“Madre solo hay una…”

“Madre solo hay una…”

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Imagen de "Madre Coraje”, la obra clásica del dramaturgo alemán Bertolt Brecht.

Padre Gianfranco

 

Por: Padre Gianfranco Castellanos Melzi – Capellán de la Universidad Católica San Pablo

¿Quién no ha escuchado esta frase alguna vez en su vida? Esta no es sólo una bonita frase, es la manifestación del sentimiento más profundo que todos tenemos hacia esa persona que nos dio la vida. La frase nos habla de una realidad profundamente antropológica, ya que nos remite a nuestro origen como algo seguro, firme, único, claro y sobretodo querido.

Mirando a nuestra madre, miramos también nuestro pasado con seguridad, paz  y alegría. Yo, como muchos de ustedes, puedo afirmar que soy fruto del amor. No soy fruto de la confluencia azarosa de factores anónimos e impersonales; no soy el sub-producto de un conjunto de elementos biológicos que se unieron en una máquina y que dieron resultado otro cúmulo de células.

Yo soy fruto de alguien que me concibió, y por una decisión libre y voluntaria de amor me sostuvo en su vientre por 9 meses y luego me permitió nacer. Soy fruto de alguien que decidió cooperar con Dios en la gestación de un ser, querido y amado por Él (puesto que Dios todo lo que conoce lo ama), y que estuvo en su pensamiento por toda la eternidad, incluso antes de que mi madre supiese de mi existencia. Tal como ha expresado tan bellamente el Papa Benedicto XVI: “Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario”. Y nuestra madre, cuando lo supo, dijo también a Dios, “Sí, hágase en mí según tu voluntad”.

Toda madre es colaboradora de Dios en la creación y cuidado de una nueva vida que tiene que venir a este mundo, porque Dios así lo ha querido desde toda la eternidad. Ellas poco a poco van haciéndose cada vez más conscientes del milagro que llevan dentro. ¿Y a quién llevan dentro de sí? Llevan a alguien único e irrepetible. Esto es claro, de muchas maneras: biológicamente (un ADN único), psicológicamente (incluso los gemelos son bien diferentes en cuanto a su forma de ser), y espiritualmente (cada alma humana es creada directamente por Dios). Y esto lo sabe toda madre, incluso cuando tiene varios hijos: cada uno es único, diferente y especial a su manera. Y ama a cada uno de una manera personal y especial.

Siempre me gusta recordar que la gestación de toda vida es una colaboración divino-humana. Esto me ayuda a valorar  la dignidad que tiene toda vida, pero también me ayuda a entender la íntima relación que existe entre Dios y todas las mamás.

Una mujer al ser madre se vuelve algo así como la presencia de Dios para sus hijos. Y creo que esta relación que ellas tienen con Dios en la generación de una nueva vida hace que este pensamiento no esté para nada desviado. El halo de misterio que envuelve la relación de una madre con su hijo, es ciertamente un misterio donde la intervención de Dios tiene un papel central,  puesto que cada ser humano porta la imagen de Dios.

Cada segundo domingo de mayo en el Perú se celebra el día de la madre. Esta debe de ser una  fecha muy significativa para toda familia. No sólo se recuerda con cariño a la madre viva o ausente;  sino que además debería despertar en nosotros un sentimiento de profunda gratitud por lo que han hecho por cada uno. Por eso, buscamos llenarlas de detalles: les compramos cosas, las llamamos por teléfono si están lejos, les ofrecemos ser mejores hijos, las visitamos –  aún en el cementerio –  como una forma de agradecerles los inmensos esfuerzos y sacrificios que por amor realizaron y realizan para que seamos hombres y mujeres de bien.  Aunque sea sólo un día al año, sabemos que deberíamos ser siempre agradecidos todos los días por todo lo que hicieron y hacen por nosotros, porque realmente se lo merecen, porque son únicas para nosotros.

Sus cansancios, esfuerzos, enseñanzas, correcciones, consejos y orientaciones permanecerán eternamente en nuestra memoria; pero sobre todo el recuerdo de su presencia a nuestro lado, incluso cuando la distancia física nos separe. Ese haber siempre estado ahí cuando la necesitábamos más, no tiene precio.

Recuerdo las veces que mi madre, con ese sentido intuitivo, me llamaba cuando estaba pasando algún momento difícil, cuando simplemente necesitaba escuchar su voz y su tierno ¨te quiero mucho¨.

Conmueve ver en la puerta de los penales a tantas madres que van a ver a sus hijos. Para ellas, a pesar de haber cometido delitos y errores, serán siempre sus “hijitos queridos”. Y son capaces de hacer largas filas por horas ¨para verlo aunque sea un ratito¨; para volverle a manifestar su cariño y oración por ellos, para animarlos y renovarlos en la esperanza. Para una madre nunca hay un hijo malo.

Personalmente, siempre tengo presente a mi madre en mi vida sacerdotal: ¨Esto que hago o que voy a hacer, ¿pondrá contenta a mi mamá? ¿La hará sentirse orgullosa de mí?¨ Siempre me alejé de muchas cosas malas por el simple recuerdo de ella.

Y como dejar de mencionar a las mamás de las mamás: las abuelitas, que son esas madres dobles, cómplices muchas veces de “engreír demasiado” a sus nietos. No olvidemos pues a quienes en sus noches no sueltan el rosario rezando por cada uno de sus nietos. Quienes desde sus auroras matinales encienden una luz al corazón de Jesús pidiendo protección y amparo para los suyos. Este día también es muy especial para ellas. No las olvidemos nunca y enseñémosle a nuestros hijos a amarlas y ser siempre agradecidos con ellas. Se lo merecen el doble.

De niño aprendí de mi abuela uno de los poemas más hermosos que guardo en mi memoria y que recité varias veces en el colegio (lo cual me ayudó a subir puntos en conducta), del poeta tacneño Federico Barreto Bustíos, llamado “Madre Mía”. En ella un hijo va leyendo la carta de su madre ausente y recibe con lágrimas en los ojos los consejos sabios de quien sólo quiere su bien:

“Hijo sé bueno y como bueno honrado no te arrastres jamás sobre la escoria y cuando bajes al sepulcro helado Dios como premio te dará su gloria”

La madre lo alienta a ser todo lo bueno que pueda, a amar a la patria, al prójimo y embarcarse en toda causa noble y a luchar siempre con decisión. Ella termina diciendo:

“Respeta todos mis consejos,  si buscas paz, si quieres tener calma,  hoy que me tienes de tu vista lejos,  no me olvides jamás hijo del alma”. Queramos ser siempre lo que ellas soñaron y así no nos alejaremos de la senda del bien.

Terminemos haciendo lo que dice el hijo del poema:

“Esto me dices en tu carta bella, y yo te juro madre bendecida, que las lecciones que me das en ella serán desde ahora la norma de mi vida. Seré austero, sagaz, justo y honrado como tú lo ambicionas y lo esperas  por tu amor seré yo bueno o malvado por tu amor seré yo… lo que tú quieras”.