Paternidad y Libertad

Paternidad y Libertad

Paternidad y Libertad

Es un lugar común recurrente hablar de la crisis de paternidad o de la ausencia del padre en la modernidad y, con mayor razón, en lo que llamamos posmodernidad. Asistimos a una suerte de infantilización[1] colectiva. El trabajo excesivo, la búsqueda de compensaciones inmediatas, el rechazo a cualquier tipo de espera para la satisfacción de las necesidades, el miedo a asumir compromisos que necesariamente implican sacrificio y renuncia, son características cada vez más difundidas en la sociedad global[2]. Con estos presupuestos, la paternidad, o no tiene sentido, o es rechazada como fuente de opresión, tanto por la responsabilidad que implica, la asociación que se hace de ella a una autoridad opresiva, como por la idea tan difundida de que toda autoridad es un recorte de la libertad.

Las causas son múltiples y complejas. Podríamos enlistar muchísimos factores políticos, económicos, sociales y eventos históricos confluyentes: la revolución francesa, el racionalismo, el positivismo, la revolución sexual, el existencialismo, los períodos de postguerra, el psicoanálisis, el consumismo como motor de la economía, la globalización, la aceleración de la tecnología, el feminismo radical y un larguísimo etcétera que podríamos entrelazar en una gran cadena de causas y efectos en busca de elaborar una explicación coherente. Es un esfuerzo válido para comprender el problema siempre y cuando no pretenda agotar su interpretación. En este texto nos enfocaremos en un punto que consideramos fundamental para comprender y recuperar el valor de la paternidad hoy: su relación con la libertad.

Basta una somera mirada a los medios de comunicación, las redes sociales y los fenómenos masivos de los últimos años en todo el mundo para encontrarnos con dos nociones muy difundidas de libertad en nuestra sociedad. Estas dos nociones destacan entre las diversas acepciones que hablan de libertad económica, de libertad política, libertad de expresión, amor libre, liberación, independencia, autonomía.

La primera es la idea de libertad como liberación de alguna injusticia. Como botón de muestra, tenemos frescas las grandes manifestaciones globales del año 2020 como la que se generó luego de la muerte de un hombre afroamericano en Estados Unidos (Black Lifes Matter) o los destrozos de propiedad pública y privada en México, Chile, Colombia, Perú en diversas expresiones de indignación por algún hecho político. Todas ellas tienen en común el clamor por la libertad. En todas estas manifestaciones sociales, la noción de libertad implica la lucha contra una opresión real o simbólica, es decir, según ella, libertad es básicamente deshacerse de algún tipo de abuso. Es una idea muy atractiva e incendiaria por su fácil comprensión y difusión, pero vacía de contenido positivo. Siempre se trata de un grito de libertad contra algo, no a favor de algo. En ninguno de esos casos se hace una propuesta constructiva. Es, en el fondo, una exhortación vacía de significado, o susceptible de ser rellenada con cualquier significado. Estamos en la era de la indignación[3] como imperativo categórico.

Otra idea, también muy común, es la de asociar la libertad a la acción sin razón alguna[4]. Se canoniza la espontaneidad y el afán de hacer lo que brota de lo profundo. El lugar que en el ejercicio de la libertad ocupa el sentido o la finalidad ha sido ocupado por la acción en sí misma, en el aquí y ahora.

Tanto esta noción existencial, emocional o sentimental de la libertad como su reducción a la mera indignación libertaria, son en realidad formas de esclavitud a las potencias inferiores de la persona humana, potencias cuya bondad o valor no reside en ellas mismas sino precisamente en la finalidad o razón a la cual se dirige la acción. El romanticismo del siglo XIX es un referente muy importante en la génesis de esta idea de libertad, aunque es solo una manifestación más de una distorsión que ha existido siempre en la humanidad.

Según la noción clásica que recoge y perfecciona Santo Tomás de Aquino, la libertad es un ejercicio de la inteligencia que busca la verdad y de la voluntad que se dirige al bien, no puede reducirse a un mero ejercicio voluntarista o pasional:

“Si se identifica libertad con voluntad, se corre el riesgo de tomar a la primera como el único aspecto en que la voluntad se desenvuelve, es decir, considerar el querer como mera actualización de la libertad. Pero la libertad no es más que un aspecto parcial de la voluntad, un aspecto cualitativo del querer, pues el dinamismo de la voluntad procede de su naturaleza y no del hecho de la libertad del acto del querer. La relación entre la inteligencia y la voluntad es lo que caracteriza al acto específicamente humano.”[5]

Por naturaleza, el ejercicio de la libertad no tiene su asidero en las emociones ni en condicionamientos externos, sino en la contemplación de la verdad y el deseo del bien. Por esta razón, San Agustín definía la libertad como la opción por lo mejor. Solo por vía de engaño de la inteligencia o coacción de la voluntad es que las personas actuamos en contra del bien. Por esta razón la libertad exige un cultivo, un cuidado moral, es decir, educación.

