Aprender a ser tolerante

Aprender a ser tolerante

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Foto: panorama.com

Mg. Jorge Pacheco TejadaPor: Mg. Jorge Pacheco Tejada – Director de la Escuela Profesional de Educación de la Universidad Católica San Pablo

Cada 16 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Tolerancia, el cual fue instituido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Esta es una de las muchas medidas de la ONU en la lucha contra la intolerancia y la no aceptación de la diversidad cultural.

La virtud de la tolerancia es tan antigua como el ser humano. Lo que pasa es que hoy se requiere más que nunca ser tolerante por los conflictos de convivencia propios de esta época. La vida social se ha complicado por la concentración de gente en las grandes urbes. Necesitamos ser más respetuosos de los espacios comunes, de los derechos de los demás, de la diversidad.

Se requieren más normas de convivencia, y obviamente la falta de respeto a esas normas acarrea conflictos en la relación humana. Si a eso agregamos la falta de tolerancia, la convivencia se torna dramática. En una sociedad de multitudes no puede ser que cada quien haga lo que quiera, peor aún si esas decisiones afectan a los que le rodean. No podemos tolerar, por ejemplo, que no se respeten las señales de tránsito.

No podemos tolerar que no se respete la cola para ser atendido en un consultorio, para pagar en un centro comercial o para subir a un transporte público. No podemos tolerar actos de inmoralidad en lugares públicos. No podemos tolerar actos de agresión contra mujeres o personas indefensas. No podemos tolerar el engaño, la mentira o la corrupción.

Salta a la vista entonces, en primer término, que ser tolerantes no significa ser permisivo. He comentado en alguna oportunidad que, si por una mala comprensión del término dejamos que la tolerancia se convierta en permisividad, no estamos educando y podemos perder el rumbo

En un mundo complejo como el nuestro, son muchos los factores que hacen cada vez más difícil la convivencia. Tenemos que aprender a vivir respetándonos.

Por otro lado, vivir en una sociedad diversa en costumbres, en cultura, en idioma, en creencias religiosas, en maneras de entender la vida; puede ser un caldo de cultivo para el mal trato. En este caso tampoco podemos tolerar la intolerancia y la falta de respeto. Queda claro entonces que debemos ser intolerantes con lo que es malo, con lo que es contrario al bien, máxime i se trata del bien común.

Pero cuando la intolerancia es sinónimo de actitud irrespetuosa hacia las diferencias, cuando es sinónimo de soberbia y egoísmo por el hecho de pensar que los demás son menos que yo. Esa falta de tolerancia hace que la convivencia se torne cada vez más insoportable y las relaciones humanas se resquebrajen hasta volverse violentas o inaguantables.

En su significado más auténtico, la palabra proviene del latín tolerantĭa, que significa ‘cualidad de quien puede aguantar, soportar o aceptar’. La tolerancia, por lo tanto, es un valor moral que implica el respeto íntegro hacia el otro, hacia sus ideas, prácticas o creencias, independientemente de que choquen o sean diferentes de las nuestras.  Por esta razón, no se puede pues separar tolerancia de respeto, como no se puede separar libertad de responsabilidad.

En este sentido, la tolerancia es también el reconocimiento de las diferencias inherentes a la naturaleza humana, a la diversidad de las culturas, las religiones o las maneras de ser o de actuar. No todos somos iguales, por lo tanto, tenemos que respetar nuestras diferencias. La tolerancia es una actitud fundamental para la vida en sociedad. Ser tolerante es ser respetuoso, eso no me inhibe de decir lo que pienso, de hacer notar mi disenso, pero el ingrediente clave es el respeto.

Algunos estarán preguntando ¿Cómo se puede educar en tolerancia? Educar para que los niños y jóvenes a nosotros confiados sean tolerantes, significa ante todo educar en el respeto aún cuando esté en desacuerdo contigo. Si siento que no estoy de acuerdo contigo, debo aprender a manejar la discrepancia.

Aquí los padres y maestros tenemos una responsabilidad muy grande, no podemos, en aras a la mal entendida tolerancia, ser complacientes con la mentira, el error, la maldad, sino que exige la búsqueda de lo verdadero, de lo bueno. Me obliga a reflexionar sobre mis propios criterios. Es donde surge la necesidad de reflexionar juntos a fin de establecer criterios de verdad y de bien. No podemos ni debemos caer en la actitud relativista de que cada quien es dueño de su propia verdad ni empezar a ser permisivos y tolerantes con el mal, con la mentira. Se trata, insisto, en dejarnos imbuir por dos criterios básicos del Bien y de la Verdad. La permisividad no educa.

Tengamos siempre muy presente que la escuela y la familia son los espacios más propicios y adecuados para educar a los hijos en el valor de la tolerancia. Para ello debemos dejar en nuestro trato con los demás la sensación clara de respeto. Ese es el primer paso para la verdadera tolerancia.