metafisica ucsp

¿Metafísica de las costumbres o costumbres de la metafísica?

¿Metafísica de las costumbres o costumbres de la metafísica?

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El título con tufillo kantiano de estas líneas apunta a algo muy sencillo que trataré de exponer lo más claramente posible. “Metafísica de las costumbres” es el título de una obra de Kant donde se propone una reflexión filosófica acerca de la moral (la palabra “costumbres” hay que entenderla como sinónimo de “moral”).  La filosofía moral, como es fácil imaginar, ha constituido una preocupación permanente para los filósofos de todos los tiempos, incluidos los presocráticos. Respecto de esto último, reconozcamos que el culto a los manuales nos ha habituado a pensar en Sócrates como una especie de cumbre divisoria de aguas en cuanto a las preferencias temáticas de la filosofía. Damos casi por un hecho que los presocráticos (que ni siquiera sabían que lo eran, como me dijo una vez con toda razón un estudiante) se interesaban muy poco por los asuntos humanos y, por lo tanto, no tendría mucho sentido buscar teorías morales por esos parajes. Con Sócrates en cambio, habría habido toda una revolución en materia de intereses filosóficos. Un disparate, pero de eso ya nos ocuparemos en otro momento.

Volvamos a lo nuestro. Si damos vuelta el título de la obra de Kant, nos quedaría “Costumbres de la metafísica”. Con esto deseo subrayar otra lectura posible del enunciado “Filosofía moral”: se trata ahora, no de la moral como asunto de la reflexión u objeto de estudio, sino de una práctica moral de la filosofía. Si nos hacemos cargo de la historia de la Filosofía, veremos que los pocos filósofos que en el mundo han sido, siempre tuvieron la idea de que su ocupación no podía equipararse con lo que otras ciencias hacían, justamente en un punto fundamental: la filosofía es, además de una ciencia, una manera de vivir. ¿No lo dice acaso Aristóteles –nada menos que en su más célebre libro sobre Ética– al hablar de la vida filosófica como la mejor de todas? Y aunque lo repetimos incansablemente, recordémoslo una vez más: la filosofía es, ante todo, un impulso moral, un amor. Se trata de un tipo de saber que tiene la particularidad de vérselas prioritariamente con el modo en que uno habrá de organizar la propia vida. No se trata solamente de elaborar o estudiar teorías o sistemas mediante los cuales se interpretan los tres grandes asuntos filosóficos, a saber, el mundo, el hombre y Dios, sino que se exige, para una mejor aproximación a esos asuntos, un trabajo práctico sobre uno mismo, un cuidado de sí cuyo punto de partida es el duro aprendizaje para no hacer de uno mismo el eje centrípeto del pensar. Esa soldadura viva entre la actitud hacia uno mismo y la interpretación de aquellos tres temas es lo que permite diferenciar a las ciencias particulares de la filosofía, la cual, a estas alturas, ya puede llamarse “sabiduría”. Así pues, la profesión de filósofo enamorado de la sabiduría implica en sus cimientos toda una actitud moral; ésa es la práctica moral de la filosofía. De otro modo, ella se transforma en un simple estudio histórico de las humanidades, incapaz de vencer el campo gravitatorio de las ciencias particulares. Mediante esta filosofía moral, esta ética del pensar, el filósofo puede salir de sí, adquirir el hábito de entregar sus propias convicciones a la fría intemperie de la duda, y poner proa hacia una dimensión de la vida extraordinariamente rica. No estoy promoviendo la resurrección del cartesianismo, sino más bien exactamente lo contrario. No necesitamos fingir que dudamos.

Esta costumbre (o moral) de la metafísica tiene además una dimensión terapéutica, tanto para sí como para los demás si puede ser transmitida. La filosofía moral, quiero decir, la filosofía moralmente practicada, reclama un olvido de sí y una concentración en lo otro que uno mismo, aun cuando los grandes subtemas antropológicos, es decir, la antropología filosófica, la ética o la política ocupen el centro de la vocación personal. La autonegación exigida por la sabiduría hará ver, en el plano de la antropología filosófica, que el hombre no es la mejor de las criaturas que pueblan el universo; en la ética, que la mejor virtud moral es la que atiende prioritariamente al bien del otro, a saber, la justicia, y en el plano de la política, que la organización de la buena sociedad reclama la búsqueda de un orden social donde el bien común deje de ser una enigmática abstracción.

Doctor en Filosofía por la Université Catholique de Louvain (Bélgica) con una tesis sobre el pensamiento político de Tomás de Aquino (tesis premiada con la medalla Cardinal Mercier). Ex Director del Programa de Doctorado en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente, profesor a Tiempo Completo de la UCSP. Es autor de 5 libros y de más de 70 artículos publicados en revistas especializadas.