Una semana para crecer en la fe

Una semana para crecer en la fe

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Padre GianfrancoPor: Padre Gianfranco Castellanos Melzi, capellán de la Universidad Católica San Pablo.

Un año más nos preparamos para celebrar el misterio central de la fe de los cristianos: la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Este hecho histórico ocurrido hace poco menos de 2000 años, transformó el mundo e hizo de él lo que es actualmente. Como dice San Pablo en su carta a los Corintios: ¨Si Cristo no hubiese resucitado nuestra fe sería vana¨ (1Cor 15,14), es decir sería vacía, sin sentido. La fe se fundamenta en este hecho histórico que da sentido a todas las enseñanzas y hechos de Jesucristo: Dios mismo se encarnó, padeció, murió en la cruz por amor  a los hombres para salvarlos del pecado y luego resucitó. Y este hecho dio origen a la cristiandad que se difundió por todo el mundo conocido. Los primero cristianos predicaban el ¨kerygma¨, el anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Dios hecho hombre. Y este mensaje caló en todo el orbe, hasta entonces pagano, en su mayoría.

Toda la semana santa rememora este acto amoroso de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las acciones de Jesús, que conmemoramos en estos días santos, nos hablan del infinito amor de un Dios que muere por salvar a los hombres. Y es ahí que la lógica humana pierde el rumbo: ¨¿cómo puede morir Dios por los hombres?, ¿por qué muere un justo por los pecadores?, ¿cómo un acto realizado hace casi 2000 años puede tener valor para los hombres de hoy?¨

Intentaremos responder a estas interrogantes: En primer lugar, ¿Dios puede morir? No y sí. No puede morir en cuanto que Dios es por definición, eterno. Esto es, que no tiene ni origen ni fin. Por lo tanto, para poder morir, tendría que ser temporal. Y eso es fundamentalmente lo que mueve a Dios a encarnarse: la segunda persona de la Trinidad, el Verbo de Dios se hizo hombre, asume nuestra carne mortal y se hace uno de nosotros en el seno de la Virgen María. Movido por el amor, para poder morir y pagar el precio de nuestro rescate, es que el Verbo de Dios se hace hombre. Al asumir nuestra humanidad nos ha unido a Él, de forma que sin dejar de ser Dios verdadero, se hace verdadero hombre y puede morir por nosotros, como cabeza de la humanidad y así saldar el precio de nuestra deuda infinita con Dios a causa del pecado original. Por su obediencia al Padre repara la desobediencia de Adán, y hace lo que éste no hizo, someterse a la voluntad del creador.

Así, pues, Jesús, siendo Dios y hombre totalmente, muere, como cualquier otro hombre moriría, en la cruz. En el Gólgota, Jesús exhalo el espíritu, el último aliento de vida humana, luego de haber padecido indeciblemente a manos de los romanos, que lo sometieron a ultrajes excesivos para cualquiera. Y no sólo sufrió los tormentos físicos, sino que también sufrió, como nosotros, el abandono de sus amigos (solo Juan estuvo al pie de la cruz junto con María), las acusaciones más injustas llenas de mentiras y calumnias, el desprecio de los que lo habían aclamado unos días antes como rey, la soledad y el no sentir, incluso, la presencia de Dios: ¨Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?¨ (Salmo 21) Jesús no ha querido dejar de sufrir nada de lo que cualquier hombre sufre, Él ha querido hacerse solidario con toda persona que padece, padeciendo él mismo todo. Y llegado el momento final, también padece la muerte, pasa por ese tránsito terrible para que ningún hombre se sienta solo y desamparado en ese momento, para que ante esa angustia trágica, nadie pueda decir ¨Dios no sabe lo que siento¨. La solidaridad y compasión de Dios Padre con el hombre se ha hecho absoluta en su Hijo Jesús. Y la respuesta a la pregunta ¨¿cómo es posible que Dios muera por el hombre?¨ solo puede ser una: por el infinito amor que nos tiene.

