Informe sobre los peruanos

Informe sobre los peruanos

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Jose Manuel Rodriguez

Por: José Manuel Rodríguez Canales – Docente del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica San Pablo (UCSP)

Supongamos que un extraterrestre hubiera descendido al Perú en noviembre del año pasado con la misión de estudiar a los seres humanos. Supongamos, como es lógico suponer dada su procedencia, que su tecnología de recojo y procesamiento de información es muy superior a la nuestra.

Después de 9 meses esta sería una síntesis aproximada: el Perú es un país con 30 millones de habitantes cuya historia, al no poder registrarse por la falta de algún tipo de escritura reconocible, se pierde en el tiempo previo a la presencia de una cultura que vino de otro continente y lo gobernó durante tres siglos hasta un proceso llamado independencia que heredó las estructuras anteriores y las revistió de una idea llamada ilustración que supuso un orden basado totalmente en la razón. Desde ese momento se convirtió formalmente en lo que la ilustración llamó república intentando gobernarse por un sistema llamado democracia, por el cual se supone que la voluntad del pueblo se expresaría de manera indiscutible por la cantidad de votos de los ciudadanos. En los nueve meses que estamos en este planeta y en este país hemos presenciado dos hechos significativos: la corrupción y el fútbol. Es obvio que ambos sucesos, procesos o tópicos espacio-temporales contienen toda la herencia cultural, eidética o idiosincrática de este peculiar conjunto de seres humanos que se llaman a sí mismos peruanos.

El primer tópico, la corrupción, se ha expresado en lo que podríamos llamar el final de un orden político para esta nación. Y esto ha ocurrido porque se ha acabado la confianza en las formas de gobierno a todo nivel. El presidente renunció, el congreso fue desaprobado tajantemente, el poder judicial perdió toda autoridad moral, la práctica irrestricta de espionaje por audios y videos destapó toda la podredumbre que se sospechaba pero no se sabía y el país entero se ha hundido en un muy razonable cinismo frente a sus instituciones. Ante estas desgracias políticas los peruanos conservan un signo indeleble de salud mental: un cierto sentido del humor y capacidad de sufrimiento que parece provenir de la noción de eternidad que ha heredado del cristianismo, su religión más importante.

El segundo tópico, el fútbol, una especie de ritual combativo y cargado de apasionamiento simbólico por la representación colectiva toca en la psicología de los peruanos rasgos muy profundos y antiguos de lo que los humanos llaman amor. Ante el desencanto por sus instituciones, o más bien, junto con él, los peruanos han abrazado el símbolo, la realidad moral que representan esos 23 muchachos que llevaron los colores de la bandera a la gran guerra de fútbol que se libró en las grandes estepas rusas. Hay que entender que el fútbol no es solo fútbol, y como muchas cosas, expresan al país que lo juega. Es ahí donde hoy se ha concentrado lo que los humanos llaman esperanza, la terquedad de seguir creyendo que se hará justicia aunque no se la vea, habrá prosperidad aunque solo se vea pobreza, orden aunque los rodee el desorden.

Si un rasgo es común a todos los peruanos es este: la capacidad ancestral de salir de los más graves problemas, de sobreponerse a las más duras decepciones, de resistir en condiciones imposibles. De vencer las montañas y abismos, las selvas y desiertos, los desastres naturales de su geografía es que surge un carácter indomable que los lleva a gritar aún entre lágrimas de dolor esas cuatro palabras que resumen su vida más íntima: ¡Viva el Perú carajo!