La educación es imposible sin el ejercicio de la autoridad. Y uno de los ejercicios más vitales de la autoridad es la paternidad. Cabe entonces preguntarnos ¿Qué es ser padre? Dejemos de lado las acepciones metafóricas que se refieren a las obras humanas, sean de la envergadura que sean: un libro, una institución, un descubrimiento, no son hijos más que en sentido figurado. La paternidad es una relación entre personas en la que una ejerce autoridad sobre la otra. Ser padre es entregar la vida ayudando, corrigiendo y animando a otro para enseñarle a ser libre (y por lo tanto responsable de sí y de sus semejantes), con palabras pero sobre todo, con el propio testimonio. Esta relación, indesligable de la maternidad en la vida familiar, es específicamente masculina. Tiene el sello de lo masculino que, sin caer en estereotipos estériles, puede caracterizarse por un dinamismo de salida hacia el mundo, de búsqueda de sentido orientado al crecimiento, la madurez, el logro de metas en el contexto de la realización personal.

El hombre que asume la paternidad experimenta un cambio radical en su vida y su manera de ver el mundo. Y, como cualquier estado vital de trascendencia, la paternidad no se reduce a la procreación física, tanto porque hay hombres que, teniendo hijos, no asumen la responsabilidad de la paternidad, como porque hay hombres que, sin ser padres físicamente, la viven a plenitud. Por eso es que la paternidad tiene una profunda relación con la libertad. No se es verdaderamente padre sin ser libre, es decir, sin asumir libremente la responsabilidad de acoger, proteger y apoyar el crecimiento de los hijos. No se es verdaderamente padre sin respetar, educar y promover la libertad de los hijos:

“Sabemos que la crianza sigue de un modo natural a la procreación y que la educación sigue a la crianza para completarla. Consecuentemente, el educador principal es el progenitor, que no sólo engendra la prole, sino que debe promoverla al estado perfecto, porque todas las cosas tienden naturalmente a llevar sus efectos a la perfección”[6]

Lo inverso también es verdad: no se es libre sin ser padre de alguna manera porque la paternidad es una forma básica de la responsabilidad masculina. Como tal, la paternidad exige siempre la práctica de la virtud:

“La educación basada en la adquisición de virtudes es el camino por el que se puede lograr el desarrollo espiritual del hijo de acuerdo con la naturaleza humana.” [7]

Como conclusión, podemos decir que la libertad es esencial al ejercicio de la paternidad y, al mismo tiempo, lejos de ser una carga que la limita, la paternidad es un ejercicio de libertad auténtica porque se funda en la necesaria búsqueda de la verdad como del deseo voluntario del bien verdadero que es, en esencia, el bien común.

 

Por José Manuel Rodríguez Canales

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Católica de Santa María

Orientador familiar y conferencista con una larga trayectoria

 

[1] EL PODER DE LA VICTIMIZACIÓN del adulto niño y otros voraces consumidores, Leonor Lidón Herás Licenciada en Derecho Miquel Àngel Ruiz Torres Doctor en Antropología Social. Profesor de la Universidad de Valencia. En Prisma Social, revista de ciencias sociales, Las Matas, España, 2008. Recuperado de https://www.redalyc.org/pdf/3537/353744574006.pdf

[2] EL BUMERÁN DE LOS DESEOS EN LA ÉPOCA DE LA SATISFACCIÓN INMEDIATA, Fabio Ciaramelli en Acta Bioethica, vol 7, Santiago de Chile, 2001.

[3] Innerarity Daniel, LA POLÍTICA EN TIEMPOS DE INDIGNACIÓN, Galaxia Gutemberg, 2017.
[4] Rosales Rodríguez, Amán. “¿Libertad sin medida, libertad que destruye? Acerca de un diagnostico critico de la modernidad.” Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, vol. 42, no. 105, 2004, p. 175+. Accessed 24 May 2021.

[5] Juan Manuel Díaz-Torres, Filosofía de la libertad. El acto libre según Santo Tomás de Aquino, Alicante (España), Editorial Club Universitario, 2006.

[6] Martínez, E. (2004). Ser y educar. Fundamentos de pedagogía tomista. Bogotá (Colombia): Universidad Santo Tomás, p. 200.

[7] Juanola Cadena, Joan D´Avila, Paternidad y templanza, Congreso Internacional “¿Una Sociedad Despersonalizada? Propuestas Educativas”, de la Universitat Abat Oliba CEU (Barcelona, 13-15 de abril de 2010).

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