data de la época Marco Aurelio”.

Esta se difundió desde la Partia de los Arsácidas por las tropas romanas que asediaban Seleucia en el verano de 165.  Otra gran peste se desarrollaría en tiempos del emperador Treboniano Galo (251-253).

No obstante, la mayor plaga en tiempos del Imperio Romano se desarrollaría en el ocaso de éste. Hablamos de la plaga de Justiniano del 500. Las fuentes refieren que un 20% de la población mediterránea falleció a causa de la peste bubónica, alrededor de 30 millones de personas. La plaga habría llegado de oriente (como en la mayoría de las pandemias), quizás desde las estepas de Mongolia. La crisis que generó esta epidemia debilitó el imperio de Justiniano, acelerando su declive y propiciando la invasión de los pueblos eslavos.

La peste negra de mediados de 1300 es considerada la más catastrófica de las pandemias que ha sufrido la humanidad. Ha sido muy estudiada, y sin embargo, sigue fascinando a historiadores como lo hizo con Le Goff y Delumeau, quienes resaltaron el cambio cultural que se desarrolló en torno a ella.

El arte fue impactado por la epidemia y se generaron nuevos géneros y tópicos como la danza macabra o el ars morendi, que se enfocaban obsesivamente en la muerte (como actualmente todo el arte popular viene marcado de alguna u otra manera por el sexo, como ejemplifica muy bien el reggeaton). Delumeau incluso afirma que el cisma protestante de Lutero se origina por la superstición en que cayó la población (deformando el culto tradicional) por miedo a la muerte.

De lo que sí estamos seguros es que también provino de oriente y que mató a un tercio de la población europea. Son desgarradores los cuadros que, en el Decameron, describe Bocaccio sobre la peste en Florencia: cerdos comiendo cadáveres en las calles y ciudades abandonadas al robo y el libertinaje.

Otra gran crisis sanitaria, del nivel de las anteriores, fue la catástrofe demográfica que se produjo luego la conquista europea de América. Hasta ahora hay un debate profuso entre especialistas sobre las cifras.

Noble Cook y Borah señalan que el despoblamiento llegó al 90%. Rosenblat, por su parte, señala que no llegó al 25%. Más allá de ello, es incuestionable la crisis producida por las sucesivas oleadas de enfermedades que llegaron desde Europa desde el descubrimiento de América.

Hablamos de viruela (1519), sarampión (1530), gripe, tos ferina, y un gran etc. Todo el siglo XVI fue testigo de este despoblamiento acelerado producto del contacto con virus y bacterias desconocidos por parte de una población sin inmunidad. Esta catástrofe, según los estudiosos, sería una de las más importantes variables del triunfo de los europeos conquistadores; quienes de manera no consciente o deliberada (como sí lo harían después ingleses, estadounidenses y argentinos) se beneficiaron de una “conquista biológica”.

Son insuficientes estas líneas para agotar un recuento simple de las pandemias que atacaron a la humanidad. Se nos quedan muchas, como la mal llamada “gripe española”; brote de influenza surgido en Rusia y difundido en embarques militares al final de la Primera Guerra Mundial en Francia. Sin embargo, las constantes entre las epidemias son patentes y, esperamos, las lecciones también.

Magister y abogado en Derecho Penal por la Universidad Católica de Santa María, licenciado en Educación por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y magister en Historia por la Universidad Católica San Pablo. Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente viene investigando sobre la violencia cotidiana en Arequipa a fines del Virreinato, y es profesor del Departamento de Teología, Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica San Pablo.