La familia como educadora de virtudes en el niño

La familia como educadora de virtudes en el niño

la familia como educadora

Nuestra sociedad está atravesando por una grave crisis en la actualidad, vemos diariamente casos en donde el bien común es dejado de lado, primando más bien el interés individualista por buscar el propio beneficio; en este contexto nos preguntamos dónde se encuentra el origen de esta crisis, por qué el hombre ha perdido de vista consideraciones éticas elementales que guíen su accionar; considero que el punto de partida de esta crisis es la desvalorización de la familia y de la importancia que tiene para el desarrollo  pleno de la persona humana; actualmente se ha perdido de vista el hecho de que la familia es “una comunidad de personas, la célula social más pequeña, y como tal es una institución fundamental para la vida de toda sociedad”[1].

La familia es el lugar en donde el ser humano puede y debe ser educado, es el lugar en donde la persona recibe todos los cuidados y protección necesarios para su desarrollo tanto físico como moral; en este sentido, la revalorización de la familia en nuestra sociedad es una tarea urgente. La familia es la principal educadora del ser humano[2] y por lo tanto, de cómo se lleve a cabo la dinámica familiar y hacia donde se dirijan los esfuerzos formativos que se den dentro de ella, dependerán las características que distingan a las personas que conforman nuestra sociedad.

El primer punto a considerar en esta revalorización que debemos hacer de la familia, es tomar en cuenta qué es lo que significa educar, en este sentido nos remitimos a la definición que Santo Tomás nos da de educación: “conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud”[3]; en esta línea vemos que educar no se reduce a transmitir información o buscar el logro de ciertos comportamientos positivos, sino, es procurar todos los esfuerzos para que la persona pueda alcanzar su perfección, la cual consiste en desarrollar la virtud; la misma definición de Santo Tomás, al hablar de conducción y promoción de “la prole”, nos muestra el lugar donde se debe llevar a cabo esta tarea y a quiénes en particular les compete: a los padres.

A partir de esta definición de educación, podemos decir que una auténtica educación consiste en la forja de la virtud y que el desarrollo de ésta es lo que finalmente da lugar a una perfección en la persona ya que es lo que realmente responde a su misma naturaleza. En este sentido, se hace necesario comprender qué es la virtud, para ello nos remitimos a una definición muy sencilla: la virtud es un “hábito operativo bueno”[4] que “perfecciona al hombre para obrar bien”[5]; al ser un hábito, para su desarrollo se requiere de una repetición constante de acciones, pero dicha repetición no es un obrar mecánico o automático, sino que debe ser un obrar consciente, un obrar voluntario y por elección y un obrar con firmeza y constancia. Para el logro de esta forma de obrar en el ser humano, se requiere de un proceso educativo, el cual tiene como base y sustento en primer lugar el testimonio y buen ejemplo de los padres, los cuales deben procurar un ambiente familiar óptimo basado en el amor y respeto entre sus miembros.

El logro de la virtud será una realidad en la persona en la medida que sea capaz de optar libremente y con plena comprensión por un obrar bueno que lo lleve al bien; el camino para alcanzar ello es largo y se inicia desde el momento mismo del nacimiento; ahora bien, puede parecer que la educación en virtudes es algo muy difícil de alcanzar o que incluso pueda parecer contrario a la misma naturaleza humana y   que consiste en forzar una serie de comportamientos  –que muchos pueden considerar ideales, pero contrarios a la realidad de la persona-; esto es totalmente falso, el desarrollo de virtudes es lo que más plenamente responde a la naturaleza humana, puesto que cada virtud moral perfecciona una potencia específica del ser humano.

La primera virtud a educar en el niño es la templanza, la cual consiste en la moderación de los placeres y rectifica el “apetito concupiscible”[6], esta virtud debe ser educada entre los 7 primeros años de vida y consiste principalmente en la forja de ciertos hábitos que conduzcan a que el niño sea ordenado, sea capaz de postergar sus deseos sensibles, sea capaz de priorizar el uso de su tiempo, sea capaz de manejar de manera recta sus impulsos, etc.; todo ello no consiste en una “represión”, sino más bien en una posibilidad de comprender la bondad de sus acciones y ser capaz de actuar en consecuencia.

