Holguín en la plaza de armas de Tacna

Mariano Holguín, el obispo patriota

Mariano Holguín, el obispo patriota

Holguín en la plaza de armas de Tacna

Entre los ilustres obispos que han servido de guía espiritual la diócesis de Arequipa, brilla singularmente Mariano Holguín, cuya profunda piedad, bondad de alma y acendrado celo pastoral le valieron ser comparado con San Ambrosio de Milán.

Mariano Holguín nació en 1860 en los suburbios de Arequipa. Desde niño mostró inclinación al estado sacerdotal cuando, al jugar con otros niños, remedaba respetuosamente las funciones sacerdotales y profería elocuentes sermones. Cuando tenía siete años vivió el levantamiento de la ciudad contra el gobierno liberal de Mariano Ignacio Prado por la promulgación de una constitución de tintes anticlericales. La revolución de 1867 acabó con la deposición del presidente y la abolición de la impía constitución. Estudió la educación primaria, secundaria y superior eclesiástica en el Seminario de San Jerónimo de Arequipa. Con veinte años recibió el hábito ceniciento de la Recoleta de San Francisco y cumplidos los veintiséis fue ordenado sacerdote por uno de los obispos peruanos más importantes del siglo XIX, un verdadero titán de la fe: monseñor Juan Ambrosio Huerta, obispo de Arequipa entre 1880 y 1897. Tuvo fama de ser un excelente orador sagrado y un esforzado misionero. Debido a su gran talento y piedad tuvo importantes puestos dentro de la orden franciscana hasta que fue nombrado obispo de Huaraz en 1904. En 1906 regresó a Arequipa luego de ser nombrado obispo de la diócesis, la que gobernó hasta su muerte en la nochebuena de 1945. Como en 1943 el obispado de Arequipa fue elevado a arquidiócesis, monseñor Holguín fue el primer arzobispo de la ciudad.

Como la diócesis de Tacna fue creada recién en 1944, monseñor Holguín tuvo bajo su jurisdicción esta provincia (así como la de Moquegua y Arica), incluso durante la ocupación chilena. De esto se sucedieron ciertos acontecimientos que demostraron el carácter patriota de nuestro obispo.

En 1911, bajo la acusación de promover la causa peruana (como no podía ser de otra manera), los curas peruanos fueron expulsados de Tacna y Arica. Monseñor Holguín, bajo cuya jurisdicción estaban las provincias cautivas, declaró el entredicho canónico, esto significa que mientras este durase no habría culto en todos los templos de estas provincias.

Monseñor Holguín tenía una gran angustia por este asunto. Por un lado, tenía que cumplir con las normas canónicas, pero por otro, le preocupaba la salud espiritual de la grey católica de Tacna y Arica. No fue hasta el 12 de agosto de 1915 cuando Monseñor Holguín recibió el espaldarazo de la Santa Sede y supo que actuaba con prudencia y justicia. El papa Benedicto XV lo nombró “Prelado Doméstico de Su Santidad” y “Asistente al Sacro Solio Pontificio”. En el Breve donde se anuncia estas condecoraciones (con las que estaba siendo incorporado a la nobleza romana) se lee: “…a Nos consta claramente y por experiencia que Vos estáis unido con la Cátedra de Roma por muy apretados lazos de obsequio y lealtad bien probados con hechos en el cumplimiento del cargo pastoral y en el empeño de promover los intereses de la religión católica…”[1].

La Santa Sede autorizó que los capellanes castrenses en servicio atendieran espiritualmente a los militares chilenos y sus familias, pero los peruanos no querían ser atendidos por ellos. Sobre todo no querían que sus hijos fueran bautizados por los chilenos, por lo que ocurría que a veces las madres viajaban al Perú para poder dar a luz en la patria o esperaban la oportunidad de que un cura peruano bautizara a sus criaturas.

