«La revolución del amor». La solución para contribuir a una sociedad justa y pacífica

Consejos prácticos

«La revolución del amor». La solución para contribuir a una sociedad justa y pacífica

sociedad justa y pacificaYa finalizando este año, podemos decir que hemos vivido tiempos complicados en América Latina, en diferentes países hemos visto un sinfín de protestas sociales, unas pacíficas y otras en que se han desencadenado hechos tristes. Hablamos de actos de violencia que han llevado a daños materiales a la propiedad pública y privada, hasta lo más lamentable, cobrar vidas humanas. Hay un descontento en amplios sectores de la sociedad.

Como cristianos nuestra actitud ante estas situaciones no puede ser pasiva y con esto no estoy lanzando una invitación a la próxima protesta en las calles sino a pensar que es lo que no está funcionando.

La justicia es fundamental para el buen funcionamiento de las sociedades

Para un cristiano es imperativo buscar y trabajar por ella, pero ¿qué significa ser justo? Te diré que la justicia es dar a cada uno lo suyo, podemos decir que a través de la justicia despliega el amor su fuerza creadora y promotora, su dimensión social. Justicia es accionar con solidaridad y esto solo puede operar si buscamos la caridad en nuestros actos.

Vale la pena tomar conciencia de que todos podemos y debemos contribuir y ser parte de una sociedad más justa y segura. Cada uno desde el rol que nos toque desempeñar: en nuestra familia, comunidad y trabajo.

Como le gustaba decir a san Juan Pablo II, debemos buscar ser artesanos de paz, ahí en donde el Señor nos ha puesto y esto, lejos de llevarnos a permanecer cómodos y en nuestra burbuja de seguridad y bienestar, nos llevará a ir más allá.

Es ideal que miremos atrás

Y veamos que a lo largo de la historia se han desarrollado este tipo de conflictos en nuestros países, todos fueron producto de la injusticia social imperante, que afectaba a los sectores más vulnerables de la sociedad. Muchos conflictos terminaron desencadenando guerras que duraron años y esto no contribuyó a conseguir la justicia, al contrario, solo produjeron más injusticia, más dolor, más desigualdad.

Miremos pues el pasado de nuestros pueblos, no para lamentarnos ni buscar venganza, sino para hacer prevalecer la justicia pero tomada de la mano de la misericordia. Porque dice Santo Tomás de Aquino, la «justicia sin misericordia es crueldad».

Creo que el camino para hacer un verdadero cambio es tomar un papel activo en la sociedad. Haciendo lo que me corresponde hacer, desde mi situación particular, cumpliendo el deber de cada día, buscando siempre la unión y el diálogo, solo así me convertiré en sembrador de paz y de justicia.

Evitemos los llamados a la destrucción

Evitemos a toda costa, los llamados que conlleven a la destrucción, que inviten al odio y a crear desunión. Es posible salir adelante por medio del diálogo, no cansarnos de buscar soluciones pacíficas, porque cuando hablamos de justicia, lo vuelvo a decir, nuestro actuar como resultado debe ser la solidaridad, la cual va de la mano de la caridad.

Escuché una historia de una mujer que en la década de los ochenta vivió en El Salvador, me compartió esta anécdota que nos puede ayudar un poco a meditar en el tema de cómo ser justos. Me contaba que su país sigue estando dividido aún después de la guerra y que un día, estando entre amigos le lanzaron esta preguntan: ¿Quienes han sido los verdaderos héroes de la Guerra en El Salvador?, ¿los militares o los guerrilleros?, ¿quién de verdad luchó por la justicia del país?

Ella contestó: los verdaderos héroes de esta guerra han sido «mis padres». Todos se quedaron estupefactos y la miraban como si hubiera perdido por completo la noción de la pregunta. Después de un gran silencio, ella continuó: El verdadero héroe de la guerra en El Salvador ha sido mi padre y mi madre, ¡sí!, mis padres.

El ejemplo de papá y mamá

Mi papá a pesar de que su lugar de trabajo se encontraba entre una de las zonas de alto riesgo, no dejó de ir ni un solo día, se dedicó a trabajar por su país y su familia, atravesando balas, toque de quedas, arriesgando su vida a diario y todo esto pasaba imperceptible a los ojos de sus hijos. Porque nunca llegó con quejas, ni señales de fastidio, se las guardó porque estaba construyendo algo más grande que el odio, estaba construyendo un hogar, estaba haciendo un país.

Mi madre a pesar de las adversidades y preocupaciones que traía la guerra, nos mostró lo bella que es la vida y que cobra aún más sentido si la sabemos vivir al servicio de los demás. Lo predicó con su ejemplo, realizó diversas actividades de solidaridad, que nunca fueron titular de noticias pero que sí abonó, aunque sea un poquito a crear la paz.

Y recordando esta anécdota, concluyó que ambos habían sido héroes, que mientras otros propagaban el odio, ellos sembraron amor, no hablaron de divisiones, hablaron de construir, no tomaron la armas, se concentraron en el deber de cada día y así se convirtieron en sembradores de paz y de justicia.

Verdaderos héroes, como otros tantos, que con sus acciones en apariencia «simples», demostraron que están cargadas de verdadera justicia y verdadera revolución. «La revolución del amor» y es que para ser justo hay que amar. Se necesita valor para empuñar un arma, pero se necesita aún mucho más valor para realizar el deber de cada día, aquel que nunca hace ruido, aquel que pasa desapercibido pero que deja un rastro de justicia, de amor y de paz.

 

Por: Rebeca de Guerra

Fuente: Catholic-link.com

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