La virtud de la fortaleza se debe forjar principalmente entre los 7 y los 14 años[7]; consiste en la capacidad de la persona de hacer frente a las dificultades que puedan impedirle alcanzar el bien que su razón le muestra y rectifica el “apetito irascible”[8]. La fortaleza se alcanza por medio del desarrollo de la paciencia y perseverancia principalmente, y ello sólo será posible en la medida en que los padres eviten sobreproteger y allanar el camino de sus hijos[9], y más bien los ayuden a plantearse metas significativas y los insten a esforzarse para poder alcanzarlas.

La justicia es la virtud que rectifica la voluntad[10], el obrar del hombre, por medio del cual es capaz de dar a cada quien lo que le corresponde, en este sentido, esta es una virtud muy importante, porque no busca solo la propia perfección, sino que mira hacia el bien de los demás. La manera de educar la justicia se da principalmente por medio de acciones que promuevan el respeto y consideración con los demás, en no fijarse en las propias conveniencias, sino, sobre todo, ser capaces de salir al encuentro de los demás y procurar su bien.

Finalmente, la prudencia también llamada la madre de las virtudes morales[11], es la virtud que permite que la persona sea capaz de tomar decisiones, las cuales estarán basadas en un auténtico conocimiento de la verdad de las cosas y en una capacidad de aplicar dicho conocimiento a cada situación concreta en la que se desenvuelva, por ello rectifica el entendimiento práctico.  Para alcanzar esta virtud se requiere de cierta experiencia de vida y madurez, por ello, la educación de la misma se basa en el ejemplo y testimonio de los padres, quienes muestran al niño la virtud con sus propias acciones; en este sentido, la educación de la prudencia pasa por la vivencia de experiencias que el niño va atesorando en su memoria, va también en la línea de mostrarle y enseñarle al niño en bien y verdad de las cosas, buscar que las comprenda y se interese por profundizar en ellas, así mismo, se debe procurar la docilidad, para que tenga apertura a escuchar y tomar en cuenta las orientaciones que los demás le puedan hacer; todo ello, finalmente será el pilar para que el niño pueda tomar sus propias decisiones basado en criterios rectos y no fruto de su impulsividad o desconocimiento de la realidad.

Como podemos ver, educar en aras de procurar la perfección de la persona por medio del logro de la virtud no es tarea sencilla, se requiere de un ambiente familiar –no perfecto- pero sí estable y sólido, que constituya una base firme sobre el que la persona fundamente su despliegue pleno; por ello se hace necesario volver a la claridad de que la familia tiene una importancia y rol primordial en el buen desarrollo de la persona.

 

Dra. Lorena Diez Canseco Briceño

 

Bibliografía

Martínez, e., Persona y educación en Santo Tomás de Aquino. España: Fundación Universitaria Española, 2002.

palet, m., La familia educadora del ser humano. Barcelona: Ediciones Scire, 2000.

pieper, j., Las virtudes fundamentales. 9ª ed., Madrid: Ediciones Rialp, 2007.

roqueñi, j., Educación de la afectividad. 2ª ed. Navarra, EUNSA, 2008.

TOMÁS DE AQUINO, Suma de Teología, 5 vols., Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2001.

[1] Juan Pablo II, Carta a las familias, n.17.

[2] M. Palet, La familia educadora del ser humano.

[3]Tomás de Aquino, Scriptum super Sententiis IV, dist.26, q.1, a.1. Cf. E. Martínez, Persona y educación en Santo Tomás de Aquino, p.182.

[4] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II. q.55, a.1, a.2, a.3.

[5] Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q.58, a.3.

[6] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q.23, a.1.

[7] Cf. J. Roqueñi, Educación de la afectividad, p.56.

[8] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q.23, a.1.

[9] Cf. M. Palet, La familia educadora del ser humano, p.139.

[10] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q.58, a.4.

[11] Cf. J. Pieper, Las virtudes fundamentales, p.33.

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