Mientas la misión norteamericana que mediaba ente los gobiernos chileno y peruano realizaba las gestiones necesarias que facilitarían la realización del tan ansiado plebiscito que decidiría la suerte de las provincias cautivas, monseñor Rafael Edwards, vicario castrense de Chile, dirigió una Instrucción Pastoral a los ciudadanos de Tacna y Arica en la que afirmaba que todos los que nacieron en la provincias después de 1880 eran chilenos y quien entre ellos no se considerase así debía ser tomado por perjuro y traidor. Además argüía que si permanecían con Chile tendría una mayor prosperidad material.

Monseñor Holguín se vio obligado a responder a esta instrucción con una Carta Pastoral fechada en 1925 en la que discute la jurisdicción del obispo chileno, afirma que él solo la tiene sobre los que hacen servicio en el ejército de Chile, personas impedidas para votar en el plebiscitos por lo que la Instrucción era totalmente impertinente y protesta contra la injustificable usurpación.

Asimismo, alega que la administración de un territorio que se detenta por un derecho tan precario como es la invasión militar no genera deberes de ciudadanía. Agrega luego que sobre los intereses materiales están los de la justicia, la conciencia y los deberes morales.

Termina diciendo:

Amados hijos: deseando vivamente que se restablezca el reinado de la Justicia, y con él, la verdadera paz, os recomendamos de nuevo: 1° Que elevéis ardientes plegarias al Dios de las naciones, para que en las presentes circunstancias haga brillar la Justicia que engrandece a los pueblos (Prov. XIV, 34); 2° Que alentéis una ilimitada confianza en la Divina Providencia, que bendecirá nuestros esfuerzos, haciendo triunfar la causa que defendemos, que es la de la Justicia y del Derecho a cuyo triunfo está vinculada la tranquilidad de la América; y 3° En fin; os exhortamos a que , puestos los ojos en Dios, que vela sobre los destinos de los pueblos, cumpláis decidida y valerosamente, los deberes sagrados que la conciencia os impone, sin dejaros intimidar por la violencia, que tal vez, pudieran ejercitar contra vosotros, los poderes de la tierra, o la injusticia de los hombres.[2]

Luego de la Pastoral, recibió Monseñor Holguín otro espaldarazo de la Santa Sede cuando el Papa le concedió la facultad de impartir la Bendición Papal con motivo de sus Bodas de Plata Episcopales.

El mismo año de la pastoral en setiembre, monseñor Holguín promovió una peregrinación a Chapi para solicitarle a la Santísima Virgen su intercesión en auxilio del Perú en el plebiscito que se llevaría. Pero, como se sabe el plebiscito no se llevó a cabo, ya que Chile, comprendiendo que perdería, llegó a una solución mediante la cual Tacna volvía al Perú y Arica se quedaba bajo la jurisdicción chilena.

Monseñor Holguín estuvo en la comisión encargada de recibir de forma oficial la provincia de Tacna para el Perú. El 28 de agosto, luego de instaladas la Comuna Provincial y la Corte Superior y enarbolado el pabellón nacional en la torre de la catedral, monseñor Holguín habló a la multitud que abarrotaba la plaza de armas:

Hijos míos, pleno de emoción dirijo mi palabra al pueblo que hoy se halla en torno a mi persona, así como mi corazón estuvo en todo momento junto a sus sacrificios y a sus legítimos anhelos. Sabe Dios cuánto le he rogado en el santo sacrificio de la misa para que apresurara esta hora que ha venido sin impedimento alguno gracias a su misericordia como un beneficio a la Patria en las horas más angustiosas de su existencia.[3]

El 30 de agosto celebró una Misa de campaña en la plaza de armas. Finalizada la misa se entonó el Te Deum.

