Vencimos al miedo

Vencimos al miedo

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Foto: Selección Peruana - FPF.

IMG_4460Por: Dr. José Manuel Rodríguez Canales, profesor principal de la Universidad Católica San Pablo

Ya podemos descansar un poco y destilar mejor alguna lección que nos deja esta parábola que comenzó el 8 de octubre del 2015 y terminó el 15 de noviembre del 2017.

En 35 años han sido eliminadas ocho versiones de la selección nacional de fútbol. Hasta donde recuerdo, algunas bastante mejores que la que ha clasificado ayer. Cabe preguntarse entonces ¿Por qué llego ésta y no alguna de los anteriores? Podríamos hacer una larga lista de factores, endógenos y exógenos. Desde el estilo de Gareca hasta algo que podríamos llamar suerte o providencia. Yo me quedo con tres que creo marcan la diferencia: el trabajo físico, el trabajo psicológico y el enfoque moral. Y el tercero es la causa de los dos primeros.

El enfoque moral comenzó con un acto de fe de Gareca: “creo en el jugador peruano”. Esta afirmación inicial iba a borrar de la memoria años de inseguridad, de autoestima dañada y de añoranza de un “pasado glorioso” un poco exhaltado porque la imaginación suple a la memoria cuando el presente es malo y nos cierra la mirada de futuro.

¿En qué creyó Gareca exactamente? En el talento natural, en el estilo siempre fino y de toque rápido, en la velocidad para decidir en situaciones intrincadas, en la capacidad de ver el vacío y leer la siguiente jugada, en esa habilidad a veces endiablada que se hereda de generación en generación, esa especie de espíritu burlón que se ha encarnado en nombres como Sotil, Cubillas, Cueto, Malásquez, Kukin Flores, El Chorri, Maldonado, Chiroque y una lista interminable de malabaristas de la calle que por algún motivo misterioso terminaron luciendo sus piruetas imposibles en una cancha de fútbol.

Creyó en eso que vemos en cualquier campeonato de barrio o de colegio y en cualquier lugar del Perú: una identidad futbolística que tiene la hermosura de lo inútil y puede ser hasta desesperante, pero que no nos la quita nadie, ni nosotros mismos. Ese fue el primer gran acierto: creer en el jugador peruano.

El segundo fue hacer que él crea que puede. Y así ocurrió, hubo un cambio de enfoque, una mirada nueva que excluía lo peor de nuestro temperamento: la improvisación, la gitanería, la falta de seriedad. Ese giro que parecía imposible o idealista se hizo sólidamente real.

Esos muchachos encontraron esa hermandad que sólo genera la lucha por un objetivo común, se volvieron solidarios, desterraron el egoísmo, la envidia y esa malvada manía de hablar mal, de infatuarse o alardear. Lograron abrazar y desposar a la reina y madre de todas las virtudes: la humildad, es decir, el reconocimiento sereno de las propias limitaciones y talentos para poner ambas cosas al servicio del bien común.

El enfoque moral fue reforzado con un excelente trabajo psicológico que terminó por concentrarlos, por fijarse objetivos difíciles pero alcanzables, mirarse a sí mismos con confianza serena, ni exaltada ni disminuida.

Y ya con este enfoque moral distinto y esa lectura psicológica mucho más serena, el resto fue trabajar duro en lo físico. Nunca vi correr a un equipo peruano como en Quito, Ecuador, sin agitarse, sin perder oxígeno, con la lucidez que sólo da la resistencia física bien lograda en el entrenamiento.

El 15 de noviembre de 2017 por fin le ganamos al miedo. Nos toca trasladar esta parábola futbolera a nuestra vida cotidiana. Para eso es el deporte. Y vaya que sirve.