La figura del maestro como pilar de la educación

La figura del maestro como pilar de la educación

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Henry tapia

 

Por: Mg. Henry Tapia Portugal
Director de la Escuela Profesional de Educación de la Universidad Católica San Pablo 

Un país sin calidad educativa es un país sin futuro, sin posibilidades de lograr un desarrollo sostenido en el tiempo, de allí que el rol de la educación tenga la cualidad particular de fomentar el desarrollo integral de las personas y ser el principal móvil social de las naciones.

El discurso siempre  ha señalado que  la educación es prioritaria, pero es necesario  que centremos nuestra atención  en la figura del maestro como uno de los pilares  de  la educación. La relevancia social del educador y de la carrera de Educación, son indispensables para mejorar  de manera significativa la realidad educativa peruana.

A pesar de las diversas iniciativas emprendidas por el estado peruano para revalorar la carrera docente en el Perú, lamentablemente el escenario no es muy alentador. Las cifras del MINEDU (2014) indican que tres de cada cinco personas en nuestro país no alentarían a sus hijos a ser maestros de escuela. Socialmente, la percepción de muchas personas no ha cambiado.

Más de siete millones de personas en el país viven una situación de enseñanza y aprendizaje en instituciones educativas, por lo cual están recibiendo, de una u otra manera, la influencia de un docente. De ahí la importancia de este grupo de profesionales

 Las instituciones educativas católicas, como comunidad están llamadas a ser instrumentos de una educación integral y han de estar constituidas por docentes dotados no sólo de la necesaria competencia profesional que exige autonomía, capacidad de hacer proyectos y evaluarlos, capacidad de relación, creatividad, abertura a lo nuevo, interés sincero por la investigación y la experimentación, sino que además han de ser conscientes de su papel como educadores, de su verdadera identidad y sentir la exigencia de amar el servicio cultural a favor de la sociedad realizándolo con convicción y compromiso (Papa Francisco, Congreso Mundial promovido por la Congregación para la Educación Católica, 2015).

Como respuesta, se  hace necesaria, pues, una formación pedagógica que no sólo afiance las competencias profesionales, sino que sobre todo  «haga hincapié en la dimensión vocacional de la profesión docente», favoreciendo «la madurez de una mentalidad inspirada en las valores evangélicos» (Papa Francisco, Congreso Mundial promovido por la Congregación para la Educación Católica, 2015).

Por su naturaleza y opción, una institución educativa (escuela o universidad) informa enteramente su propio servicio cultural (como actividad de enseñanza-aprendizaje y de investigación) desde la cultura del servicio, «puesto que el saber deber servir a la persona humana» (Ex corde Ecclesiae, 18).

En esta perspectiva, las instituciones educativas católicas (escuelas y universidades) tienen que actuar para que «todo el proceso educativo esté orientado, en definitiva, al desarrollo integral de la persona» (Ex corde Ecclesiae, 20).  Como también explica López Rupérez (2001), en términos muy generales se puede afirmar “que se espera de la educación que forme en su totalidad a la persona y se la ponga en condiciones para que pueda vivir con plenitud y contribuir al bien de los demás y de la comunidad”.

Para concluir quiero referirme al saludo del Papa Benedicto XVI (2010) en el Encuentro con los Religiosos de Educación Católica del Reino Unido a cerca de 300 religiosos empeñados en el mundo de la educación católica. El Santo Padre hizo un llamado para que el testimonio personal de Cristo sea la base de la educación católica, señaló que no se trata de una mera formación utilitaria, sino de una preparación para la vida en plenitud. El Sumo Pontífice indicó también que la tarea de un maestro no consiste sencillamente en comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; recalcó que la educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario. Comparto las palabras de Su Santidad al reconocer que la educación se trata de la formación de la persona humana, de la preparación para vivir en plenitud. “En una palabra, se trata de impartir sabiduría. Y la verdadera sabiduría es inseparable del conocimiento del Creador, porque en sus manos estamos nosotros y nuestras palabras y toda la prudencia y destreza de nuestras obras” (Benedicto XVI, 2010).

Una educación integral y de calidad no podrá ser alcanzada sin el compromiso y la participación decidida del maestro, pues estoy convencido que la persona del maestro es el elemento de máxima importancia en la EDUCACIÓN, más importante que los métodos usados, más importante que las materias, son sus actitudes las que le permitirán llegar a sus estudiantes y mantener vínculos de aprendizaje recíproco, de crecimiento, de mejores relaciones y de una mejor convivencia con buenos estudiantes, con excelentes futuros ciudadanos.