¿Cómo es que un justo muere por el pecador? Y no sólo eso, ¿Por qué dar la vida del hijo en vez de la esclavo, del justo por el injusto, del Señor, por el siervo? No es justo. En Dios, está claro, que la justicia es superada por una lógica que excede a la nuestra, la lógica del Amor: ¨la misericordia triunfa sobre el juicio¨ (Stgo 2,13) Dios nos ha amado antes de nosotros amarlo (cf. 1Jn 4,10). Nos ama por lo que somos, no por lo que hemos hecho. Y es por eso que uno de los amores que usamos para comparar el amor de Dios, es el amor de una madre por su hijo: ¨¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré¨. (Is 49,15).

Y la última pregunta: ¿Cómo este acto de amor tiene alcances hoy en mi vida? Y la respuesta es, a través de la Liturgia. La liturgia es la actualización de la acción de Cristo en el tiempo. Es por medio de ella, principalmente los sacramentos y de manera especialísima la Eucaristía, que los efectos de los actos de Cristo en la Pascua alcanzan a todos los hombres que los reciben. Por eso es que los sacramentos son eficaces, pues dan lo que dicen que dan. Cuando un sacerdote bautiza, perdona los pecados o celebra la Eucaristía, lo hace ¨in persona Christi¨ (en la persona de Cristo), es decir Cristo mismo es quien los realiza por medio del ministro. En la Eucaristía celebramos, hacemos ¨memorial¨ del sacrificio de Cristo (lo cual no significa que se haga de nuevo, sino que se extiende en el tiempo, se actualiza, pues el sacrificio de Cristo es único y para siempre) y de su resurrección (la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo resucitado y glorioso).

Es la resurrección de Jesucristo lo que recordamos en la Pascua, de manera especial en la Vigilia Pascual, que se celebra el sábado una vez que ya ha oscurecido. Como sabemos, Jesús mismo anunció que había de resucitar al tercer día y esto se cumple, según la forma de contar los días por los judíos, una vez que oscurece el sábado hasta que amanece el domingo. Nos narran los evangelios que cuando las mujeres van de madrugada al sepulcro, cuando ya había pasado la Pascua y se podía salir de casa, encuentran la piedra movida y el sepulcro vacío. Este ¨vacío¨ del sepulcro es el signo manifiesto de su resurrección. No hay muerto, no hay cuerpo, no está más ahí. ¿Qué ha sucedido durante la noche? Resucitó. Es lo mismo que sucederá también con nuestros cuerpos en la segunda venida del Señor al final de los tiempos, resucitarán en cuerpos gloriosos como el suyo. A Jesús resucitado en su cuerpo glorioso los apóstoles y discípulos lo vieron muchas veces luego de la resurrección, durante cincuenta días, hasta su Ascensión a los cielos. Estos encuentros con el resucitado están narrados en los Evangelios con muchos detalles: la aparición de Jesús a la Magdalena, la aparición a los doce sin Tomás y luego con Él (Jn 20,1-29), la aparición a los discípulos de Emaús y la narración que también a Pedro (Lc 24,13-35). También son referidos por el apóstol San Pablo (cf. 1Cor 15,1-11) diciéndonos que en un momento también se aparece Jesús a quinientos discípulos juntos muchos de los cuales el apóstol conoce, pues vivían aun.

La resurrección como hecho histórico es innegable, pero sobretodo es un acto de fe. Creer en Jesús resucitado es lo que marca la diferencia en la vida de una persona, pues se cree para adecuar la propia vida, no a una idea o un hecho, sino a una persona que está viva y con la que uno se puede relacionar, buscando adherirse diariamente a sus pensamientos, sentimientos y actitudes. Celebrar la Semana Santa y la Pascua es, para quien cree, ante todo un acto de fe, que ciertamente, ayuda a afianzarla y a hacerla crecer.