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¿Educar en sexualidad o instruir en genitalidad?

¿Educar en sexualidad o instruir en genitalidad?

Poniendo en un amor de exceso la mira de su voluntad, mientras eran abrazo y beso síntesis de la eternidad; y de nuestra carne ligera imaginar siempre un Edén, sin pensar que la Primavera y la carne acaban también.

Rubén Darío

En más de una ocasión he recibido consultas de padres de familia que han renunciado, con tristeza, a la posibilidad de educar en sexualidad. Erróneamente se cree que, durante la adolescencia y juventud, la “charla de sexo” debe enfocarse en enseñar a usar todo tipo de métodos anticonceptivos, para evitar enfermedades de transmisión sexual (ETS) y embarazos no planificados.

Cuando hablamos de una verdadera Educación Integral de la Sexualidad partimos de la premisa que educar es un proceso. Y no cualquier proceso. Educar a una persona implica formar su carácter, propiciar la vivencia de los valores, explicar la realidad de manera objetiva y fomentar la búsqueda de la verdad, siempre.

Si un currículo o plan de educación integral de la sexualidad no comprende estos objetivos, carece de intencionalidad educativa y por lo tanto pierde el sentido de para qué se hace o deja de hacer algo.

El momento adecuado.

Como todo proceso, debe iniciar desde edades muy tempranas. En el ámbito de la sexualidad no solo para prevenir el abuso en niños, sino porque la condición sexuada está presente en el ser humano desde su concepción.

De acuerdo con Bottini de Rey (2010) “las hormonas prenatales tienen una influencia determinante sobre aquellas vías nerviosas que luego, durante la vida adulta, intervendrán como factores reguladores de la conducta sexual”. Por lo tanto, al igual que la vida, la sexualidad tiene un desarrollo continuo y no despierta en un momento determinado.

Más adelante, durante la adolescencia, nuestros cerebros se encuentran en un maravilloso proceso de poda neuronal para consolidar el control de impulsos y la toma de decisiones. Entonces, aunque es un desafío pedirle a un adolescente gestionar el impulso sexual, también es una oportunidad valiosa para educar en el cómo hacerlo.

Una mirada integral

Reducir la sexualidad a la genitalidad ha traído graves consecuencias. Vemos la creciente aparición de relaciones de pareja “solamente físicas”, que van tomando nombres bastante particulares, a veces, hasta graciosos.

Pretender tener una relación sexual en donde no se involucren los sentimientos es absurdo. Sería como lanzar una moneda en el agua y esperar que solo uno de los lados termine mojado. Cuerpo, mente y espíritu están presentes en todas nuestras actividades, incluida la sexual.

Una causa frecuente de esto, es la necesidad de protegernos de aquellas emociones que consideramos “malas”. Se prefiere esconder la decepción, tristeza o desilusión que puede traer una relación de pareja en una especie de “baúl emocional”, sin avizorar que tarde o temprano se abrirá, y no siempre de la mejor manera.

La civilización del amor.

Siguiendo los pasos de San Juan Pablo II, Papa Francisco nos invita a construir una civilización del amor, que nos permita “pararnos frente a la realidad actual, no a la defensiva, en un marco negativo de prohibiciones, como se dio en otras circunstancias, sino con una propuesta grande y convocante” (Perriaux de Videla, 2021).

Recuperar la formación en virtudes, con especial atención dentro de las familias, permitirá tener como resultado natural: jóvenes con madurez de carácter, que vivan una sexualidad desde y para el amor. Proponer el ordenamiento de la sexualidad con el fin de ser más felices y tener mejores relaciones interpersonales es mejor recibido entre los adolescentes, que simplemente entregarles una larga lista de lo que no deben hacer.

El desafío es también cambiar la idea que tenemos de esta generación, como seres desprovistos de la capacidad para ordenar su sexualidad. Puesto que, cuanto más les ayudemos a reconocerse como seres racionales, pensantes y capaces de tomar decisiones por si mismos, más actuarán en función de esas convicciones (Planker de Aguerre, 2019).

El intelecto y la voluntad no son suficientes

Hemos visto que educar en sexualidad requiere un ejercicio consciente y constante de la voluntad para formar hábitos buenos. Sin embargo, aprender conceptos y poner en prácticas las virtudes no es suficiente.

La castidad, hoy tan malentendida, no se limita a una mera praxis sino que requiere ser solicitada como don, reconociendo con ello nuestra limitación humana. Esta mirada nos permite tener esperanza en la Gracia, que supera toda debilidad de carácter.

Según Isaacs (2003) “habrá que enseñar a los jóvenes a evitar las ocasiones que puedan llegar a dañarles […] sin olvidarse de los medios sobrenaturales: la oración y los sacramentos. Con la educación de la virtud del pudor y generosidad, ponemos los cimientos para el desarrollo del amor, todas las virtudes son manifestaciones del amor, pero estas dos tienen un significado especial: la autoposesión y la entrega”.

 

Lic. Caroline Olga Melgar Carrasco
Especialista en Educación Integral de la Sexualidad – UCA Argentina
Psicóloga en Bienestar Universitario UCSP

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