Revestido de los ornamentos pontificales, llevando el báculo y la mitra el Iltmo Obispo dijo la oración panegírica ante la inmensa concurrencia poseía de emoción inenarrable. Sus palabras inspiradas en el más puro patriotismo arrancó lágrimas a la multitud. Las mujeres postradas de hinojos oraban silenciosamente. La ceremonia culminó en imponente fervor cuando el Diocesano impartió la bendición episcopal sobre el pueblo.[4]

El espíritu cívico de monseñor Holguín sería puesto a prueba nuevamente el primero de marzo de 1931 cuando tuvo que asumir por unas horas la jefatura del Estado peruano luego de que el presidente Sánchez Cerro se viera obligado a renunciar ante una junta de notables presidida por Su Excelencia, que a la sazón era jefe de la Iglesia peruana al desempeñar el cargo de Administrador Apostólico de la diócesis de Lima, luego de la renuncia del arzobispo Emilio Lissón, demasiado comprometido con el régimen de Leguía. Monseñor Holguín, ayudado de su amigo, el gran hombre de letras José de la Riva Agüero y Osma, organizó, ateniéndose a la constitución de 1860 que era tan querida por el pueblo peruano en contraposición de la constitución de 1920 proclamada por Leguía, el traspaso de mando a una nueva junta provisional presidida por el Presidente de la Corte Suprema, el doctor Ricardo Leoncio Elías, para que organizase las elecciones generales que designaran a un nuevo presidente.

Cuando Sánchez Cerro pasó por Panamá hacia el exilio europeo que se autoimpuso luego de su primer gobierno provisional, un periodista le preguntó cómo se le había ocurrido dejar el país en las manos de un obispo. El militar respondió: «Son las manos más honradas que hay en el Perú y en su báculo florecen las virtudes de Santo Toribio»[5].

En la amenísima biografía que sobre monseñor Holguín escribe el padre Francisco Cabré, de la que he sacado la casi totalidad de información este artículo, se narra una anécdota que pinta perfectamente el carácter del obispo patriota y demuestra como toda su labor espiritual fue concebida como una labor para servir a su patria. Dice la anécdota que cuando un amigo le reclama al aún joven Mariano Holguín el que quiera ingresar al clero estando el Perú en plena guerra con Chile, el futuro arzobispo responde: “Precisamente, quiero hacerme religioso para hacer del bien de mi Patria”[6]. Monseñor Holguín tenía las cosas claras, sabía que el patriotismo nada tiene que ver con aquel ente de razón surgido de la politización de las comunidades provocada por la Revolución y sustentada en las anticristianas ideas de la Ilustración, llamado nación. Que la patria es un concepto prepolítico que conlleva el amor a los ancestros, el amor a lo que estos nos trasmiten: la tradición. Que el patriotismo es un deber para el cristiano que surge del cuarto mandamiento: amarás a tu padre y a tu madre. Monseñor Holguín entendía que por encima de la patria está Dios y que sirviendo a Dios se sirve a la patria.

 

[1] Citado en Fr. Francisco Cabré, O.F.M., Biografía del  Excmo. y Rvmo. Mons. Fr. Mariano Holguín, O.F.M. Primer Arzobispo de Arequipa Perú 1860-1945 (Lima: Editorial «San Antonio», 1959), 166.

[2] Cabré, O.F.M., 198.

[3] «Detalles completos de la entrega de Tacna», El Deber, 31 de agosto de 1931, sec. Portada, 1.

[4] «Detalles completos de la entrega de Tacna», 1.

[5] Cabré, O.F.M., Biografía del  Excmo. y Rvmo. Mons. Fr. Mariano Holguín, O.F.M. Primer Arzobispo de Arequipa Perú 1860-1945, 210.

[6] Cabré, O.F.M., 191.

Magister en Historia por la Universidad Católica San Pablo y abogado por la Universidad Católica de Santa María. Actualmente cursa el doctorado en Humanidades para el Mundo Contemporáneo de la Universidad Abad Oliva CEU de Barcelona, España. Es profesor a tiempo completo en la Universidad Católica San Pablo. Ha publicado dos novelas cortas: “El Síndrome de Nothing Hill” (2013) y “El Indignado” (2015). Han sido publicados textos suyos en revistas literarias nacionales. Ha ganado el segundo lugar en el concurso de dramaturgia “El canto del grillo” con la obra “Una mujer autónoma, espontánea y profunda” (2017).