A propósito de la Navidad

A propósito de la Navidad

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El valor de la Esperanza

En esta época el ambiente escolar y familiar ya tiene aire Navideño. Alguna vez leí un artículo de Julio Corazao quien siempre me ha impresionado por la sencillez y profundidad de sus reflexiones; decía en ese artículo que debemos aprender a distinguir lo anecdótico de lo sustantivo.

En la educación de los niños y jóvenes debemos preocuparnos de lo sustantivo y no de lo anecdótico. Con frecuencia los padres y los propios maestros nos preocupamos de lo anecdótico, de lo diario, de lo incidental, de lo medible, de lo sensible. Nos preocupamos de si ingresó o no a la Universidad, de las notas del colegio. Nada de ello es malo, al contrario es muy bueno; pero no debía ser todo, ni tampoco lo esencial. Es malo preocuparse de todo lo antes mencionado cuando las convertimos en metas: Y esas metas no son cosas sustantivas, son simplemente anecdóticas. Da un ejemplo al respecto: Se castiga cuando saca malas notas en el colegio. No deben interesarnos las notas eso es anecdótico. Lo que debe preocuparnos es lo sustantivo, en este caso, la actitud de no estudiar. La actitud de estudiar o de no estudiar es lo sustantivo, es lo valedero. La nota es lo anecdótico.

Esta distinción nos obligaría a cambiar de actitud, debiera interesarnos menos las notas y preocuparnos por la actitud de no estudiar. Por lo tanto, sugiere Corazao, debemos premiar al estudiar o castigar al no estudiar, pero no esperar la nota. Nos hace dar cuenta que lo importante es la actitud y no el resultado que en este sentido sería lo anecdótico. Al premiar o castigar por la nota los padres están cometiendo el error de educar para que el hijo ponga primacía en la escala de valores en lo anecdótico, en lo efímero. Se le está enseñando que más importante es tener un puesto o cargo político o dinero (lo efímero, lo anecdótico) aunque sufra su matrimonio, su familia dado que la auténtica felicidad es lo sustantivo.

Este esquema de pensamiento se puede aplicar a toda actividad humana, incluso a la Navidad. En muchos hogares y en muchas escuelas la celebración de la Navidad se queda en lo anecdótico: el árbol, los villancicos, los arreglos navideños, la chocolatada, o el intercambio de regalos. Pero nos olvidamos rotundamente de lo sustantivo que es lo que da sentido a esta festividad.

Alguna vez, en mi trayectoria de maestro de aula, me impactó mucho un periódico mural que mis alumnos de quinto de Secundaría hicieron para fin de año. Era parte de la nota en los tres cursos que les enseñaba: literatura , filosofía y religión. Debían ser muy creativos para cubrir objetivos en cada una de estas asignaturas. El grupo que más impactó hizo tal vez el trabajo más sencillo pero de mayor profundidad. El periódico mural sólo tenía tres elementos: recortes de periódicos, una silueta y una frase.

Los recortes de periódicos eran titulares que hacían referencia a los más grandes problemas de nuestra época: asesinatos, accidentes, en esa época noticias sobre la violencia terrorista, crímenes, desórdenes sociales, etc.

La silueta era la imagen del Niño Jesús en el pesebre. La frase era: “Nació por nosotros”.

Impactó de tal manera por la sencillez pero sobre todo por la profundidad. Es verdad la Navidad pone en relieve lo sustantivo de la naturaleza humana. Somos débiles, proclives al mal, de ello dan cuenta las noticias. Pero hay quien ha venido para salvarnos, para dar otro sentido a nuestras vidas. El comentario que suscitó esta expresión gráfica fie muy enriquecedor para todo el grupo. Salió muy nítida la idea de la esperanza. Recordemos que la esperanza es la confianza de que se realice lo que se desea y que es una de las tres virtudes teologales.

Empezamos a expresar y compartir nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras necesidades más profundas. Y luego vino lo más importante: descubrir que detrás de esos anhelos estaba la certeza de que Dios está con nosotros. Esa imagen del niño en el pesebre era el símbolo más concreto de un acontecimiento fundamental en los anales de la humanidad porque representa la Encarnación, la venida de Cristo el Hijo de Dios entre nosotros. Esa es la razón de nuestra esperanza. Nació por nosotros, para dar cuenta de nuestra esperanza. Desde esa óptica ya podemos entender que la tierra es el lugar donde el cielo se construye. Es fácil deducir que nuestra esperanza un puede estar en el dinero, ni en el poder, ni en los ídolos que vamos creando ni en la fuerza de los que matan la vida, ni en los egoístas que viven sin importarles un pito la vida de los demás.

A eso llamo distinguir lo anecdótico de lo sustantivo. Un hogar o una escuela que no ayude a los niños y jóvenes a descubrir el sentido de la Navidad, es un tiempo y una circunstancia desperdiciada que se queda en lo anecdótico de una fiesta y no descubre lo esencial.

La Navidad es un periodo sensitivo – como diría García Hoz – para ayudar a entender en profundidad el valor de la esperanza.

Hoy, esta experiencia de recortar los titulares de periódicos podría estar iluminada por lo que nos dice el Papa francisco en su reciente Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium “Los males de nuestro mundo mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad sin olvidar que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm. 5,20) (84). No podemos dejar que nuestros niños y jóvenes tengan “la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Solo emprende una lucha si se confía de antemano en el triunfo (85)…. Se necesitan personas de fe que con su propia vida mantengan viva la esperanza” (86).

Les animo, estimados maestros y padres de familia a dedicar un tiempo breve pero intenso para sembrar esperanza en sus alumnos, en sus hijos. Sólo así estaremos haciendo de esta Navidad algo sustantivo que no se quede en la superficialidad de lo anecdótico