Los mártires de Argelia

Los mártires de Argelia

Algunos podrán pensar que hablar de mártires en el mundo contemporáneo es inverosímil. Sin embargo, los siglos XX y XXI siguen siendo testigos de su existencia. La cantidad de personas que dan su vida por fidelidad a sus convicciones, ya sean religiosas o políticas, continúa en aumento en un periodo en el que se esperaba la paz y una armoniosa convivencia en la pluralidad. Lo que ocurre es que, esta idealista y postmoderna perspectiva de la sociedad no será nunca posible mientras la verdad no sea el fundamento de nuestras vidas.

Y es un volver a la verdad a lo que nos invita el mártir. Este no es solo un símbolo de amor a la verdad, sino también un signo de su ausencia. Allí donde aparece un mártir es para cuestionar el surgimiento de un nuevo orden que se encuentra falto de fundamento. De este tipo actualmente hay muchos, por lo que no debería sorprendernos la aparición de un mártir que ponga en cuestión su legitimidad. Porque si hay algo que caracteriza fundamentalmente al mártir es su voluntad para hacer lo que considera moralmente correcto.

El martirio de estos individuos de férrea voluntad llega a nosotros a través de sus propios escritos, fotografías o reliquias y también a través del cine. En esta ocasión comentamos el drama de ocho monjes cistercienses en Argelia en el año 1996. Este es llevado a la gran pantalla por Xavier Beauvois, cuya película nos muestra un contexto violento en el que un corrupto gobierno y un grupo de extremistas islámicos luchan por el poder. En medio del conflicto están los monjes y la pequeña comunidad musulmana con la que conviven.

Se trata de un filme que expresa de modo sencillo la grandeza y profundidad de lo cotidiano. La vida de los monjes se rige por el ora et labora de San Benito. Los vemos cumpliendo con lo propio de una comunidad religiosa, pero a la vez trabajando la tierra, vendiendo sus productos y ayudando a los más necesitados. Asimismo, se observan bellas fotografías del paisaje natural y acercamientos apropiados a las expresiones de los actores, de quienes también vale destacar que se trata de lo mejor del gremio actoral francés.

El conflicto interno argelino que se observa en la película es el acontecimiento que hace surgir el drama interno de cada uno de los monjes, al igual que en los miembros de la comunidad musulmana. Los primeros sienten temor por su vida y preocupación por el destino de aquellos a quienes ayudan. Por otro lado, los segundos, a pesar de vivenciar el mismo temor, se encuentran llenos de esperanza por la presencia de los monjes. Ello se evidencia en el diálogo entre las autoridades religiosas musulmanas y los monjes. En un comentario sobre su estancia en la comunidad, uno de los monjes dice: “somos como pájaros sobre una rama: no sabemos si nos iremos”. Ante ello, una mujer musulmana le responde: “los pájaros somos nosotros y ustedes la rama”.

¿Qué simboliza esta rama? Deducimos que se trata de un sostén, algo firme y perenne: un fundamento. Podría surgir aquí una hipótesis interesante. Marisol López Menéndez, socióloga mexicana, señala que el martirio es un fenómeno complejo que consta de tres elementos: el mártir, sus seguidores y el Estado o status quo. Desde el momento en que los monjes (mártires) captaron el trasfondo de la frase de la mujer (seguidor), pudieron ver el fruto de su labor. Ellos no podían ser pájaros, puesto que el fundamento sobre el que reposaban sus convicciones era una rama firme en el Señor que había hecho de ellos lo mismo. Y sus oponentes (Estado/status quo) lo sabían, y por ello les temían o respetaban.

De dioses y hombres es una película en la que el espectador acompaña el drama interno de cada uno de los mártires y puede verificar cómo estos se hacen verdaderamente en su martirio. No obstante, este no es un hacer como el que describe López en su artículo. Ella nos dice que no existen mártires per se, puesto que son una construcción producto de un tercero con la intención de dar sentido a causas sociales específicas y promover la lealtad y la obediencia a status sociales e históricos eventuales. Tal comentario no puede estar más lejos de la realidad del mártir católico.

André Riccardi, historiador italiano, nos introduce su obra El siglo de los mártires aclarando algunos. Entre ellos, la función de los mártires en la memoria de la Iglesia. Riccardi nos señala que el mártir católico no se presenta como víctima de un acto perverso, ni mucho menos para denunciar la violencia o reivindicar una causa. Por el contrario, están ahí para despertar a un mundo cristiano aletargado en la comodidad. El mártir, con su acto le manifiesta a todo cristiano la radicalidad de su fe.

La película de Beauvois no nos muestra construcciones, sino personas reales. Prueba de ello es su temor, su enojo por tan injusto destino, sus titubeos y sus lágrimas. Todo ello pudo ser obviado por el director y presentarlos como nada menos que santos, pero no fue ese el caso porque no existe nada más falso que un mártir que no sufra. Y que, sin embargo, a pesar del sufrimiento y la grandiosidad de su entrega no es ni una víctima ni un héroe. Algunos comentan que lo que muestra la película es a unos monjes víctimas de un fuego cruzado. No obstante, no es eso lo que el director y los hechos nos presentan.

En De dioses y hombres estamos ante verdaderos mártires, porque tuvieron la opción de evitar el peligro. Privilegio del cual una víctima carece. Asimismo, no fueron héroes porque entregaron la vida sin vislumbrar algún beneficio por tal acto. Desde la mirada de un tercero, sus actos se parecen más al suicidio que a otra cosa. Sin embargo, el concebirlo en este último sentido sería perder de vista el trascendental significado del martirio: el ser testimonio del peso de llevar, por propia decisión, la Cruz y dejarse morir por ella y por la comunidad a la que sirven. Peso que no desaparece así la Iglesia goce de aparente libertad y poder, pero que podría hacerse ligero ante una actitud indiferente y desprovista de amor por la verdad. Esta obra del cine francés nos invita a la reflexión como cristianos, a ver cómo la libertad y la gracia nos permiten hacer con nuestra vida cosas maravillosas por amor.